Brasil tiene el tiempo encima en los procesos de organización del Mundial de futbol

Los proyectos paralizados y los gastos excesivos para los estadios de cara al evento están atizando el malestar social

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24/03/2014 00:13 Anna Veciana/Especial

RÍO DE JANEIRO, 24 de marzo.– A menos de cien días para el Mundial, Brasil vive una pesadilla crónica con la preparación del evento y con los plazos de las obras de los estadios que darán vida al Mundial de Futbol 2014. A menos de tres meses para que empiece el primer partido, aún falta acabar tres de las 12 sedes mundialistas, y dos de ellos todavía no tienen fecha de inauguración, a pesar de que la FIFA estipuló finales de diciembre de 2013 como plazo máximo.

Es la primera vez que un país tiene tanto tiempo para organizar un Mundial y va con retraso”, lamentó el mes pasado el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, en una entrevista donde recordó que hace ya siete años Brasil fue elegido como sede de la Copa del Mundo, en 2007.

El problema endémico que afronta Brasil con la falta de previsión y la mala gestión responde, en parte, a cuestiones culturales. Cuando un brasileño te dice que está saliendo de casa es que justo en este momento entra en la ducha. Llegar tarde ya sea en horario laboral o de ocio no está mal visto, tampoco lo está el hecho de anular a última hora, de no presentarse en las citas, o de tomarse largos descansos en el trabajo. Lo que está pasando con la Copa es tan solo un reflejo de cómo funciona el país entero.

A todo ello se le añade la mala imagen internacional con la muerte de siete operarios desde el inicio de las obras, en contraste con los dos muertos que hubo durante los 4 años de preparación en Sudáfrica 2010.

No hay duda y todo apunta a que la gran afición de los brasileños por el futbol hará que el país se paralice durante la Copa. De momento, las escuelas privadas del estado de Minas Gerais ya han decretado todo el mes de fiesta. Por otro lado, los vuelos nacionales durante los partidos se cancelarán para mayor seguridad, según anunció la Fuerza Aérea Brasileña, aunque algunos podrían pensar que es por puro capricho.

Lo que también se ha paralizado son algunos de los proyectos de infraestructura que Brasil planeaba para el Mundial, como las mejorías de los aeropuertos y el tren de alta velocidad que unía Río de Janeiro con Sao Paulo y que debe ser el primero de Brasil y América Latina. Aunque todavía sin fecha prevista de inicio de obras, el  ministro de Transportes, César Borges, aseguró que comenzaría a operar en 2020.

A todo ello el despilfarro de dinero que el gobierno está destinando a este evento es desmesurado. Los gastos que Brasil está invirtiendo son más que Alemania y Sudáfrica juntas, en el que lo ha convertido en el Mundial más caro de la historia. En total suma 3,400 millones de dólares, mientras que Sudáfrica gastó 1,400 de dólares y Alemania 1,500.

Rentabilidad de la infraestructura cuestionada

Una de las mayores preocupaciones de este evento es uso que se le quiere dar a  estos estadios a largo plazo. Según apuntan los críticos, algunos de los recintos podrían convertirse en elefantes blancos, como es el caso del Arena Amazonia, en Manaus, que a pesar de haber invertido 257 millones de dólares en la reforma, este estado no tiene ningún equipo en Primera División.

A la larga, probablemente el costo de mantenimiento sea mayor que los beneficios que aporta, por eso políticos están estudiando en transformarlo en un presidio temporal después de la Copa del Mundo. Esto se debe a que Raimundo Vidal Pessoa, una de las mayores cárceles en esa ciudad, se cerrará para mejorar sus infraestructuras después de la polémica que hubo sobre el estado de las prisiones  en el país.

Este derroche del dinero sin una previsión de ganancia fue uno de los argumentos durante las protestas que tuvieron lugar el año pasado y que según críticos se prevé estallen aún más durante el mes de la Copa y cuyas medidas de seguridad ya se han puesto en marcha.

El templo del futbol vacío

Desde la remodelación del Maracaná previa a la Copa de Confederaciones en junio pasado, el precio de las entradas aumentaron descaradamente, cosa que ha hecho que el estadio del pueblo se convirtiera en el teatro de la élite. Ahora las clases más bajas tienen dificultad para pagarse una entrada y esto ha producido que en los partidos clásicos como el Fla-Flu (Flamengo contra Fluminense) no se llenen ni la mitad de los asientos.

Para el periodista del rotativo O’Globo, Alexandre Abreu, los organizadores intentan atraer una clientela más VIP. “Tal y como ocurrió en Inglaterra en los inicios de los años 90, el aumento del precio de las entradas ha cambiado radicalmente el perfil de los aficionados que frecuentaba los estadios”, admite.

La restauración del Maracaná ha sido una de las más caras y más costosas de los 12 estadios. El ingeniero jefe que llevó la reforma recuerda que la presión tanto de la FIFA como de la sociedad le produjo mucho estrés. “La parte más difícil fue la del techo. Tuvimos que demolerlo, porque estaba demasiado frágil, y construirlo de nuevo. Era algo que no nos esperábamos. Pasaron muchas cosas, la lluvia, las huelgas, hasta trabajamos de madrugada. Llegué a llorar varias veces de desesperación porque no sabíamos si llegaríamos a  tiempo”, recuerda.

Para cumplir con las nuevas normas que imponía la entidad rectora del futbol, el estadio más grande de Brasil ha pasado a tener 30 mil asientos menos, una cobertura de lona que protege la gradería en épocas lluviosas, ha ganado un piso más en su forma oval, y cuenta con nuevas rampas y escaleras mecánicas.

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