La novedad
Gerardo Galarza
Se tardaron 12 años, pero al fin los priistas lo entendieron: su partido, sin Presidente de la República, está perdido. 10/03/2013 01:09
La XXI Asamblea Nacional del PRI y el espectáculo de la detención y proceso judicial de la ex dirigente del SNTE, Elba Esther Gordillo, han provocado análisis y afirmaciones sobre el regreso del PRI y la restauración de las prácticas del viejo sistema político mexicano dominado por ese partido de 1929 al año 2000. Aunque ambos hechos son buenos puntos para fijar el inicio o, en este caso, reinicio de una era, el regreso del PRI al poder comenzó antes.
El PRI inició su restauración en el mismo momento en que recuperó el motivo de su origen: ser un instrumento para dirimir los conflictos políticos entre diversos grupos o facciones. Y ello ocurrió en el momento en el que los diversos líderes priistas y sus grupos aceptaron y apoyaron, como antes, la candidatura presidencial de Enrique Peña Nieto. Por supuesto que el triunfo en las elecciones presidenciales y la toma de posesión del nuevo Presidente de la República reforzaron ese resurgimiento que hoy algunos ven con sorpresa.
Se tardaron 12 años, pero al fin los priistas lo entendieron: su partido, sin Presidente de la República, está perdido. Parece una obviedad, pero no. El PRI nunca ha sido un partido de oposición; necesita el poder para poder sobrevivir. Es piedra fundamental en el sistema presidencialista mexicano. El PRI se desdibujó, se perdió políticamente durante los sexenios panistas porque durante ellos no tuvo un líder real, un “faro de la política nacional”, como se decía antes, nadie que diera línea, nadie que repartiera el poder, nadie que impusiera orden y sanciones.
El barco priista no tuvo brújula en esos años, por más dirigentes formales que tuviera. En el mejor de los casos tuvo muchos líderes de grupos y facciones, pero a nadie que los unificara: los gobernadores que se sentían con ese derecho y que lo ejercían en sus estados como pequeños presidentes, los líderes en el Congreso, el líder formal del partido, algunos dirigentes de los sectores o hasta otros que sin tener cargo alguno creían ser factores de poder interno. Pero les hacía falta el Señor Presidente de la República.
No puede ser de otra manera en un sistema presidencialista con todas las características que el PRI le impuso a lo largo de 70 años. En el México del PRI, el Señor Presidente de la República es jefe de Estado, jefe de Gobierno y jefe de partido. No puede ser de otra forma y tampoco es un hecho antidemocrático. Ocurre, con sus propias particulares, en muchos países con sistemas políticos presidencialistas. La gran diferencia mexicana son las llamadas facultades “metaconstitucionales” que los priistas reconocen en su Presidente de la República; “facultades” que no pudieron ejercer los presidentes surgidos del PAN. Esa es una las virtudes de la olvidada disciplina de los militantes y dirigentes del PRI a quien también llamaban “líder nato”, recuperada en el mismo momento en el que regresaron a la Presidencia de la República. Si Peña Nieto no hubiese ganado la Presidencia de la República, la crisis que estaría viviendo el PRI sería mucho más grave que las que hoy tienen el PAN y el PRD, sus principales contendientes políticos.
Por eso no es sorpresivo el que el PRI haya decidido reconocer formalmente al Presidente de la República, al suyo, como miembro de su Consejo Político Nacional y de la Comisión Política Permanente. Antes, sin ser formalmente miembro de la dirigencia, se le llamaba “el primer priista del país”... y actuaba como tal. ¿Antidemocracia? No. ¿Acumulación de poder? Sí, pero éste deberá ser acotado por todos los ciudadanos con ejercicio de su voto libre en los procesos electorales. Suena a utopía, pero no: el voto popular obligó ya al PRI a llegar a acuerdos políticos con sus principales opositores para poder gobernar con efectividad. Está en el poder, pero sabe que los ciudadanos pueden quitárselo. Esta es la novedad en el regreso del PRI.
