Cónclave: guerras internas y externas
Francisco Javier Acuña
03/03/2013 01:14
El cónclave arrastra el interés de los verdaderos fieles, el seguimiento respetuoso de millones de no creyentes y también el oportunismo interesado de adversarios especialistas en potenciar escándalos adicionales a los que la propia institución ha propiciado a lo largo de los siglos.
Los más trascendentes episodios que han transformado a la Iglesia han surgido desde adentro por divisiones a veces teológicas y más veces políticas, entre los jerarcas, por citar: la reforma de Lutero y la contra-reforma del siglo XVI, el Concilio Vaticano II y por hechos inesperados, como: la muerte de Juan Pablo I, la elección de un Papa polaco y la renuncia de Benedicto XVI.
Ex comulgados como el obispo Marcel Lefebvre y otros castigados por actos graves, el más reciente: la exclusión del cardenal escocés O’Brien a participar en el cónclave que se avecina, por “conductas impropias” relacionadas con la pederastia.
Es preciso distinguir:
El legítimo dolor de las víctimas efectivas de monstruosidades como la pedófila.
El acompañamiento justiciero de abogados y periodistas afamados que lo hacen por verdadero apostolado humanitario.
Y el de algunos que desean obtener un botín como ganancia por los fallos condenatorios a cuantiosas indemnizaciones en algunos países y/o que desean calumniar a jerarcas que les desagradan, divulgando afirmaciones acusatorias falaces.
Son muy relativos los impactos que desde afuera triunfan:
No tuvo efecto el repudio de activistas a la asistencia del cardenal Mahony, ex arzobispo de Los Ángeles, al cónclave, con todo y que la arquidiócesis que encabeza fue sentenciada a indemnizar a victimas por encubrimiento de pederastia en situaciones ciertas y comprobadas.
En cambio, es desproporcional y, por ello, absurda la exigencia de activistas mexicanos de colocar en similar condición —de impedimento al cónclave— al Arzobispo Primado de México.
Norberto Rivera, en 2007, se sujetó —acá en sus oficinas— a un largo interrogatorio derivado del juicio que se seguía al cardenal Mahony, por unas cartas entre los ahora purpurados, en las que Rivera Carrera le advirtió de conductas indeseables e indignas de un sacerdote que en 1987 se fue por su propia voluntad a Los Ángeles, más no había indicios de que además era pedófilo. La corte de California reconoció que no hubo responsabilidad de Norberto Rivera al respecto.
Difícilmente, surtirán efecto las campañas externas que han colocado carteles en los muros del Vaticano a favor del cardenal africano Turkson, no vincularán al Colegio Cardenalicio (en el que hay grandes pugnas) ni las profecías de Nostradamus ni el rencor de “ex sacerdotes” por no llegar a ser obispos.
*Analista
@f_javier_acuna
