¡Encapúcheseme ahí!

Gerardo Galarza

Los embozados saben que sus acciones ilegales serán toleradas por las autoridades y por eso las realizan con la mayor facilidad. 10/02/2013 01:26

¡Encapúcheseme ahí!

La máscara (la capucha, el embozo, el antifaz) siempre será un disfraz, siempre será utilizado para ocultar, se usa como protección. No hay novedad,  se sabe desde hace miles de años. Las acciones a ocultarse por una máscara o un disfraz no siempre serán deleznables y plausibles por sí mismas. Hay quien utiliza el embozamiento para delinquir o para ocultar una identidad filantrópica o perseguidora del mal, aunque esto último ya sólo ocurre en los rings de la lucha libre… y ya no con mucho éxito.

En México está de moda usar máscaras desde hace algunos años; las hay de todos signos: para guerrilleros, para policías, para presuntos delincuentes, para vándalos… todos en búsqueda, a través de su disfraz, de reconocimiento social y político, mediante el ocultamiento de las verdaderas causas y efectos de sus acciones.

Generalmente, hay que decirlo de una buena vez, las acciones de los encapuchados están fuera de la ley y con la capucha buscan evadir su aplicación. Tampoco es novedad, por eso en muchos países los delitos cometidos por encapuchados tienen mayor penalidad y en algunos se prohíbe asistir a manifestaciones con el rostro cubierto.

Durante la semana, la comunidad de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) fue objeto de agresiones por un grupo de encapuchados que hasta ayer  sábado seguían apoderados de las instalaciones de la Dirección de los Colegios de Ciencias y Humanidades, en la Ciudad Universitaria, luego de haber sido desalojados del CCH Naucalpan, en donde la policía local detuvo a diez de los agresores, quienes fueron dejados en libertad prácticamente de inmediato. Y, en el caso de Ciudad Universitaria, pese a la denuncia hecha, las autoridades del Distrito Federal nada han hecho, hasta donde se sabe, pese a la ocupación ilegal de las instalaciones.

Las imágenes que han mostrado los medios de información sobre la manifestación “pacífica” de los vándalos que al grito de “¡No violencia, no violencia!” rompieron  cristales, puertas, ventanas y cámaras de vigilancia. El pretexto de esa “inconformidad” es una propuesta, que analiza toda la comunidad universitaria, de reformas a los planes de estudios de los CCH, en aras del mejoramiento académico de sus alumnos. A ello los manifestantes le llaman “represión” contra los estudiantes.

Otras versiones sostienen que la reacción de los manifestantes se debe a que el director del CCH Naucalpan decidió limitar en el centro de estudios que está  a su cargo la venta de todo tipo de chucherías, alcohol y drogas en las inmediaciones del plantel. No es tampoco secreto que desde hace años diversos campus de la UNAM están a merced de los vendedores ambulantes y que en sus alrededores, a ciencia y paciencia de las autoridades gubernamentales, pese a denuncias y quejas de las autoridades universitarias, se han instalado cualquier cantidad de puntos de venta de bebidas alcohólicas.

Sea como fuere, en la ocupación ilegal de las instalaciones universitarias hay delitos por perseguir; las autoridades están obligadas a actuar conforme a derecho. No se trata de, ni se les pide “reprimir”, como decía aquel que fue designado “el mejor alcalde del mundo”, sino de aplicar la ley para garantizar la seguridad de todos los ciudadanos, como es su obligación primaria.

Los embozados saben, tienen la certeza de que sus acciones ilegales serán toleradas por las autoridades y por eso las realizan con la mayor facilidad; que no hay Estado de derecho. Y en el remoto caso de que fueran detenidos, exigirán su libertad con el precedente de la liberación de los vándalos del 1 de diciembre de 2012 y, en el extremo, saben que hay legisladores del PRD que están dispuestos a pagar sus fianzas y hasta a reformar la ley para beneficiarlos.

La tolerancia de cualquier acto ilegal conduce irremediablemente a la impunidad. Después, la impunidad será utilizada como pretexto para el surgimiento de grupos parapoliciacos de “autodefensa”, como en Guerrero, que impondrán la “justicia popular” y luego tendrán respuesta de otros grupos que se defenderán de los de la autodefensa, enmascarados o no. La experiencia mundial con estos grupos de encapuchados nunca ha tenido buenos resultados; Colombia es un ejemplo cercano y reciente: ahí también hay grupos “estudiantiles” embozados.

Ojalá llegue el día en que las máscaras y disfraces sean sólo motivo de los carnavales y de la lucha libre, y no refugios de presuntos delincuentes.

 

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