Cien días de EPN

José Buendía Hegewisch

Si cede ante intereses y monopolios, dará la razón a quienes creen que sus acciones son más efectistas que una real transformación. Esta es la encrucijada que construyó en el arranque de su mandato: cambiar las formas de ejercer el poder o administrar la simulación con su capital político. 10/03/2013 01:25

Cien días de EPN

Los 100 días de Enrique Peña Nieto han desconcertado. El candidato telegénico y de las grandes televisoras ejerce plenas funciones y ya nadie duda de su poder en la Presidencia. El ritmo de su administración va adelante de la previsión de la oposición, medios y críticos. Más que sus acciones, lo que ha preocupado es el significado del regreso del PRI para la restauración o la reforma del poder que el PAN, por cierto, nunca hizo.

En el arranque han pesado tanto los temores ideológicos como la propaganda sobre el juicio y el análisis, que en general adolece de evaluación de sus compromisos. Si los 100 días son termómetro del sexenio, ¿qué decisiones esperar y cuál es su tipo de presidencia? ¿Cuáles expectativas sobre sus promesas?

Peña Nieto retomó la iniciativa política tras la parálisis de los sexenios panistas con el acuerdo con otros partidos del Pacto por México y la agenda común de reformas legislativa. No es poco. Tampoco haberse atrevido a “parar” a Gordillo. La velocidad de sus acciones no da respiro, aunque la aprobación a su gestión en la opinión pública es apenas cinco puntos superior a Felipe Calderón para la misma fecha (59% versus 54%), según encuesta de Parametría.

Si los 100 días sirven para tener perspectiva, hay que reconocer que modificó el desánimo de la desaparecida “guerra contra el narco” del sexenio anterior. Su gobierno ha sabido crear ambientes de mayor optimismo, aunque aún no se sostengan en el resultado de verdaderos cambios. Peña Nieto arrancó bien y proyecta la percepción de que se puede ir por una agenda de reformas modernizadoras y dejar las visiones apocalípticas de la violencia. A esta última la prefiere silenciar y se enfoca en atmósferas de transformación, aunque ello no se traduzca en automático en respaldo a su proyecto.

Él mismo se declara “satisfecho” con su arranque, que le ha servido —como dice la propaganda— para mover a México. Desde el 1 de diciembre ha respondido a 11 de las 13 acciones inmediatas de su discurso de toma de posesión y a 17 de 363 compromisos de campaña que firmó ante notario. Lo más destacado: la reforma educativa, la Ley de Amparo, Prevención del Delito o la “Cruzada” contra el Hambre. Le faltaron dos: el Código Penal y la Ley de Telecomunicaciones.

Pero el estado de ánimo es volátil y consolidar una corriente de opinión requiere resultados. Sería injusto esperarlos en 100 días, pero hay que señalar que en asuntos capitales, como la lucha contra el delito, el horizonte es muy largo y faltan los “cómos”, al igual que en vivienda. Pero sobre todo porque los mayores retos están por venir con la Ley de Telecomunicaciones, las reformas energética y fiscal.

Peña se empeña en el mensaje de la Presidencia eficaz, pero distinta a la corrupción, autoritarismo y el manejo selectivo de la ley del “viejo PRI”. Su compromiso de que no hay nadie por encima de la ley y de combatir a los poderes de facto se pondrá a prueba con la apertura real a la competencia de sectores como la telefonía y comunicaciones o en una reforma fiscal redistributiva.

 Si cede ante las presiones de intereses creados y monopolios, dará la razón a quienes creen que las acciones hasta ahora son más efectistas que una real transformación del poder. Esta es precisamente la encrucijada que construyó en el arranque de su mandato: cambiar las formas de ejercer el poder o administrar la simulación con su capital político.

La apuesta por el pacto con los partidos para enfrentar a los poderes de facto le ha dado resultados y apoyo de la gente. Su gobierno sabe que no puede mantener un aluvión de iniciativas y acciones mediáticas para gobernar. Tampoco cabe restaurar la Presidencia autoritaria en un país que ya es diferente. Cada día crecerá el reclamo por resultados en la reducción de la violencia, empleo o el poder adquisitivo.

En las exigencias de un México diferente, los resultados requieren cambiar la forma de ejercer el poder y decir con precisión no sólo “qué” se quiere cambiar, sino “cómo hacerlo” y “con qué” recursos financiarlo. A eso deben conducir estos primeros meses de gobierno en aspectos centrales para la gobernabilidad, como la prevención del delito y el crimen.

Dentro del balance de los 100 días quedan estos pendientes, que se proyectarán sobre el futuro. Mayor claridad sobre los “cómos” en la política de seguridad o de vivienda para detonar el crecimiento. Y sobre todo, hasta dónde está dispuesto a llegar en la recuperación de la autonomía del Estado frente a otros poderes para dar resultados a la gente.

                *Analista político

                jbuendiah@gmail.com

                @jbuendiah

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