El papa Benedicto XVI advierte falta de unidad

El Papa ofició en la basílica de San Pedro la misa del Miércoles de Ceniza; en su mensaje, el Papa expresó: “Pienso en particular en los atentados contra la unidad de la Iglesia y en las divisiones en el cuerpo eclesial”

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14/02/2013 06:55 Pascal Beltrán del Río/ Enviado, EFE y AFP

CIUDAD DEL VATICANO, 14 de febrero.– En lo que simboliza su última aparición pública oficial, el papa Benedicto XVI ofició en la basílica de San Pedro la misa del Miércoles de Ceniza que da inicio a la Cuaresma.

Se trató de su primera celebración litúrgica después de haber anunciado el lunes que se convertía en el primer pontífice en casi 600 años que renuncia a su ministerio.

Su entrada, por la sacristía, era esperada con un silencio aplastante, una devoción herida.

Fieles de varias nacionalidades aplaudieron de pie al ver a Benedicto XVI, quien dijo que decidió renunciar “por el bien de la Iglesia”.

En su mensaje, el Papa expresó: “Pienso en particular en los atentados contra la unidad de la Iglesia y en las divisiones en el cuerpo eclesial”. Jesús —dijo— denunció la “hipocresía religiosa, el comportamiento de quienes buscan el aplauso y la aprobación del público.”

 

Miércoles de Ceniza con olor a despedida

Eran las 17:25 y la tarde sangraba sobre la plaza de San Pedro.

En el atrio de la basílica, una cuadrilla retiraba la escenografía del pórtico: el trono papal y un templete, donde Benedicto XVI se había reunido con sus cardenales antes de celebrar la misa de Miércoles de Ceniza.

Además, había que bajar un telón de fondo –de color ocre con dos franjas doradas–, mientras en el interior del templo la ceremonia iba en su apogeo.

–¿Cómo se siente bajar el telón? –le pregunté a Emmanuele Pizzuto, uno de los trabajadores, quien enrollaba un largo cordón en su antebrazo.

–Muy triste. He montado este mismo pórtico durante 15 años. Primero, para Juan Pablo II, y luego para este Papa. Con Juan Pablo II nunca supe cuándo iba a ser la última ocasión, pero hoy sí: nunca más lo haré para Benedicto XVI y eso me hace sentir abrumado.

Afuera, un aire helado barría la plaza. Los fieles que no consiguieron lugar en la misa, se apretujaban frente a cuatro pantallas gigantes para escuchar la homilía, seguramente la última que pronunciará este Papa.

Los que sí pudieron entrar, los pacientes que aguantaron dos horas en una cola que serpenteaba por la plaza bajo los rayos del sol, abarrotaban la nave de la basílica.

La mayoría estaba sentada en sillas de acrílico, perfectamente ordenadas… hasta que hizo su aparición el Pontífice.

Su entrada, por la sacristía, era esperada con un silencio aplastante, una devoción herida.

Cuando se corrió la cortina, entre el humo del incienso emergieron, primero, los frailes dominicos y los monjes benedictinos, protagonistas tradicionales de la ceremonia, que suele hacerse en la basílica de Santa Sabina, en el Aventino, una de las siete colinas de Roma.

Si la misa se cambió este año de lugar fue por la expectación que generó el que fuera la última vez que la oficiaría Benedicto XVI.

Cuando entraron los cardenales, detrás de los monjes y los frailes, la gente rompió filas para agolparse a lo largo del muro que delimita el pasillo central. Era inminente la aparición del Papa.

Quienes no pudieron colocarse en un buen sitio para ver el paso del Pontífice, de plano se pararon en las sillas. Por un momento, la solemnidad tambaleó. Cámaras, teléfonos celulares y tablets nadaban en un mar de manos alzadas, atraídos por la gravedad de Benedicto XVI. Centenares de flashazos iluminaron el rostro sombrío del jerarca católico.

Se trataba de su primera celebración litúrgica después de haber anunciado, dos días antes, que se convertía en el primer pontífice en casi 600 años que renuncia a su ministerio.

Por la mañana había asistido a la audiencia general de los miércoles, en el Aula Paulo VI, donde fue ovacionado por los asistentes, quienes se agolparon en el portón del Santo Oficio, uno de los accesos del Vaticano, para tener la oportunidad de saludar al pontífice.

Fieles de varias nacionalidades aplaudieron de pie a Benedicto XVI, cuando entró en la sala, poco antes de las 11 de la mañana.

Al verlo, la comunidad universitaria de Roma desplegó una enorme manta que decía “Grazie, Santità”.

El pontífice reiteró allí lo que había expresado en el consistorio, 48 horas antes, en un mensaje en latín que tardó apenas unos segundos en dar la vuelta al mundo.

“Como saben –dijo el Papa, para arrancar–, he decidido renunciar al ministerio que el Señor me confió”. Y luego agregó un dato que más que ayudar a develar el misterio de su renuncia, lo volvió más indescifrable: “Lo he hecho (…) por el bien de la Iglesia, tras haber orado largamente y examinar mi conciencia ante Dios”.

Horas después, en la basílica de San Pedro, eran disparos de cámara en lugar de ovaciones las que acompañaban al Pontífice. Éste había cambiado su semblante alegre de la mañana por uno más severo, y la muceta por la capa pluvial.

Tras de emerger de la sacristía, la procesión –que en tiempos normales se hubiera hecho en la calle, de San Anselmo a Santa Sabina—dio vuelta a la izquierda cuando alcanzó el pasillo central, y enfiló al atrio.

Allí permaneció el Pontífice mientras se cantaban las letanías. En la nave de la basílica lo esperaba la plataforma móvil, forrada en terciopelo rojo, que se volvió de uso común en meses recientes para las actividades del Papa.

Montado en ella, báculo en mano, comenzó a recorrer el pasillo central rumbo al altar, bajo otra lluvia de flashazos.

En la plaza, frente a las pantallas gigantes, hubo gente que lloró cuando el anciano Papa pidió en su homilía que los fieles lo tuvieran presente en sus oraciones.

Para muchos, la incredulidad y la estupefacción que causó el anuncio papal del lunes se había vuelto duelo puro y simple.

A lo lejos, una manta solitaria, escrita a mano y desplegada sobre un balcón del Borgo Santo Spirito, daba el adiós al Pontífice reconociendo que este momento es quizá un salto gigantesco a lo desconocido para la Iglesia, pero apenas un pequeño paso para Joseph Ratzinger, quien seguirá viviendo entre los muros del Vaticano: “Caro Papa, ti siamo vicini (querido Papa, estás cerca)”.

 

El Papa denuncia la división y falta de unidad en el clero

Benedicto XVI, que renunciará al papado el 28 de febrero, ofició ayer su última misa multitudinaria, en la que se mostró visiblemente emocionado por el afecto de los fieles y en la que denunció que la división en el clero y la falta de unidad desfiguran el rostro de la Iglesia.

El papa Ratzinger ofició la misa del Miércoles de Ceniza, que abre la Cuaresma, y destacó la importancia del testimonio de fe y vida cristiana de cada uno de los seguidores de Cristo para mostrar la verdadera cara de la Iglesia.

El Papa condenó también con severidad los males que aquejan a la Iglesia, como la hipocresía.

El Pontífice, quien vestía la casulla violeta de la temporada de Cuaresma, pronunció sus duras críticas durante la misa solemne del Miércoles de Ceniza en la basílica de San Pedro, ante numerosos cardenales, obispos y miembros del cuerpo diplomático.

El anciano pontífice añadió que, sin embargo, muchas veces ese rostro “aparece desfigurado”.

“Pienso en particular en los atentados contra la unidad de la Iglesia y en las divisiones en el cuerpo eclesial”, añadió el Papa, quien agregó que hay que vivir la Cuaresma de una manera intensa, superando “individualismos y rivalidades”.

Benedicto XVI también dijo que Jesús denunció la “hipocresía religiosa, el comportamiento de quienes buscan el aplauso y la aprobación del público”.

El verdadero discípulo no sirve a sí mismo o al público, sino a su Señor, de manera sencilla, simple y generosa”, subrayó el Papa, quien añadió que el testimonio del cristiano será más incisivo cuanto menos busque la gloria.

En su segunda aparición pública tras el anuncio el pasado día 11 de la renuncia –la primera fue también ayer en la audiencia pública de los miércoles–, Benedicto XVI se refirió a su decisión y pidió por la Iglesia, “en este particular momento”, y que le tengan presente en sus rezos.

“Las circunstancias han sugerido que nos reunamos en torno a la tumba de San Pedro para pedir por la Iglesia en este particular momento, renovando nuestra fe en Cristo. Para mí es la ocasión para agradecer a todos cuando me dispongo a concluir mi ministerio”.

Esas palabras fueron la continuación de las expresadas durante la audiencia pública, donde aseguró que ha decidido renunciar al pontificado “en plena libertad, para el bien de la Iglesia”.

El Papa agregó en ese encuentro público que es “consciente” de la “importancia” del hecho, pero también consciente de “no ser capaz de llevar a cabo el ministerio petrino (de Pedro)”.

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