Crack, una adicción temprana en Brasil

Ese país sudamericano, con 200 millones de habitantes, es considerado actualmente el primer consumidor mundial de esa droga

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09/03/2014 02:12  Anna Veciana/ESPECIAL
Ilustración: Ignacio Huizar

RÍO DE JANEIRO, 9 de marzo.— Centenares de hombres y mujeres siguen matando las horas fumando crack en algunos barrios de las principales ciudades de Brasil, donde la droga se vende y se consume abiertamente en las calles. Estas regiones, conocidas popularmente como Cracolandias, todavía siguen siendo una realidad incómoda.

Cualquier persona que viva cerca evita transcurrir por ese tramo que no sólo es frecuentado por cuerpos quebradizos y consumidos por la droga, sino que hiede intensamente a basura y orines. Son personas que lo han perdido todo y no tienen a nadie, sólo comparten su desgracia con aquellos que se encuentran en su misma situación. El crack, a diferencia de la cocaína, se absorbe más rápidamente y llega  al cerebro en cuestión de segundos. Produce temblores, y crea una sensación de placer similar a un orgasmo —según relatan algunos— que durará cinco minutos como máximo.

Brasil, con 200 millones de habitantes, es considerado actualmente el primer consumidor mundial de crack. Al menos 370 mil brasileños, entre ellos 50 mil niños y adolescentes, son adictos a esa droga y los derivados residuales de la cocaína, según un estudio divulgado por la Secretaría Nacional de Políticas sobre Drogas.

“El número de casos de dependencia química aumentó por diez en el país. Pero hay un dato todavía más importante para mí, que es que 80%  de los usuarios quieren tratamiento. Me hice una pregunta: Si 80% quiere tratamientos por qué todavía no se están tratando?”, comenta Adilson Pires, teniente alcalde de Río de Janeiro.

La adicción temprana de los jóvenes a esa droga en que la gran mayoría vive en las calles más oscuras y peligrosas de la ciudad entre escombros y miseria llevó al gobierno municipal a crear un centro para que chicos de entre 12 y 17 años pudieran recuperarse.

Casa Viva, situada en el barrio de Buensuceso, es un albergue público pensado para desintoxicar al menor sin imponerle grandes normas. A través de los médicos, sicólogos, educadores y terapeutas, se evalúa el entorno familiar del niño y sus posibilidades de reinserción en la sociedad.

“Cuando llegan a la casa empezamos a construir con cada uno de ellos su trayectoria de vida a partir de planos de trabajo y atención personalizado. La puerta siempre está abierta. La idea es que sea una casa, donde se entre y se salga. Es responsabilidad de cada uno regresar”, insiste Marilia Rocha, directora del centro.

Enganchados a las computadoras para conectarse a las redes sociales, mientras los más hiperactivos juegan ping-pong desenfrenado. Algunos de los internos, aún se sienten desubicados por los efectos de la droga. Otros, avances importantes desde su llegada.

Es el caso de Wallace Santos, de 15 años, que asegura que su entrada en Casa Viva le ha cambiado la vida: “Consumí cocaína durante 1 año y 2 meses, el crack sólo durante 3 meses y vi que estaba acabando con mi vida de una forma que no sé explicar. Me hizo separar de mi familia, robé, mi madre sufría tanto que decidí pedir ayuda”.

Su día a día lo compagina con los estudios y las aficiones que ha encontrado en este último periodo cuando se estaba recuperando. Wallace narra que la rutina que llevaba antes no la envidia para nada.

“Además de consumir era traficante. La vida era exorbitante. Me daban casa para mí solo, dinero, oro, mujeres,… . Pero a la que tenías una flojera y te debilitabas, ellos te expulsaban y te mataban. Tanto lujo en tu vida complicaba más salir del narcotráfico. No era una vida real”.

Aunque tiene miedo de recaer y admite que todavía no está preparado para salir del centro, sueña con ser sicólogo y dedicarse al trabajo social. Sin embargo, su ejemplo tan solo refleja 25% de los casos. Y es que solamente una cuarta parte de los que se someten a ese tratamiento lo acaban con éxito, según la Secretaría Municipal de Desarrollo Social.

Ivone Ponczek, directora del Núcleo de Estudios e Investigaciones en Atención al Uso de Drogas, trabaja a diario con ese tipo de casos e insiste que el entorno del paciente determina su mejoría. “No es nada fácil recuperarse de una drogadicción. Las familias de estos niños son completamente desestructuradas. Es muy difícil intervenir cuando  provienen de núcleos familiares que no tienen base y en que muchos casos, los padres también son consumidores”.

Mientras el gobierno hace esfuerzos para exterminar la llamada “epidemia del crack”, este veneno todavía sigue entrando en Brasil  principalmente por Bolivia y Colombia. Desde 1980, cuando llegó al país, como una alternativa al alto precio de la cocaína, la erradicación del consumo de crack ha sido una meta imposible de cumplir, a pesar del esfuerzo de las autoridades en enfocarse ahora en los más jóvenes.

A las siete de la tarde de un martes, la cracolandia de Río de Janeiro, a pocos pasos de la avenida Brasil, se convierte en el paraíso de los que, a través de esta sustancia letal, se evaden de la vida real una noche más. Empieza a oscurecer y reina la luz de los mecheros que encenderán sus pipas. Entre cachivaches y perros hambrientos, las prostitutas se acercan para conseguir algún cliente.

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