Violencia, a flor de piel en Brasil

Desde hace semanas, la violencia en las principales comunidades de Río de Janeiro, como el complejo de Alemão o Rocinha, la mayor favela de Latinoamérica, ha sacudido la ciudad hasta convertirse en una acción reiterada

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06/06/2014 00:51 Anna Veciana/ Especial
Soldados del ejército vigilan los alrededores del Estadio Nacional Mané Garrincha. Foto: AFP
Soldados del ejército vigilan los alrededores del Estadio Nacional Mané Garrincha. Foto: AFP

RÍO DE JANEIRO, 6 de junio.– Seis de la tarde. Una cafetería en el emblemático barrio de Copacabana. Una pareja extranjera entabla una de estas conversaciones asiduas mientras la camarera les sirve el conocido bolo de cenoura, pastel de zanahoria. “Si en la Copa del Mundo Lula se muere o la selección brasileña no gana, el país se va al carajo”, escupe él sin complejos.

En la misma calle, una semana antes, se producía el mayor ataque violento de los últimos meses. Vecinos de la favela Pavão-Pavãozinho, situada en la frontera con el barrio de Ipanema, se manifestaban por la muerte de Douglas Rafael. Era bailarín del programa Esquenta, emitido en la televisión más vista del país y se lo encontraron muerto dentro de una guardería.

Petardos, botellas de vidrio y hogueras de colores en medio del matorral no dejaron indiferentes a los vecinos que, en seguida, bajaron a una de las calles principales a observar el altercado. Sin embargo, unos instantes más tarde, el tiroteo acalló las voces de los curiosos que salieron corriendo.

“Es muy curioso que, en general, la población sepa distinguir entre el sonido de un petardo y el de un disparo. Sus oídos están entrenados”, comentaba una chica extranjera que pasaba por esa zona la misma noche de los hechos.

Desde hace semanas, la violencia en las principales comunidades de Río de Janeiro, como el complejo de Alemão o Rocinha, la mayor favela de Latinoamérica, ha sacudido la ciudad hasta convertirse en una acción reiterada. La quema de autobuses,  los ataques a delegaciones policiales y las balas perdidas han iniciado un debate sobre la actual relación entre policía y morador.

Para la socióloga Sarah Silva, las fuerzas policiales no pueden ser una institución contra los ciudadanos, donde se incluyen pobres y habitantes de zonas segregadas. “La policía debe estar siempre al servicio de los vecinos y no seguir la práctica de cosificar los estigmas y prejuicios de los que son víctimas los pobres negros afavelados”, considera.

Este repentino aumento de la criminalidad ha llevado al gobierno a llamar a  2,480 militares para que custodien las calles de la ciudad durante la Copa, el doble de los que hay ahora. El objetivo es que el ejército, la Marina y las Fuerza Aérea mejoren la seguridad, la vigilancia de los hoteles en las zonas turísticas, la escolta de las autoridades, el espacio aéreo y la vigilancia marítima en la costa de Río de Janeiro.

Sin embargo, Silva sostiene que la escalada paulatina de la inseguridad durante los últimos meses en la ciudad carioca  y en vísperas del Mundial no es nueva, sino que siempre han ocurrido estos picos, “sólo que ahora la prensa lo está registrando y las noticias están saliendo, cosa que es positivo”, argumenta.

Bien es cierto que la masiva llegada de periodistas en las últimas semanas ha hecho que la principal ciudad sede de la Copa esté bajo los focos globales. Y eso que el gobierno de Brasil presumía de su programa de pacificaciones, un proyecto que ha resultado fallido en las últimas semanas.

Se inició en 2008, con las principales favelas de la zona sur, la más turística. La entrada de un nuevo Cuerpo Policial Pacificador (UPP) y la consecuente tomada del terreno prometía acabar con el narcotráfico armado, aunque estas cuestiones no son matemáticas. De hecho, desde hace unos meses, los ataques a las UPP promovidos por los grupos de delincuentes que dominan el comercio de drogas ratifican la efectividad de estas sedes policiales.

Muchos apuntan que estos asaltos no son triviales, sino que eventos como éstos orillan a los traficantes a explorar un nuevo mercado. Aunque no sólo ocurre en las grandes citas deportivas, sino también por la proximidad de las elecciones generales en octubre.

Las autoridades, en cambio, afirman que la seguridad pública está bajo control y que no hay motivo de preocupación. “Tenemos un excelente plan de seguridad para enfrentar situaciones en el Mundial. Estamos muy seguros. Tendremos una excelente Copa con un excelente padrón de seguridad”, comentó el ministro brasileño de Justicia, José Eduardo Cardozo.

Repentinas huelgas

Por si no fuera suficiente, las manifestaciones vuelven a las calles de Río de Janeiro y otras capitales del país, entre ellas Sao Paulo. Diferentes movimientos sociales y sindicatos brasileños amenazan que “No habrá Copa”. Este mensaje no es nuevo, aunque sí más latente ahora en vísperas del Mundial.

Desde hace unas semanas que los bancos de la ciudad maravillosa están cerrados y las operaciones de depósito y retiro de dinero que se hacían en ventanilla, ahora sólo se pueden hacer desde el cajero automático. Y es que en Río de Janeiro, los vigilantes privados están en huelga. Llevan casi un mes y reivindican un aumento de 10% en sus salarios rechazando 7% que ofrecen las empresas contratantes.

“Nuestra huelga impacta directamente en la protección de todas las instituciones que contratan seguridad privada:
shopping, comercio, hospitales y la Copa del Mundo. Si no hay una negociación en la que consigamos avanzar, el gran evento en Brasil no tendrá seguridad en los estadios”, amenaza Antonio Carlos de Olivera, vicepresidente sindicado de vigilantes en Río.

Hace dos semanas, operadores de ómnibus hicieron una paralización de 48 horas que dejó a cientos de miles varados.

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