Reavivan recuerdos de dolor en España

En los últimos meses, las interrogantes sobre el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 pasaron de ser una asignatura pendiente de la historia actual a un debate candente. El libro de Pilar Urbano La Gran Desmemoria reabre viejas heridas

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12/04/2014 04:18 José David Pérez/ESPECIAL

MADRID, 12 de abril.— España retorna a la década de los ochenta, y es que en los últimos meses las interrogantes sobre el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981  pasaron de ser una asignatura pendiente de la historia actual a un debate candente.

A más de 30 años de aquel día , recordado como el 23-F, en el que España vio a casi todos sus representantes agazapados en el Congreso, temerosos ante el “qué se sienten coño”, del perpetrador del intento de  golpe, el teniente Antonio Tejero; el último libro de la periodista Pilar Urbano, titulado La gran desmemoria, reabre viejas dudas y vierte acusaciones sobre protagonistas como el rey de España.

Urbano ocupa cientos de páginas, y asegura aún guardar algunos capítulos inéditos, para mostrar lo que denomina una mirada fundamentada al 23-F y a los últimos meses de Adolfo Suárez en el poder. La visión de la reportera confronta con los grandes valores y la estampa de aprecio, casi unánime, que los rostros de la transición mostraron tras la muerte de Suárez.

La reportera dibuja al rey de España como alguien que comenzó el reinado creyendo “que iba a ser como Franco, pero en rey”, así lo afirma en la entrevista concedida al diario El Mundo. Además, acusa al monarca de conocer y alentar, hasta la dimisión del presidente Suárez unas semanas antes del 23F, los planes de uno de los rostros visibles del intento de golpe de Estado: Alfonso Armada.

La investigadora del Grupo de Investigación sobre la Monarquía, Yolanda Gómez, considera que a pesar de la polémica “la tesis oportunista y carente de toda lógica” de Urbano “no mermará la reputación del monarca, quien defendió el orden constitucional con toda firmeza ante el golpe militar y los militares sublevados”.

Contra las revelaciones de Urbano y de forma casi instantánea  salieron al paso, una decena de nombres cercanos a Suárez. Más tarde, la periodista debió enfrentar el desmentido de la Zarzuela; las críticas del expresidente socialista Felipe González, que la acusó “de mentir más que habla”; y los reclamos del hijo de Suárez, Adolfo Suárez Illana.

El cuñado de Suárez, Aurelio Delgado, y el propio Suárez Illana firmaron un texto, junto a otros ocho nombres cercanos al expresidente, donde manifestaban “su más absoluta repugnancia al anuncio y aparición de este libro en el momento en que España lloraba y llora, en plenas exequias fúnebres, la muerte de Adolfo Suárez”.

Al conocer el texto donde familiares y compañeros de Suárez respaldaban al monarca y desacreditaban a la reportera, la Casa Real suscribió el comunicado mediáticamente. Además, su portavoz declaró a diversos medios que la obra de Urbano era “pura ficción difícil de creer”.

Uno de los últimos golpes lo propinó el hijo de Suárez en una entrevista de El Mundo, donde afirmó que la obra de Urbano “está llena de testimonios de muertos y, además, esos testimonios contradicen todo el proceder de esos difuntos en vida”.

Con esas palabras, el hijo de Suárez hace referencia a dos de las grandes fuentes que Urbano esgrime en su defensa. Se trata de Sabino Fernández Campo y de Torcuato Fernández Miranda, quienes fueran una segunda voz del rey en el 23-F y uno de los grandes mentores del monarca, respectivamente.

“Los protagonistas han ido contando lo que no se vio cuando han perdido el poder, cuando han ganado libertad, como Sabino Fernández Campo o Torcuato Fernández Miranda. Cuando han sido despojados de sus cargos han ganado deseos de contar”, enfatizaba Urbano para defender su proceder.

A pesar de ello, el historiador José Manuel Cuenca Toribio, quien fuera biógrafo de uno de los protagonistas del 23-F como Alfonso Armada e hiciera los apuntes de historia de Adolfo Suárez cuando era un opositor a funcionario público,  explica que “la historia es una ciencia y siempre requiere pruebas”.

Mostrar esas pruebas, en caso de ser necesarias, puede no ser sencillo para Pilar Urbano; una reportera que en 2010, cuando despertó la polémica con su biografía sobre la reina Sofía, reconoció que “no le gustaban las grabadoras” y que en sus últimas entrevistas ha dicho que “las mejores conversaciones se tienen sin grabadora”.

Febrero de 1981

La decadencia del gobierno de Suárez y el 23-F, periodo del que trata Urbano, conforman unos años marcados por el terrorismo, una intensidad reformistas totalmente novedosa tras décadas de dictadura y un aire enviciado por la desconfianza que culmina en el intento de golpe de Estado de febrero de 1981.

Cuenca afirma que en “1981 España vivió el recrudecimiento de una crisis social, fue un tiempo sin  ángeles ni demonios en el panorama público español; donde se buscaba una solución casi a la desesperada”.

Los cientos de militares, que vivieron en primera persona ese episodio en sus cuarteles cuentan cómo el nombre del rey y de Alfonso Armada corrían como la pólvora entre los rumores de “cambio de timón”.

El nivel de vinculación que se presuponía al rey con Armada era tal que se afirma que los responsables de la división acorazada de Brunete, una de las más poderosas de España, llamaron a la Zarzuela para preguntar si el 23-F Armada estaba con el rey. O lo que es lo mismo, si el rey estaba con ese cambio. A lo que se respondió que “Armada ni estaba ni se esperaba”.

“El cambio de Armada era crear un gobierno provisional bajo su mano, inspirado por el presidente y reformador francés Charles de Gaulle y la figura del cirujano de hierro, aquel que pueda aplicar las reformas para salvar al país de la decadencia”, matiza Cuenca Toribio.

Para ello Armada tuvo que acercarse a personas opuestas a él, según Cuenca, como el teniente Tejero, quien sentenció el plan de Armada por “buscar la poltrona presidencial a todo lugar, incluso incluir a comunistas en su gobierno temporal”, tumbando el plan del militar.

Durante años circuló la presunta lista del gobierno que Armada recitó a Tejero. Cuenca recuerda que Don Alfonso, como lo llama, negó siempre esa lista; aunque  “no cree que fuera sin un plan de gobierno”. “Y es que Armada era un hombre, que pese a equivocarse, era culto y sabía negociar con personas, más allá de su color político”, asegura el historiador.

Durante ese 23 de febrero, cuando el plan de Armada se defenestró, se vivió la desconfiaza en estado puro, hasta el punto de que José Luis Aramburu director de la Guardia Civil, cuerpo de seguridad español dijo al presidente en funciones durante el golpe, Francisco Laína, que no pondría la mano en el fuego por la lealtad de sus  hombres.

La resolución fue el fracaso del plan Armada y las aspiraciones de los implicados. Además del nacimiento de un gran misterio, pues al día de hoy nadie sabe quién era el cerebro del 23-F, ni si las órdenes que esperaba Tejero eran las de Armada o había otras que nunca llegaron.

Días después el intento de golpe de Estado comenzó el gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo, la desaparición progresiva de Suárez de la vida política y el intento por dejar atrás esa noche en que los rumores se materializaron en ambiciones y miedos.

Todo ello degeneró en que, tras décadas, esos años sigan siendo un caldo de cultivo para casi cualquier hipótesis. Prueba de ello es  el falso reportaje, llamado Operación Palace, en el que el comunicador español Jordi Évole acusaba a todos los poderes políticos, al servicio de inteligencia  y a la Casa Real de orquestar el golpe de Estado. Algo que muchos españoles dieron por válido, hasta que Évole lo aclaró.

Tras la nueva polémica, a manos de Pilar Urbano, el grupo parlamentario Izquierda Plural y el grupo parlamentario Mixto han puesto sobre la mesa una investigación para poner “luz y taquígrafos” a lo que pasó en este episodio histórico del que tanto se habla y tan poco se sabe: el 23-F.

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