A una década de la captura de Hussein

La nación árabe continúa inmersa en una ola de violencia y los iraquíes consideran que muy poco o casi nada cambió con la caída de su dictador

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13/12/2013 02:15 Redacción

CIUDAD DE MÉXICO, 13 de diciembre.- Hoy se cumplen diez años de la captura del dictador iraquí, Saddam Hussein,  tras ser derrocado por el ejército de coalición y huir durante varios meses. En 2006 fue condenado a la horca por crímenes de lesa humanidad.

Una década después, Irak se encuentra inmerso en una ola de  conflictos, sanciones, burocracia, corrupción y represión.

Hussein fue capturado el 13 de diciembre de 2003, en las afueras de Dawr, donde la tropa estadunidense lo encontró escondido en un agujero.

El 19 de marzo de 2003, el entonces presidente estadunidense, George W. Bush , anunció al mundo el inicio de la invasión de Irak por parte de un ejército de coalición, encabezado por EU, cuyo objetivo era derrocar al régimen de Hussein.

Si hoy, diez años después de la invasión estadunidense, se pregunta a un iraquí cómo cambió su vida aquella guerra, la respuesta es casi siempre la misma: “Los estadunidenses han destrozado mi país”, dijo un iraquí a la agencia DPA. La excepción la conforman sólo algunos políticos y ex presos políticos, que en la primavera de 2003 fueron liberados de las cámaras de tortura de los esbirros de Hussein.

Además, cientos de miles de personas, principalmente chiitas y kurdos, murieron bajo su régimen, un episodio doloroso que está en el trasfondo de las tensiones actuales entre las autoridades federales y la región autónoma del Kurdistán.

Saddam también libró una guerra contra Irán y en 1990 desencadenó la invasión de Kuwait, que dio lugar a sanciones internacionales que pusieron de rodillas a la economía iraquí. El país sigue pagando todavía compensaciones a su vecino del Golfo.

Cuando Hussein fue capturado, los dirigentes estadunidenses e iraquíes hablaron de un vuelco en la guerra, porque creían que sería un duro golpe para la insurrección. Pero la violencia siguió empeorando, hasta culminar en 2006-2007.

Tras una calma relativa, a partir de 2008, la violencia volvió a estallar este año, alimentada por un fuerte descontento de los sunitas, que se consideran marginados. Ciertos grupos violentos tienen entre sus filas a partidarios del régimen de Saddam.

A pesar de que  Irak es rico en petróleo, tiene un papel cada vez mayor en la economía mundial y la diplomacia regional, esa herencia bloquea su reconstrucción.

Igual que bajo el régimen del dictador iraquí, la economía sigue ahogada por una burocracia de trámites interminables. Y la corrupción tampoco ha disminuido: Irak ocupa ahora el séptimo puesto de la clasificación de países más corruptos establecida por Transparencia Internacional.

Ex miembros del Baas, el partido de Saddam hoy prohibido, siguen siendo excluidos de la función pública por su pasado y los estallidos de violencia se atribuyen a un conjunto de partidarios de Saddam y de insurgentes sunitas.

Además, la corrupción y el nepotismo reinan en el país, que sigue sufriendo las consecuencias de los conflictos interiores y regionales nacidos durante la era Saddam.

Los servicios públicos, en un estado lamentable tras el conflicto que siguió a la caída de Sadam, nunca recuperaron su nivel de antaño. El desempleo sigue siendo elevado y, si bien la producción petrolera aumentó, muchos iraquíes se quejan de que los beneficios no se reparten equitativamente.

El 5 de noviembre de 2006, tras dos años de juicio, Hussein fue condenado, junto con otros dos acusados, “a morir en la horca” por el Alto Tribunal Penal iraquí, que lo encontró culpable de haber cometido un crimen contra la Humanidad, por la ejecución de 148 chiitas de la aldea de Duyail en 1982, entre otros crímenes.

El 28 de diciembre de 2006, el Alto Tribunal Penal iraquí confirmó la orden de ejecución de Saddam para el 2 de enero de 2007. Los altos funcionarios iraquíes se apresuraron a tomar la decisión de su muerte antes de la llegada de 2007. Saddam Hussein fue ejecutado el 30 de diciembre de 2006.

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