Nelson Mandela, un maestro del perdón

Tras ser liberado luego de pasar 27 años en prisión, el ex presidente de Sudáfrica sostuvo reuniones con los funcionarios que lo enviaron a la cárcel y dio muestras de reconciliación a la minoría blanca del país

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06/12/2013 02:01 AFP y AP
En 1995, Nelson Mandela entregó la Copa del Mundial de Rugby al equipo sudafricano y portó su uniforme en una señal de reconciliación con la minoría blanca que estaba en el poder durante el apartheid. Foto: Reuters
En 1995, Nelson Mandela entregó la Copa del Mundial de Rugby al equipo sudafricano y portó su uniforme en una señal de reconciliación con la minoría blanca que estaba en el poder durante el apartheid. Foto: Reuters

JOHANNESBURGO, 6 de diciembre.– Nelson Mandela fue un maestro del perdón. El primer Presidente negro de Sudáfrica pasó casi un tercio de su vida como prisionero del apartheid, pero lejos de la sed de venganza, trató de ganarse al sistema que lo puso tras las rejas durante 27 años, logrando una transición del poder relativamente pacífica que inspiró al mundo.

En 1990, cuando Nelson Mandela salió de la cárcel, el país empezaba a salir de tres siglos y medio de dominación por la minoría blanca, incluyendo los más de 40 años de un sistema racista institucionalizado único en el mundo: el apartheid.

Ayudado por el pragmatismo del último presidente del apartheid, Frederik de Klerk, Mandela impuso allí una transición pacífica a la democracia.

“Es tiempo de curar las heridas.

Tiempo de superar los abismos que nos separan. Tiempo de construir”, lanzaba en su investidura, en mayo de 1994, el primer Presidente del país elegido democráticamente.

A lo largo de su Presidencia, Mandela multiplicó los gestos de perdón, para inspirar a la mayoría negra y para tranquilizar a la minoría blanca, que sigue teniendo las claves financieras y militares de Sudáfrica.

El boxeador, abogado y preso almorzó con el fiscal que argumentó a favor de su encarcelamiento. Durante su toma de posesión como mandatario, cantó el himno Afrikaans de la era del apartheid y viajó cientos de kilómetros para tomar el té con la viuda de Hendrik Verwoerd, el primer ministro que estaba en el poder cuando él fue enviado a prisión.

También organizó un banquete con ocasión de la jubilación del jefe de los servicios secretos del apartheid, Niels Barnard, e invitó a almorzar al procurador del proceso de 1963 que lo mandó al penal de Robben Island, Percy Yutar.

La imagen del primer Presidente negro de Sudáfrica enfundado en la camiseta de la selección nacional de rugby, los Springboks, cuando ganaron la Copa del Mundo de 1995, compartiendo la alegría de los “afrikaners”, la minoría blanca que ostentó el poder durante el apartheid, marca para muchos el apogeo de la euforia reconciliadora.

Mandela multiplicó las atenciones con respecto a esta comunidad de más de dos millones de blancos, descendientes de los primeros colonos holandeses. Sabía que la inclusión de los ingenieros del apartheid en la nueva África del Sur era vital para la democracia.

“Hubiéramos vivido un baño de sangre si (la reconciliación) no hubiera sido nuestra política de base”, recordó Mandela más de una vez a sus críticos, en las corrientes africanistas o en la prensa negra, que le reprochaban que se preocupaba demasiado por los blancos.

El primer gobierno post-apartheid fue el más multirracial, con negros, blancos, indios, mestizos.

En sus escritos, Mandela reveló hasta qué punto se había inspirado por las discusiones de su infancia, por el modo tradicional de solventar los conflictos mediante compromisos.

Pero también dijo que “sus largos años solitarios” de cárcel habían alimentado su pensamiento.

“Mi hambre de libertad para mi pueblo se ha convertido en hambre de libertad para todos, blancos y negros.

Un hombre que priva a otro hombre de su libertad es prisionero de su odio, está encerrado detrás de los barrotes de sus prejuicios y de la estrechez de espíritu”, escribía.

“No cabe duda que salió de la cárcel un hombre mucho más grande que el que entró en ella”, estimó el arzobispo Desmond Tutu.

Tutu, conciencia moral de la lucha anti-apartheid, fue designado para presidir la Comisión para la Verdad y la Reconciliación (TRC), eje central de la reconciliación.

La TRC, que escuchó a más de 30 mil víctimas y verdugos, proponía el perdón y la amnistía a cambio de confesiones públicas. Verdaderas catarsis, sus audiciones han dejado también zonas de sombra. Y los responsables de las atrocidades del apartheid, jefe de Estado, ministro o jefe de la policía o de las fuerzas armadas, no fueron inquietados.

A pesar de la desconfianza entre las comunidades y de las desigualdades que se han seguido agudizando desde la desaparición del apartheid, toda una nación multirracial estaba unida en el Mundial de Futbol organizado en Sudáfrica en 2010.

Para Mandela, el acontecimiento era una consagración. A pesar de su avanzada edad, asistió a la ceremonia de clausura en Johannesburgo. Pero la reconciliación dista mucho de ser redonda. Tal como advertía el propio Mandela: “la curación de la nación sudafricana es un proceso, no un acontecimiento particular”.

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