TLCAN: Comercio, prosperidad y sustentabilidad, retos

En el acuerdo ambiental paralelo a TLCAN hay buenas bases de cooperación

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02/01/2014 05:08 Nadia Peimbert* / Especial
 En 20 años de TLCAN se han utilizado numerosos argumentos y documentado casos diversos donde se buscó proteger a sectores agrícolas.
En 20 años de TLCAN se han utilizado numerosos argumentos y documentado casos diversos donde se buscó proteger a sectores agrícolas.

CIUDAD DE MÉXICO, 2 de enero.- Antes de la aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), hace 20 años, grupos de activistas ambientalistas y laborales se movilizaron para evitar que se firmara. Organizaciones ecologistas estadunidenses radicalizaron las negociaciones argumentando que México no contaba con un marco legal sólido y que se convertiría en un “paraíso” para empresas altamente contaminantes.  El presidente de Estados Unidos, William Clinton, tuvo que atender a estos reclamos (en parte porque muchos de esos activistas habían apoyado su candidatura) y el resultado fue la firma de un acuerdo paralelo en materia ambiental que serviría como base para promover mejores prácticas por parte de los tres países, unilateralmente.  Esto fue suficiente para afianzar la firma del tratado, que ha sido positivo en muchos aspectos.

La sustentabilidad está presente de forma explícita en el tratado, haciendo referencia a la “protección y la conservación ambientales” y al compromiso de los tres países por “promover un desarrollo más sustentable” y de “fortalecer el desarrollo e implementación de leyes y regulaciones ambientales”.  La ironía está en que la protección de la naturaleza no era parte de los objetivos generales del tratado y la efervescencia por ésta se fue diluyendo frente a otros temas más urgentes en las agendas domésticas, como la seguridad, el terrorismo, el narcotráfico o las propias barreras al comercio, hablando del contexto comercial.  Los desafíos relativos a la conservación a menudo pasan a segundo o tercer término ante otras problemáticas que son políticamente más llamativas.

Sin embargo, en el marco del acuerdo paralelo del TLCAN en materia ambiental se sentaron buenas bases para crear mecanismos de cooperación, como el Banco de Desarrollo de América del Norte (BANDAN) y la Comisión de Cooperación Ecológica Fronteriza (COCEF), que cumplen una labor fundamental financiando acciones concretas e implementando medidas –especialmente la COCEF– a través de la elaboración de estudios de impactos negativos, así como certificaciones para empresas y proyectos.  Sus esfuerzos han arrojado buenos resultados, pero su operación se ha limitado a la frontera.  Su ampliación y una cooperación renovada, fortalecida y manifiesta en acciones trilaterales a favor de la conservación es urgente para poder enfrentar efectivamente los retos que en los últimos 20 años se han presentado como consecuencia de factores humanos y naturales, como el cambio climático.

La escasez de agua es un desafío visiblemente preocupante para las personas, las empresas, el comercio y la prosperidad transfronteriza entre México y Estados Unidos. Las sequías intensas y prolongadas han ocasionado que el nivel de los ríos y sus reservorios hayan disminuido a niveles alarmantes.  Aunque existen mecanismos de cooperación y tratados internacionales que buscan proteger actividades cruciales, como la agricultura y la ganadería en ambos lados de la frontera, no son suficientemente efectivos para asegurar la disponibilidad del agua en cantidad y calidad.  Si en el marco de cooperación del TLCAN se pudiera fomentar la colaboración multisectorial para reestablecer y conservar los hábitats que mantienen las cuencas de agua saludables, se podrían financiar e implementar acciones específicas que de verdad ayudarían a proteger las fuentes de agua en beneficio de la naturaleza, las personas y la economía.

Hablando también en el contexto bilateral México-Estados Unidos, en 20 años de TLCAN se han utilizado numerosos argumentos y documentado casos diversos donde se buscó proteger sectores agrícolas estratégicos para la economía estadunidense –tomate, aguacate y otros–. 

Los científicos y los ambientalistas deberían poder beneficiarse del marco de cooperación que ofrece el TLCAN para promover prácticas sustentables respecto a la producción agrícola, ganadera y pesquera, incluso evaluando y estudiando los riesgos para la salud humana, de los suelos y del agua que implica el uso de ciertos agroquímicos y fertilizantes sintéticos, o para la biodiversidad y la permanencia de especies endémicas, como el maíz asociados al uso de semillas trasgénicas. Si el desarrollo sustentable fue definido como una prioridad para los tres países en el acuerdo paralelo referente al medio ambiente, es urgente –y está en el mejor interés de México– aprovechar un mecanismo como éste para tomar las mejores decisiones alimentarias.

Otros retos ambientales incluyen fenómenos como el creciente aumento de la contaminación del aire en la zona fronteriza, el tratamiento de deshechos –desde sólidos, como neumáticos, hasta químicos–, el desarrollo de nueva infraestructura necesaria para eficientar el comercio y su impacto en el ambiente, entre otros. Tal vez la respuesta en materia de conservación, desde el ámbito del TLCAN, podría ser la participación más activa del sector privado y de la sociedad civil como actores pimordiales de la política ambiental –además del Estado– y de la puesta en práctica de medidas innovadoras y efectivas para la conservación. América del Norte es una región en la que ambos sectores son sumamente dinámicos y participativos; conviene integrarlos formalmente al tratado, al menos en lo que respecta al valor de su compromiso a favor del ambiente.

México tiene un enorme capital natural que debe cuidar y administrar para asegurar que sus beneficios tengan un mayor alcance en términos humanos y económicos, generando condiciones favorables para un desarrollo más efectivo y duradero.  Esta prosperidad es el espíritu de lo que buscaba el TLCAN.  Los beneficios económicos de la conservación son evidentes: la industria, el desarrollo de infraestructura, la producción de alimentos y cualquier actividad humana necesita de la naturaleza y los servicios que nos brinda.  Por lo tanto conservarla debería estar en el mejor interés de todos los sectores sociales y de los países de América del Norte también.  Hay una racionalidad económica contundente detrás de las acciones para mantener los ecosistemas de los cuales dependen la vida, la economía y el comercio.  El aniversario 20 del TLCAN es una ventana de oportunidad para que actores públicos, privados y de la sociedad civil se comprometan a contribuir, a través del comercio próspero, a un desarrollo más sustentable para todos.

*Ambientalista

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