El Schindler que salvó a decenas de chilenos

Decenas de perseguidos por la dictadura de Augusto Pinochet trabajaron camuflados en las farmacias de Jorge Schindler, un empresario que expuso su vida para salvar las de muchos de ellos

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22/08/2014 04:53 AFP
Imagen tomada de: www.lalistadelschindlerchileno.cl
Imagen tomada de: www.lalistadelschindlerchileno.cl

SANTIAGO, 22 de agosto.— Decenas de chilenos perseguidos por la dictadura de Augusto Pinochet trabajaron camuflados en las farmacias de Jorge Schindler, un empresario comunista que, al igual que el alemán Oskar Schindler, expuso su vida para salvar las de otros.

El testimonio del empresario es narrado por primera vez en el libro La lista del Schindler chileno, del periodista Manuel Salazar, que es presentado hoy en un centro cultural de Santiago de Chile.

Tras el golpe de Pinochet el 11 de septiembre de 1973, Jorge Schindler, un militante del Partido Comunista (PC), decidió no escapar de Chile y
quedarse para ayudar a sus compañeros perseguidos por los organismos de inteligencia de la dictadura.

Su historia y su apellido recuerdan inevitablemente al empresario alemán Oskar Schindler, quien salvó a más de mil judíos del Holocausto empleándolos en sus fábricas, e inspiró un libro y una premiada película dirigida por Steven Spielberg.

Como muchos, con la llegada de la dictadura —que se prolongó hasta 1990—, el “Schindler chileno” fue despedido de su trabajo en una oficina estatal.

Formó entonces una sociedad con el farmacéutico Ramiro Ríos para abrir una farmacia que luego se transformaría en una red clandestina para darle trabajo a miembros de partidos de izquierda que apoyaron al presidente socialista Salvador Allende, muerto durante el golpe.

“Fue un asunto que nació por una necesidad de sobrevivencia. Con un farmacéutico decidimos montar una farmacia en la que diéramos trabajo a compañeros. Ayudamos a varios dirigentes comunistas que salvaron su vida”, dijo Jorge Schindler, de 75 años.

Schindler abrió cuatro farmacias en Santiago y otra en la localidad de Curacaví, donde trabajaron camufladamente cerca de 100 disidentes de izquierda entre 1973 y 1978.

En 1978, todavía en dictadura, las farmacias dejaron de ser refugio para izquierdistas. Dos de ellas aún siguen abiertas en Santiago.

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