'Barcelona o la muerte': la voz de un migrante africano

Empujados por conflictos sociales, violencia, falta de trabajo y pobreza, miles de africanos llegan a Europa en busca de una oportunidad

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30/08/2014 05:22 Patricia Godoy/Corresponsal

BARCELONA, 30 de agosto.— “Barça ou Barzakh”. “Barcelona o la muerte”. “Es una frase en wolof —la lengua mayoritaria de Senegal— que significa vivir dignamente o morir intentándolo”. Así lo cuenta Mamadou Dia, un joven senegalés que, junto a otras 83 personas, se embarcó en un cayuco en las costas de Dakar con destino a Europa.

Era una madrugada de mayo que jamás podrá olvidar. “Nunca imaginamos lo duro que sería aquel viaje”, reconoce durante una conversación con Excélsior. Al quinto día se quedaron sin gasolina y sin agua. Naufragaban en medio del Atlántico.

“Nos dejamos llevar por el viento y la corriente del mar mientras esperábamos el momento de nuestra muerte”, recuerda con los ojos brillosos; 72 horas —y más de mil kilómetros de trayecto— después, un enorme buque naranja emergió entre las aguas. La patrulla española de Salvamento Marítimo los rescató y los llevó a las Islas Canarias.

En esta ocasión la muerte no fue el destino final para Mamadou Dia y sus 82 compañeros, uno menos que al inicio del viaje, uno que no pudo aguantar la angustia de la travesía y se echó al mar. Los que se salvaron pisaban Europa, el destino deseado y la metáfora de una vida mejor. “Barça”, ese supuesto paraíso se hacía realidad.

“Barzaakh”, la muerte quedaba atrás. Mamadou y sus compañeros de viaje tuvieron suerte, pero no ocurrió lo mismo con los más de 23 mil inmigrantes irregulares que entre 2000 y 2013 han fallecido en su intento por alcanzar el Viejo Continente, según el cálculo no oficial realizado por el trabajo de investigación periodística titulado The Migrants Files.

Un viaje sin retorno

Cuando Mamadou tomó la decisión de embarcarse en el cayuco con destino a Europa, estudiaba trabajo social en Dakar, pero su situación, recuerda, era muy “precaria”. “Formaba parte de una juventud desesperada que no veía mucho futuro en Senegal, por eso decidí partir”, comentó a Excélsior. La historia de Mamadou Dia podría ser la de cualquier otro inmigrante africano: Samba, Mussa o Abdou, hombres y, cada vez más, mujeres y niños, que emprenden un viaje a Europa en el que el retorno no es una opción.

Empujados por conflictos sociales, violencia, falta de oportunidades laborales y la pobreza salen de países como Mali, Senegal, Liberia, Gambia, Costa de Marfil y Nigeria. Superan toda clase de obstáculos: hambre, frío, sed, miedo, además de cruzar desiertos, enfrentarse a las tempestades y naufragios y a todo tipo de maltratos, injusticias y vejaciones.

“Nadie se arriesga tanto si no está desesperado, son una mezcla de gentes diversas: los que huyen de circunstancias horribles, de guerras o violencias generalizadas y la gran mayoría que escapa a situaciones de extrema pobreza de sus países de origen y simplemente aspira a un trabajo y una vida mejor”, escribió estos días el griego Demetrios Papademetriou, especialista en Europa del Migration Policy Institute.

Mil 200 y la bebé Fátima

Entre el 11 y 12 de agosto pasados, la calma veraniega de las turísticas playas de Tarifa, en el extremo sur de España, se alteró. Un aluvión de pequeñas y frágiles embarcaciones inflables se acercaron a la costa. A bordo iban más de mil 200 inmigrantes.

En lo que va de 2014, se estima que han logrado entrar en España más de 4,500 inmigrantes. Esa gran oleada de inmigrantes, que no se veía en España desde 2006, obligó a activar el dispositivo de emergencia de mayor envergadura que la Cruz Roja ha desarrollado hasta el momento en aguas del Estrecho de Gibraltar, que separa España del norte de Marruecos. Los inmigrantes fueron alojados en dos grandes polideportivos de Tarifa durante varios días.

De entre todos los ocupantes de estas lanchas hubo uno que acaparó todas las miradas: una bebé de ocho meses llamada Fátima y que viajaba sola. Sus padres no pudieron embarcar y se quedaron en tierra tras un forcejeo con la policía marroquí. Ahora la niña está con una familia de acogida española de forma temporal mientras se puede reunir con sus padres que permanecen en Tánger, Marruecos.

“Mamá, he llegado a España; estoy bien”

Otra historia que muestra el drama de esta situación es la que recuerda Alejandra Pablos Fernández, voluntaria de la Cruz Roja durante el rescate de los mil 200 inmigrantes en Tarifa. “Un chico —explica— que perdió su celular en el viaje me pidió de favor que enviara el SMS más importante de mi vida: “Mamá, he llegado a España; estoy bien. Llamaré más adelante”.

España es la puerta de entrada a Europa más cercana al continente africano, pero está cerrada, como todas las demás. Existen cuatro grandes opciones en la ruta migratoria para llegar de manera irregular a suelo español. La más frecuente es cruzar el Mar Mediterráneo desde Tánger, en Marruecos, hacía puntos como Tarifa o Algeciras, las dos localidades en el extremo sur español; la segunda es embarcarse en la ruta del Atlántico desde países como Mauritania o Senegal hacía las Islas Canarias.

Las rutas por tierra tiene dos puertas valladas: Ceuta y Melilla, las dos ciudades españolas enclavadas en el norte de África y fronterizas con Marruecos, donde los inmigrantes tiene que arriesgarse a saltar una valla ultra vigilada por una policía española que se enfrenta, casi a diario, a repetidos intentos de saltos de los inmigrantes africanos.

Italia, el país más perjudicado

Pero la peor parte de toda este enorme drama de la inmigración la vive Italia. En lo que va de 2014, han llegado a sus costas, a través del Mediterráneo, 108 mil inmigrantes que huyen de conflictos, hambres o guerras y que en su mayoría proceden de Libia, Siria, Eritrea, y algunos de Somalia, Etiopía y Egipto.

Fue en aguas italianas donde ocurrió en octubre del año pasado la mayor tragedia de la inmigración irregular en Europa que se recuerda: 366 inmigrantes murieron en naufragio a pocas millas del puerto Lampedusa, una pequeña isla del sur de Italia.

Aquel terrible suceso provocó que el gobierno italiano cambiara su política migratoria. Si antes se escoltaba a las pateras al país de donde habían salido, desde el accidente se puso en marcha la estrategia Mare Nostrum, que les obliga a ayudar a todas las embarcaciones que se acercan al canal de Sicilia.

A pesar de ello, las tragedias no han dejado de producirse y hace apenas unos días los medios de comunicación italianos informaron que al, menos, 170 inmigrantes africanos desaparecieron en el mar frente a la costa Libia tras hundirse la barca en la que viajaban rumbo a Italia. Muchos de los cadáveres aparecieron en las playas de Libia.

Una supuesta prosperidad

Está claro que ni los peligros que supone el viaje hacía Europa, ni la situación de crisis económica que atraviesa el viejo continente son factores disuasorios para los miles de inmigrantes que cada día emprenden camino en busca de una vida mejor.

Europa continúa siendo sinónimo de prosperidad. Es la idea que existe en la mayor parte de los países africanos. “La televisión en África muestra una imagen de Europa de desarrollo y bienestar y eso hace que mucha gente tenga ganas de vivir aquí y saber cómo es”, explica Mamadou Dia, que confiesa que él también se vio atraído por esa “falsa imagen de Europa”, que sólo pudo comprobar después.

“Cuando llegas te das cuenta de la realidad”, relata este joven senegalés, para quien la decepción llegó muy pronto. “Mi vida en España ha sido muy difícil”, se lamenta hoy.

La experiencia que relata Mamadou Dia no es un caso aislado. La pesadilla que viven miles de africanos se prolonga más allá del peligroso viaje para alcanzar Europa.

Muchos de ellos acaban cuestionándose si realmente vale la pena perseguir el sueño de una vida mejor que casi nunca se hace realidad. Los que lo consiguen, una minoría que consigue trabajo y una vida digna en Europa, tratan de borrar de su memoria los muchos padecimientos y los abundantes miedos que durante años han sido sus únicos compañeros de viaje.

Europa frente al dilema

Mientras las llegadas masivas de inmigrantes irregulares continúan sin parar, un fuerte debate político sigue abierto en el seno de la Unión Europea. Países del sur, como Italia, Grecia y España, que sufren de forma directa el drama de la inmigración, piden más apoyo, sobre todo económico, para hacer frente a un drama que en los últimos años se ha desbordado y se enfrentan con los países del norte que, como Alemania, Holanda o Dinamarca, parecen querer vivir ajenos al problema de la frontera sur del Viejo Continente.

En este sentido, hace unos días la Unión Europa anunció que pondrá en marcha una operación para reforzar la vigilancia de las fronteras mediterráneas.

Le ha llamado Frontex Plus y con ella pretende frenar la inmigración ilegal en el Mediterráneo, con mayor presencia en las costas italianas y españolas.

Pero algunos especialistas en migración consideran que una mayor vigilancia no detendrá el fenómeno. “Mientras no se abran caminos legales para la inmigración y mientras a miles de refugiados se les siga negando las peticiones de asilo, la mayoría de la inmigración africana a Europa continuará siendo irregular”, explica Hein Hass, codirector del Internacional Migration Institut de la Univeridad de Oxford. Hass argumenta que “los controles de fronteras han fracasado y no han parado la inmigración que ahora busca nuevas vías de entrada”.

Ni el refuerzo de los puestos fronterizos; ni las vallas o el aumento de la vigilancia militar en el Mediterráneo; ni los acuerdos económicos firmados entre Europa y algunos de los países de procedencia de la inmigración, como Senegal, han podido detener el sueño de miles de africanos que buscan una vida mejor.

Parece claro que si no se cambian las condiciones sociales económicas y educativas en los países africanos de origen, el goteo sangriento de inmigrantes irregulares africanos que intentan entrar de manera irregular en Europa continuará.

En barca, como Mamadou Dia, por tierra o en avión, —según la Frontex, la agencia europea de gestión de fronteras, la mayor puerta de entrada a Europa de inmigrantes irregulares son los aeropuertos—, los miles de inmigrantes que entran en Europa persiguen el sueño de una vida mejor, con una misma idea en la cabeza: “Barça ou Barzakh”; “Barcelona o la muerte”.

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