Alemania manda otra vez

La nueva mentalidad que impera en ese país fue dada a conocer hace tres semanas en el marco anual de la Conferencia de Seguridad

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17/02/2014 01:48 Enrique Müller/Especial
Angela Merkel, canciller alemana. Foto: AP

BERLÍN, 17 de febrero.– Cuando el mundo europeo estaba en orden  y todos los socios comunitarios se esforzaban por seguir avanzando en la construcción de lo que es ahora la poderosa Unión Europea, existían varias premisas no escritas que permitieron que la cooperación avanzara y que Alemania recuperara lentamente su posición en el concierto europeo, perdida a causa de los crímenes cometidos por los nazis en la última guerra mundial.

Antes que nada los gobernantes alemanes, en especial el excanciller Helmut Kohl y su sucesor en el cargo, Gerhard Schröder, pusieron especial cuidado en no despertar los viejos resentimientos entre sus vecinos a medida que el poderío económico alemán aumentaba. Kohl, por ejemplo, solía decir que él se inclinaba siempre dos o tres veces ante la bandera francesa, mientras que Schröder, más irónico, sostenía que Alemania debía llevar las riendas de Europa sin que nadie se diera cuenta de ello.

Durante más de 40 años, el eje franco-alemán, por ejemplo, fue determinante para la construcción de la casa común europea y Alemania actuó durante ese tiempo, bajo una premisa que le permitió reencontrar su lugar y su influencia en  el seno comunitario bajo una premisa que definió un diplomático europeo: “Francia puso la música y Alemania pagó la factura”.

Europa, a causa de la crisis financiera mundial que estalló en 2008 y la posterior crisis de la deuda que afectó a la comunidad de países que forman la llamada euro zona, quedó confrontada al resurgimiento de Alemania como una nueva potencia continental, un país que evitó asumir un liderazgo en el viejo continente a causa de la pesada carga histórica que heredó del III Reich y de la tiranía comunista que imperó durante 40 años en la ex RDA.

Pero ahora, cuando el país se apresta a celebrar el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín, que hizo posible la histórica reunificación, y prepara decenas de actos oficiales para recordar el centenario del estallido de la primera guerra mundial y el septuagésimo quinto aniversario del comienzo de la segunda guerra mundial, tres importantes líderes alemanes han tomado una iniciativa inédita destinada a convertir la primera potencia económica de Europea, en una potencia política y militar que le asegure un nuevo rol en el concierto internacional.

Cuando el actual gobierno de gran coalición aún no había cumplido un mes en el poder, Berlín dio las primeras señales de que un nuevo camino estaba diseñándose en la estrategia de política exterior y cuya meta final es enterrar para siempre la filosofía que defendió a lo largo de cuatro años, el ex ministro de Asuntos Exteriores, Guido Westerwelle, que defendió en todos los foros posibles, incluido Naciones Unidas, la cultura de restricción militar, una práctica que dejaba en manos de los socios de Alemania el duro trabajo de solucionar los asuntos desagradables, como fue el caso de la intervención militar aliada en Libia hace tres años.

Casi al unísono, Frank-Walter Steinmeier, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, y Ursula von der Leyen, la primera mujer en ocupar el cargo de Ministro de Defensa, señalaron que Alemania tenía que abandonar su cómoda posición de observadora y prometieron  a sus socios transatlánticos que el país estaba dispuesto a asumir sus compromisos.

“No podemos mirar hacia otro lado cuando el asesinato y la violación están a la orden del día, ya simplemente por razones humanitarias”, admitió la ministra von der Leyen, en una primera demostración de que Alemania y su ejército están dispuestos a asumir nuevas responsabilidades cuando la comunidad internacional  lo requiera, una idea que recibió el apoyo del nuevo ministro de Asuntos Exteriores germano.

La nueva mentalidad que impera en Alemania fue dada a conocer hace tres semanas en el marco de la Conferencia de Seguridad, que todos los años se celebra en Múnich y que reúne a la crema y nata de los responsables mundiales del tema, incluidos, jefes de Estado y de gobierno, además de  ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa de medio planeta.

En un discurso que inauguró la conferencia, el presidente alemán, Joachim Gauck, reveló a la comunidad internacional que su país debía cambiar su actitud y que el pasado nazi y la tiranía comunista de la RDA no podían seguir siendo una excusa  para evitar las obligaciones internacionales.

“Durante seis décadas hemos vivido en paz con los vecinos, en democracia y en el respeto de los derechos humanos. Ya podemos confiar en nosotros mismos; los demás pueden confiar en nosotros. Creo que es hora de que asumamos responsabilidades más sustanciales; de que demos pasos más decididos para preservar el orden y los valores en los que creemos; de que en lugar de huir de los desafíos, los enfrentemos”, dijo Gauck.

La nueva ministra de Defensa, la democristiana Ursula von der Leyen, plasmó el cambio de actitud que gana terreno en la política alemana. “La indiferencia no es una opción para Alemania. Aquellos que tienen medios, tienen responsabilidades. Tenemos la obligación de contribuir a la búsqueda de soluciones a crisis y conflictos. Tenemos la responsabilidad de proteger y el interés, como potencia económica, a que se mantenga la paz y la estabilidad”, dijo la ministra en el foro.

La nueva cara de Alemania fue reiterada por el ministro Steinmeier, quien se atrevió a exigir al presidente de Ucrania, Viktor Jakunovich, que accediera a las demandas que le exige la oposición para buscar una nueva relación con la Unión Europea. “Alemania es demasiado grande para quedarse al margen de los acontecimientos”, dijo el ministro en Múnich. 

La nueva imagen de potencia continental que parece estar dando Alemania no es nueva y marca una dinámica que nació cuando el país celebró la reunificación, el 3 de octubre de 1990, una fecha que marcó un radical cambio en la mentalidad del país. Por primera vez, Alemania envió un aviso a la comunidad internacional de que se había recuperado del síndrome de culpa que le había perseguido a lo largo de la posguerra.

La nueva personalidad del coloso económico se perfiló cuando un conflicto insólito  se incrustó en el corazón del viejo continente. “Es un gran éxito para nosotros y para la política exterior alemana”, exclamó el entonces canciller Helmut Kohl, cuando el Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea decidió reconocer diplomáticamente a dos países que habían declarado su independencia en diciembre de 1991, Croacia y Eslovenia, una medida que desató una guerra sangrienta en Yugoslavia, el país que fundara Tito.

“El gigante económico ya no se contenta con su rol de enano político”, constató con frialdad The New York Times, al valorar la victoria diplomática alemana. “Los europeos deben reponerse de dos golpes simultáneos: la Unión Soviética ha fallecido y Alemania ha regresado”.

23 años después de la reunificación, Berlín se ha convertido en la nueva capital de informal de Europa, donde suena el teléfono de Europa, que exigía Henry Kissinger cuando era Secretario de Estado, una realidad aceptada en Estados Unidos, China, pero también en Europa, como afirma el sociólogo Ullrich Beck, al admitir el nuevo poder que emana desde la capital alemana y que se concretó cuando la canciller, Angela Merkel, impuso un severo rigor fiscal a sus socios para evitar que la Unión Europea dejara de existir.

”El traspaso de poder de Bruselas a Berlín se aceleró con la crisis del euro”, afirmó Ullrich Beck. “Alemania es el país más rico y más poderoso desde el punto de vista económico de toda Europa. En el marco de la actual crisis, todo los países deudores dependen de que los alemanes estén dispuestos a avalar los créditos necesarios.”

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