En Eurasia se gesta un cambio

La zona eurasiática enfrenta la perspectiva de un cambio que hará época, que puede llevar a que sangre y territorio sean los principales indicadores de la geopolítica moderna

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30/06/2014 03:36 José Carreño Figueras
Manifestantes se enfrentaron, el pasado miércoles, a la policía de Pekín en medio de una protesta por la reunión entre autoridades chinas y de Taiwán. Foto: AP

CIUDAD DE MÉXICO, 30 de junio.- De la península Ibérica a la de Corea, la zona continental eurasiática enfrenta la perspectiva de un cambio que hará época.

Una era que, según analistas especializados, puede llevar a que sangre y territorio sean los principales indicadores de la geopolítica moderna.

El cambio que parece afectar a Eurasia, entendida como el continente completo –Asia y el subcontinente europeo más la cuenca del Mediterráneo– es profundo y puede llevar a la ruptura y desaparición de varios países o la fragmentación de otros.

Las páginas editoriales son consumidas por las batallas de ideas, pero en el temprano siglo XXI la sangre y el territorio pueden ser los mas exactos indicadores de la geopolítica postmoderna”, escribió recientemente Robert D. Kaplan, uno de los mas conocidos especialistas estadunidenses, para la empresa Stratfor.

En Europa misma, la abierta posibilidad de escisión de Escocia y Cataluña pueden azuzar el independentismo en otros países de esa región: la región lombarda en Italia, los valones en Bélgica, tal vez incluso los vascos –más los de España que los de Francia–.

En el norte de África y Oriente Medio podría cuestionarse si Libia es todavía, o no, un sólo país; igualmente naciones como Irak y Siria, inmersas en brutales conflictos civiles con acentos religiosos y étnicos, con fronteras dibujadas al final de la Primera Guerra Mundial, parecen en vías de disolución –al menos en su forma actual–.

Paralelamente, un Estado kurdo podría surgir a costa de pérdidas territoriales para Siria, Irak, y quien sabe si Turquía o Irán.

Eurasia, en todo caso, es algo así como 70 países y más de la mitad de la humanidad: contiene a las dos naciones más populosas del mundo, China e India; a dos de las entidades más ricas, China y la Unión Europea; a por lo menos media docena de estados nucleares –China, Rusia, India, Corea del Norte, Gran Bretaña, Francia, Israel y Pakistán–.

Más grave aún, al menos en la parte asiática, no parece haber país que no tenga un conflicto fronterizo con alguno de sus vecinos o libre de problemas étnicos o religiosos, y a menudo los dos.

Y si en la región europea hay la más o menos remota posibilidad de fractura de tres o cuatro países (España, Gran Bretaña, Bélgica, Italia), la división puede ser tan civilizada como fue en el caso de Checoslovaquia hace algunos años. Pero también, y más probablemente de la turbulenta forma en que se dividió la antigua Yugoslavia, entre guerras y conflictos étnico-religiosos.

Pero de acuerdo con un análisis del Eurasia Group, una organización especializada en evaluación de riesgos, “es evidente la realidad de un orden de G-Cero (grupo cero), un mundo de destrucción política creativa sin liderazgo global”.

Al margen de las ansiedades de los políticos estadunidenses, que al menos en parte no parecen del todo convencidos de que hay una creciente cantidad de cuestiones internacionales que no pueden ser resueltas a su gusto, la parte asiática de Eurasia parece consumida en un extremo por los conflictos geopolíticos rusos en la periferia europea y especialmente en la región del Cáucaso; del otro, por los crecientes roces de China con sus vecinos marítimos y por la problemática de la península coreana.

Pero al mismo tiempo, tanto Rusia como China enfrentan problemas con sus grupos étnicos o poblaciones musulmanas; luchas separatistas más o menos sordas –o en el caso de Xinjiang, mediante acciones violentas–; el Tibet está en el centro de un problema de independencia, pero la frontera sino-hindú es el eje de tensiones más o menos perennes, al igual que los existentes entre India y Pakistán.

India enfrenta además divisiones, aunque más bien orientadas a movimientos autonomistas frecuentemente resueltos con la creación de nuevos estados a costa de provincias ya existentes.

Entre India y el Mediterráneo, el régimen chiita de Irán parece haber resuelto sus principales problemas con Irak, gracias al establecimiento ahí de un gobierno chiita; pero las aparentemente crecientes posibilidades de fragmentación de la nación iraquí y el nacimiento de un Estado kurdo –que podría o no incluir zonas del este de Irán, del norte de Irak, del noroeste de Siria y el oeste de Turquía– pueden crear nuevas situaciones de conflicto.

Irak e Irán contienen además a la mayoría de los chiitas en el mundo, donde 85 por ciento de los musulmanes son sunitas
–aliados actualmente con grupos yihadistas que tratan de crear un “califato islámico” en partes de Siria, Irak y Jordania.

La principal nación sunita del planeta es Arabia Saudita, que tiene, a su vez, problemas fronterizos con Yemen y los Emiratos Arabes Unidos, aunque al parecer nada grave.

Pero Asia menor contiene también el conflicto árabe-israelí.

Al sur de China, Vietnam no tiene cuestiones internas, pero su relación con la poderosa China es más bien problemática, como ocurre también en los casos de Filipinas, Indonesia y Brunei.

En toco caso, la problemática no siempre está en los titulares, y esconde zonas de estabilidad donde el cambio es gradual.

Pero en una época de cambios rápidos en la tecnología y la demografía urbana, es viable esperar que las identidades políticas lleven a ajustes territoriales serán transformadas.

Y por identidad política habría que entender comunidades culturales, sociales, étnicas o de religión, que con frecuencia son usadas para alimentar excepcionalismos que resultan en separatismos y consecuentes conflictos.

En algunos casos, la presencia de un gobierno fuerte había sido el catalizador: en Libia el régimen de Muammar Ghadhafi; en Irak el de Saddam Hussein; en Siria, el de la familia Al-Assad.

Pero la caída de esos gobiernos creó nuevos problemas y “las más atávicas energías étnicas, sectarias o tribales reemergieron”, apuntó Kaplan en Stratfor.

“La cultura tiene una importante relevancia geopolítica en un mundo que se defina por mucho más que relaciones diplomáticas y relaciones interestatales”, anotó por su parte Nayef Al-Rodhan, de la Universidad de Oxford en la revista Harvard Internacional Review.

 

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