Julio Cortázar, el escritor arquetípico

Las conmemoraciones y efemérides sobre la vida del autor argentino reducen el sentido trascendental de su obra escrita

COMPARTIR 
26/08/2014 15:06 Diego Bustamante / Foto: Especial
Julio  Cortázar fue un vampiro enamorado y timorato que rejuvenecía con cada libro que leía y destilaba su alma en cada letra que escribía.
Julio Cortázar fue un vampiro enamorado y timorato que rejuvenecía con cada libro que leía y destilaba su alma en cada letra que escribía.

CIUDAD DE MÉXICO, 26 de agosto.- El dicho popular canta que “alabanza en boca propia es vituperio”, sin ser un estudioso de la obra de Julio Cortázar puedo asegurar que la celebración con bombos y platillos de los 50 años de “Rayuela”; la caravana suntuosa para recordarnos las tres décadas de su muerte; el jolgorio por el centenar de su existencia y designar el 2014: Año Cortázar; son actos baladí y zalameros para alguien que siempre hizo de la profesión del escritor un suceso que trasciende los recordatorios y los días festivos, porque institucionalizar convierte a la efeméride en un suceso que sólo prioriza fechas conmemorativas antes que lo verdaderamente importante, leer la obra del escritor.

Concuerdo con Fabián Casas en señalar que han dejado de existir los escritores de antes, estirpe a la que pertenecía el cronopio argentino: «los escritores de antes, a todos esos tipos que, como Cortázar, fueron mucho más que simples escritores y también fueron maestros, ejemplos de vida, faros potentes en los que él y sus amigos se proyectaban».

El escritor de antes sabía que normativizar su obra y su vida era obligar y obligarse a escribir por mera especulación y vendimia comercial; sabían que el verdadero escritor no puede dejar de ver su profesión como un oficio peligroso, no sólo eran valientes y no pactaban ningún ápice con la vulgaridad reinante, «sino que mostraban una contundente autenticidad y lograban unir vida y literatura con una naturalidad absoluta; un increíble superviviente de una especie en extinción».

Institucionalizar convierte a la efeméride en un suceso que sólo prioriza fechas conmemorativas antes que lo verdaderamente importante, leer la obra del escritor.”

Reunir ese tipo de características no son elementos suficientes para convertirse en un escritor genuino, querido y notable, se necesitan otros avatares que la misma suerte podría explicar mejor. Si bien es cierto que Julio Cortázar supo hacer del azar su carta de presentación porque para él este designio de vida hacía mejor las cosas que la lógica misma, necesitaba de la imposición instintiva del (in)consciente colectivo que le permitiera convertirse en un escritor que transcendiera las edades, a precisar, el escritor argentino consigno dos elementos vitales desde sus primeros hasta sus últimos libros:

  • Descubrir y asimilar los arquetipos – de igual manera llamados ideas elementales o formas subjetivamente conocidas- en la vida diaria para, posteriormente
  • Reinventarlos y manifestarlos en la literatura

Como bien es sabido, las cosas tienen un principio y un fin, pero para este autor latinoamericano todo fin tan sólo serviría para explicar el renacer de un nuevo principio. En él se conjugaba la mirada del niño que ronda por el otro lado las cosas y la esencia vital del poeta que le permitió decir lo que nos hace felices y lo que nos duele, además de alojar al ancestro mítico que develara las imágenes de la consciencia colectiva que han tomado lugar desde los albores de la Tierra como expresión individual de origen inconsciente.

Son todos esos elementos una amalgama indisociable que le permitirían explorar en el psicoanálisis la premisa fundamental que se manifiesta en todo mito: suplir y sustituir los signos que hacen avanzar el espíritu humano, “a fin de contrarrestar aquellas otras fantasías humanas constantes que tienen a atarlo al pasado”.

Para muestra basta un libro. En “Los Reyes”, uno de sus primeros libros escritos en 1949, se recrea en forma de poema el mito del Minotauro, texto en el que propone una inversión y reinvención de éste. Para Julio Cortázar el verdadero criminal nunca fue el Minotauro, fue el mismo “héroe”, Teseo. Teseo es el verdadero represor y defensor de las instituciones, un sirviente que sólo le hacía el juego al rey Minos al cumplir con los designios sociales al matar al Minotauro. En cambio, ese monstruo fantástico era verdaderamente el poeta, el ser libre que había sido encerrado sólo porque era una criatura incomprendida.

El Minotauro nunca fue el sanguinario y terrible represor que se nos hizo creer, ya que cuando uno conoce verdaderamente el secreto del mito -el cual atestigua que el Minotauro no se comió nunca a nadie- sabe que él siempre fue un ser inocente que vivía en su laberinto danzando y jugando con sus “rehenes” para ser felices. Como vemos, en Cortázar la apropiación de los mitos primigenios requiere de una vivencia innegable en el proceso mismo de reinvención.

Puede ser una superchería, pero Cortázar también supo reinventar el mito de otra presencia arquetípica en su persona misma: el vampiro. No hay entrevista o plática con las personas que lo conocieron que no alojen una misma versión: Julio Cortázar era un hombre que rejuvenecía cada vez más con el paso del tiempo. Y no es descabellada esta idea cuando los arquetipos siempre vuelven al principio de la cosas para nacer de una manera diferente. Ello, porque si recordamos que en 1945 en su libro “La otra orilla”, en el primero de sus cuentos ‘El hijo del vampiro’ retoma la esencia misma de este arquetipo para generar una variante en su persona.

Julio Cortázar fue un vampiro enamorado y timorato que rejuvenecía con cada libro que leía y destilaba su alma en cada letra que escribía."

Si los vampiros son la representación arquetípica de la sombra del ser humano, como hemos visto con y en el cronopio argentino, la reinterpretación de esta figura se superpone a una existencia diferente.

Me gusta pensar que Cortázar fue un vampiro enamorado y timorato que rejuvenecía con cada libro que leía y destilaba su alma en cada letra que escribía. Un vampiro filantrópico para dicha de sus lectores. Si bien es cierto que los vampiros en algunas culturas son seres demoniacos, puedo afirmar que él pudo haber sido el único demonio que trazó la línea de fuego en los planos de la realidad para hacernos sumergir en el cielo y volar en la tierra.

En Julio Cortázar no cabe la obligación en ninguna manifestación del mundo literario, en él sólo cabe la construcción arquetípica del escritor que responde al llamado intuitivo que llega en un instante, como una llamada de auxilio en plena realidad.

 

asj

Video Recomendado

Comentarios

Lo que pasa en la red