Explican el error del capitalismo en libro

El texto 'El Capital en el Siglo 21', del francés Thomas Piketty, provocó un debate mundial por su tesis de que la concentración de riqueza está en manos de “rentistas”, lo que provoca niveles de desigualdad que llegarán a ser “intolerables”

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12/05/2014 01:56 José Carreño Figueras

CIUDAD DE MÉXICO, 12 de mayo.- Cuando se habla de un libro imposible de pasar por alto normalmente se habla de novelas o de tratados políticos.

Pero el libro que hoy sacude al mundo y está en el centro de uno de los debates académicos y políticos más poderosos es uno de economía.

Casi 150 años después de que la aparición de El Capital, de Karl Marx y Friedrich Engels, sacudiera al mundo, otro libro dedicado al capital, con un nombre sólo ligeramente modificado –El Capital en el Siglo 21– está en el centro de un debate literalmente transatlántico.

Escrito por un joven “genio” francés, el economista Thomas Piketty, “el nuevo Capital” explica que el mundo se encuentra en un creciente proceso de acumulación de capital en el que otra vez los “rentistas” dominan la economía de los países desarrollados y, como consecuencia, quizás del resto.

Y de acuerdo con su obra, que muchos han calificado como “revolucionaria” y que no pocos consideran como uno de los libros seminales de la época, el actual proceso de concentración de riqueza es preocupante, porque no se da a partir de empresarios o innovadores, sino de “rentistas” o herederos de “rentistas” y administradores de grandes empresas.

De acuerdo con Piketty, cuando se habla de capital debe ser en referencia a todo aquello que genere dividendos monetarios, lo mismo fábricas o bienes raíces que patentes y marcas, bonos y acciones.

Ese es el punto central: las sociedades donde la ganancia del capital supera el crecimiento económico resienten sin remedio una creciente desigualdad.

Algunos críticos literarios y economistas que han reseñado El Capital en el Siglo 21 en publicaciones estadunidenses y británicas consideran esas sociedades como una reconstitución de aquellas que describieron Honoré de Balzac, Jane Austen y hasta Charles Dickens.

El tamaño del debate, si se puede llamar así, despertado por el libro puede medirse en las reacciones de economistas estadunidenses, británicos, franceses y, en consecuencia, alrededor del mundo.

Sólo como anécdota, pocas veces, por no decir que eso no pasa, la demanda obliga a la casa editorial a adelantar la publicación de un libro, y menos la edición traducida de un
trabajo sobre economía.

El análisis de Piketty, basado en una amplia investigación sobre el historial de pago de impuestos en un grupo de países durante los últimos dos siglos, parece al menos comprobar que el capital en su forma natural no tiende a dispersarse o a “escurrir” hacia abajo, como alegaron teóricos y políticos a partir de los 80, sino a concentrarse en las manos de unos cuantos.

Para muchos economistas, la “época de oro” en cuanto a la reducción de la desigualdad es la que siguió a la Segunda Guerra Mundial, cuando la diferencia salarial entre los obreros y los administradores de empresa, incluso los mayores, no iba más allá de unas 25 veces.

Pero tiene poco que ver ahora, cuando el ingreso combinado de un jefe empresarial –no el dueño, ni el inventor principal– puede ser 6 mil 200 veces mayor o hasta más que el promedio de sus asalariados, como en el caso de la firma Apple.

Pero esa “era dorada”, según Piketty, sólo pudo darse gracias a las necesidades creadas por la recuperación de las guerras, el surgimiento de tecnologías, la presión de sindicatos y la inversión gubernamental en programas de infraestructura, mientras las empresas mantenían límites a la paga de los ejecutivos.

La desigualdad comenzó a subir de nuevo sólo cuando Margaret Thatcher (primera ministro británica en los 80) y Ronald Reagan (presidente de Estados Unidos en la misma década), encabezaron una contrarrevolución que redujo las tasas de impuesto a los ricos, diezmó a los sindicatos y buscó restringir el crecimiento de los gastos de gobierno”, recordó la revista The New Yorker.

Los datos aportados por Piketty señalan de hecho que ese tipo de capital y de ganancia han crecido en poder e influencia. Hoy por hoy, en Estados Unidos el diez por ciento más rico tenía en 2010 casi 70 por ciento de la riqueza; el uno por ciento más alto tenía 35 por ciento.

De acuerdo con Paul Krugman, el celebrado economista y columnista de The New York Times y premio Nobel de Economía en 2008, uno de los más importantes puntos del trabajo de Piketty es haber demostrado que “la riqueza heredada reasume su tradicional papel como la fuente preeminente del poder económico”.

En ese marco, el que seis de las diez mayores fortunas de Estados Unidos sean de herederos no sería exactamente una virtud del capitalismo.

Peor aún, que haya partidos políticos como el Republicano en Estados Unidos, que tiene como orgullo el recortar impuestos a los ricos y en especial a los “herederos” y “rentistas”, habla de una insensibilidad que no se pierde en publicaciones conservadoras.

Estas son noticias para aquellos de la derecha que por largo tiempo han alegado los beneficios igualizadores del capitalismo. Los conservadores hemos sido demasiado complacientes al creer que el capitalismo es el único sistema económico posible y demasiado agresivos al tratar de demoler las estructuras que mitigan los peores efectos colaterales del capitalismo.

“Si Piketty está en lo correcto, esas cifras serían comparables a las proporciones que había en África del Sur en los años 1960 o en la Colombia de hoy.

“Cuando la tasa de retorno generada por el capital crece rápidamente, las familias más ricas se benefician desproporcionadamente”, consignó Piketty, al puntualizar que uno por ciento de la población contó por 95 por ciento del crecimiento del ingreso en Estados Unidos entre 2010 y 2012.

Pero Piketty no es marxista. Al contrario, lo que propone es una renovación capitalista. Un capitalismo donde los ingresos de los estratos más altos y más bajos estén separados tal vez por decenas de veces, no por miles de veces.

Y menos que una visión neo-marxista, algunos creen que es más bien una visión neo-keynesiana, en referencia al economista británico John Maynard Keynes, que hacía énfasis en la importancia de la acción del gobierno para moderar los excesos del capitalismo.

Para Keynes, como para Piketty, el capitalismo tiene tendencias autodestructivas que pueden ser moderadas con las políticas correctas. Y es ahí donde Piketty va más allá, quizá mucho más allá que Keynes.

Una de esas políticas, al menos en la visión del economista francés, sería un impuesto progresivo del capital como un todo: uno por ciento hasta cinco millones de dólares; dos por ciento más allá.

Pero el mismo Piketty hace notar en sus conclusiones que la solución “requiere un alto nivel de cooperación internacional y de integración política regional”.

En todo caso, él mismo anotó el tamaño de la apuesta: “si la democracia ha de reganar algún día el control del capitalismo, debe comenzar por reconocer que las instituciones concretas en que se incorporan democracia y capitalismo necesitan ser reinventadas otra vez”.

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