Se disparan alarmas por Crimea

La escisión de la península envió una alerta a las antiguas repúblicas soviéticas del Báltico y otras naciones europeas. Latvia, Letonia, Estonia y Polonia observan con nerviosismo los movimientos rusos

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22/03/2014 02:01 José Carreño Figueras

CIUDAD DE MÉXICO, 22 de marzo.- La situación en Ucrania y la separación de Crimea para incorporarse a la Federación Rusa enviaron un toque de alarma a las antiguas repúblicas soviéticas del Báltico y otras naciones europeas.

Latvia, Letonia, Estonia, Polonia observan ahora con nerviosismo los movimientos rusos. Después de todo, las tres primeras fueron parte integral de la Unión Soviética y al igual que Ucrania, albergan bolsas de población de origen ruso.

Pero junto con ellas otros países, que como Polonia fueron miembros del llamado “bloque socialista” y podrían haber sido considerados como parte del “cinturón de seguridad” que Iósif  Stalin logró establecer para la URSS al final de la Segunda Guerra Mundial, han comenzado a reunirse para discutir la situación y tal vez presentar un frente unido.

La razón es simple. “Esta crisis no termina en Crimea”, estimó un comentario de la cadena británica BBC.

Para la organización, que de hecho recogió los temores de muchos gobiernos europeos, “es claro que Rusia desea influir sobre Ucrania como un todo”.

Esa preocupación explica el  súbito interés en relanzar una colaboración regional que de hecho, había languidecido, y que se explica ahora por lo que medios de comunicación y académicos consideran es una incoherente respuesta de los países occidentales.

Ucrania, sin embargo, no es miembro de la OTAN.

Las sanciones planteadas por los países europeos y Estados Unidos han sido más simbólicas que reales y con la explicación a un lado que la colaboración en otros temas, de Siria a Irán, es necesaria.

Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría forman parte del llamado “Grupo de Visegrado”, uno que de repente adquirió nueva importancia para sus socios en la Unión Europea de cara a iniciativas que en algún momento pretendieron buscar un acercamiento con naciones como Georgia, Azerbaiyán,
Bielorrusia, Moldova, Ucrania y Armenia.

Todos esos países son parte de la región del Cáucaso, de enorme importancia estratégica y económica para Rusia, y una donde el gobierno de Vladimir Putin ha buscado restablecer lo que considera como la presencia y los intereses de seguridad nacional de su país.

“La reemergencia de Rusia como un jugador más vigoroso en asuntos euroasiáticos —claramente subrayados por la guerra de Georgia en 2008— reencendió viejos temores de la influencia militar, económica y política rusa en Europa Central”, destacó Stratfor, la empresa estadunidense de análisis estratégico.

Los integrantes del “Grupo de Visegrado” se reunieron el 6 y 7 de marzo con los países del Báltico: Latvia, Letonia, Estonia, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia.

Muchos de esos países no sólo fueron parte del “Pacto de Varsovia” sino que ahora están integrados en la que fuera su rival, la Organización de Alianza del Atlántico Norte (OTAN) y si bien su existencia en las fronteras rusas es un serio motivo de nerviosismo para Putin, las acciones del gobernante ruso han acentuado la preocupación en sus vecinos.

Algunos juegan con la idea del inicio de una nueva “Guerra Fría” y algunos hablan de que hay al menos un principio de congelación. En declaraciones recientes a la revista Foreign Policy, el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmusson, opinó que la “súbita conquista de Crimea” fue un llamado de atención para los 28 países miembros de la coalición establecida originalmente para “contrarrestar una potencial agresión soviética”.

De hecho, agregó, “nuestra preocupación es que Rusia no pare ahí... hay un claro riesgo de que Rusia vaya más allá de Crimea y que su meta siguiente sean las provincias orientales de Ucrania”.

Pero muchos analistas consideran que esa preocupación parece mas bien verbal.  “La OTAN parece empantanada y operando en la lógica de asociación, más que en la de defensa y disuasión”, alegó Kurt Volcker en la revista Foreign  Policy.

Para un país como Rusia, que históricamente ha confiado en la lejanía entre sus fronteras, y Moscú, su corazón, la proximidad de los países bálticos y, por tanto, de la OTAN a Moscú es amenazante.

Ahí donde los ejércitos de Napoleón y Hitler debieron recorrer casi mil kilómetros para quedarse a las puertas de Moscú y ser derrotados por problemas logísticos, el clima y la resistencia del pueblo ruso, la frontera con la OTAN está a sólo 160 kilómetros de la capital rusa.

Y en ese marco también es importante recordar que Putin, un exfuncionario de inteligencia rusa, está también empeñado en evitar que su país sea visto y tratado como una potencia secundaria.

Ucrania, a poco más de 300 kilómetros es también un paso clave para Rusia hacia Europa y el Mar Negro.

Y de creer a Carl Bildt, el Ministro de Relaciones Exteriores sueco, la anexión de Crimea es sólo “el principio del juego”. En declaraciones a Christian Amanpour, de la cadena CNN, Bildt consideró que “no es que Putin esté primariamente interesado en Crimea... está interesado en Ucrania”.

La razón puede ser por un lado que desde el punto de vista europeo “Rusia sin Ucrania es un imperio asiático... con Ucrania es un imperio euroasiático”. Pero también los millones de rusos que la disolución de la URSS dejó atrás.

Para Putin la ruptura de la URSS fue un desastre geopolítico de alcances históricos y más allá de la pérdida de territorios en los que Rusia tiene un profundo vínculo histórico, político o económico, en ellos se quedaron tantos como 25 millones de rusos étnicos.

Un análisis de Stratfor hizo notar que la crisis en Ucrania “es un recordatorio de que tan lejos está Rusia dispuesta a ir para proteger sus intereses estratégicos, así como de los límites que enfrentan las naciones de Europa Occidental en sus tratos con Moscú”.

Y paralelamente, en cierta forma podría decirse que esos rusos abandonados en territorios que consideraban suyos, son ahora un motivo, pero también una bendición para Putin y sus propósitos geopolíticos.

El nombre de Transnistria podría sonar a broma, a una de esas naciones centroeuropeas imaginadas hace casi un siglo por los hermanos Marx como escenario para sus locuras.

La realidad, sin embargo, es que Transnistria es un pequeño territorio de unas mil 600 millas cuadradas (unos 4,200 kilómetros cuadrados) a región ya semi-independiente de Moldavia, que a su vez es una región escindida de Rusia que busca retornar a Rumania.

Pero si Moldavia es de mayoría étnica rumana, Transnistria es de mayoría étnica rusa y desea regresar a la “madre patria”.

La situación de Transnistria y de Moldavia, proporciones guardadas, tiene suficientes similitudes con la de Crimea y Ucrania como para que haya una cierta preocupación. Como la hay en otros países donde hay minorías rusas.

Y hasta ahora Putin se ha salido con la suya.

 

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