Retrato hablado: Graciela Iturbide, una mirada en vuelo

Para Graciela Iturbide, cuya trayectoria de 45 años acaba de ser reconocida por Bellas Artes, la fotografía es subjetiva y las mejores tomas siempre vienen acompañadas de sorpresa y suerte

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03/08/2014 02:21 Juan Carlos Talavera
Ilustración: Julio Grimaldo
Ilustración: Julio Grimaldo

CIUDAD DE MÉXICO, 3 de agosto.- El vuelo de los pájaros. Esa es una de las obsesiones que persigue a Graciela Iturbide todo el tiempo. Por eso no es raro imaginarla en un paraje solitario, con su Rolleiflex en mano, mientras observa un grupo de aves que se dispersa para captar ese instante poético que a ella le permita entender en qué consiste la palabra libertad.

Quizá es la libertad lo que me atrae porque los pájaros tienen esa cualidad de volar”, dice Graciela Iturbide (1942) a
Excélsior, quien el pasado jueves recibió la Medalla Bellas Artes, aunque ya en 2008 había sido galardonada con los premios Nacional de Ciencias y Artes e Internacional de Fotografía Hasselblad, considerado el premio Nobel en su especialidad.

A lo largo de 45 años su trabajo artístico ha abordado temas como la muerte, los pájaros, las pandillas en Estados Unidos, la comunidad seri, los jornaleros mixtecos, sus viajes por Madagascar, la India y en Panamá con el líder Omar Torrijos.

Además, es autora de La mujer ángel y La señora de las iguanas, dos de sus imágenes más emblemáticas, junto a las series Los que viven en la arena, Juchitán y El baño de Frida.

De figura pequeña y personalidad huidiza, esta artista que reconoce las influencias de fotógrafos como el sueco Christer Strömholm, el checo Josef
Koudelka y de Manuel Álvarez Bravo, con quien trabajó casi un año, enfatiza una y otra vez que su trabajo no está cerca del fotorreportaje ni se considera una fotógrafa antropóloga.

Para ella, la fotografía es subjetiva y las mejores tomas siempre vienen acompañadas de dos ingredientes: la sorpresa y la suerte. Y considera que ésta sostiene un diálogo infinito con la poesía.

Es subjetiva porque depende cómo vemos. Por ejemplo, ahí está una flor y cada fotógrafo la tomaría desde un punto de vista diferente. Todo depende de las influencias, de lo que hemos visto y recorrido. Quizá yo me acerque a una hoja que veo rara y quizá ésta se convierta en algo más”, asegura.

La fotografía siempre es subjetiva. Quizá toda la gente que ve mi trabajo tendrá otra percepción de la que yo tuve cuando tomé las fotografías. Pero lo que yo les estoy dando no es la verdad, quizá ellos van a sentir otras cosas para bien o para mal, pero van a sentir otras emociones… o quizá nada.”

Y la subjetividad es tan importante, dice, que una buena fotografía depende de dos factores azarosos: la suerte y la sorpresa. “Sí, y mi fotografía tiene mucho que ver con la sorpresa, pues lo que me encuentro y me sorprende es lo que yo capto”.

Imaginación y libertad

¿Por qué no le interesa experimentar con la cámara digital?, se le pregunta. “Porque sigo trabajando la fotografía análoga. Me gusta ese ritual de revelar y ver mis fotos de seis por seis. A veces las recorto y las pongo sobre mi mesa y así voy armando mis ideas o mis cuentos”.

¿La imaginación es una clave para tomar fotografías? “Sin duda, y el día que se me termine la imaginación acabo como fotógrafa, el día que no me sorprenda con la vida ya no seré fotógrafa. Pienso que el fotógrafo se sorprende con la vida, enseña su trabajo y ya le toca al público sorprenderse o no con lo que ve. El fotógrafo tiene una interpretación de la vida y el público tiene otra interpretación de lo que vio. Es importante cultivar la imaginación”.

¿Qué significan los pájaros para usted?, se le pregunta. “Quizá la libertad, porque tienen la cualidad de volar. Cuando empecé a fotografiar pájaros me basé en los textos de San Juan de la Cruz sobre las cualidades del pájaro solitario. Esos textos me gustan mucho porque hablan sobre esa libertad de volar, pero también de la soledad y el misticismo”.

¿Le gusta imprimir algún mensaje en sus fotografías? “En mi fotografía, no sé si afortunadamente o desafortunadamente, soy muy egoísta. Para mí la fotografía es una terapia y siempre digo que la cámara es un pretexto para conocer el mundo”.

¿Qué siente cuando ve que una foto suya reproducida en todas partes? “Al principio me costó trabajo. Pensaba, ésta es mi foto, por qué la utilizan, la vuelven a pintar o a dibujar. Ahora me gusta que la imagen corra cuanto tenga que hacerlo. Hoy yo respeto que la gente tome la foto que les guste, que la interpreten”.

¿Hay un sutil vínculo entre poesía y fotografía? “Para mí hay algunos fotógrafos que son totalmente poetas. Algunos fotógrafos de guerra solamente dan testimonios, pero maravillosos a veces. Depende del ojo del fotógrafo. Hay todo tipo de imágenes, pero depende quién esté atrás de la cámara y qué es lo que pretende hacer, qué es lo que nos da y qué es lo que entendemos, porque muchas veces el fotógrafo entiende una cosa y nosotros interpretamos”.

¿Observa buenos fotógrafos hoy? “Tenemos periodistas buenísimos en algunos periódicos y fotógrafos de la guerra fría que hay en México, con los narcos y demás, hay gente muy valiosa. Hay muchos jóvenes que hacen fotografía artística, otros que hacen reportajes maravillosos. México es un país con una tradición fotográfica fuerte, porque desde que llegaron a México Tina Modotti, Hugo Brehme, con Manuel Álvarez Bravo, Lola Álvarez Bravo, Kati Horna, hemos tenido una tradición plástica en general, tanto de pintura y artes populares, entonces tenemos una sensibilidad especial para el arte. En México hay una tradición muy fuerte de fotografía y existen excelentes fotógrafos jóvenes”.

¿Para usted pintura y fotografía van de la mano? “Todas las disciplinas como música, pintura, fotografía, tienen que estar hermanadas. Un fotógrafo también tiene que leer y dejarse influenciar de los grandes escritores. Álvarez Bravo, por ejemplo, escuchaba siempre música clásica y contemporánea; pienso que cualquier pintor o músico tiene que estar en relación con las otras disciplinas porque es la manera en que se enriquece”.

¿Qué lee usted? “En este punto estoy leyendo a escritores que hablan sobre la parte prehispánica, por ejemplo El conejo en la cara de la Luna, de Alfredo López Austin, que es muy amigo mío. También sobre Hernán Cortés y Malitzin. Actualmente estoy interesada sobre la historia latinoamericana. Además, cada vez que viajo me gusta mucho leer sobre el lugar en que estoy. Me gustan mucho los libros de viajeros”.

¿Por qué rehúye a lo digital? “Me parece bien que una fotografía sea buena aunque sea tomada con un celular. Todo depende del resultado. A lo mejor hay una persona que tomó una foto con una cámara digital o un teléfono y le salió una imagen fantástica. Sin embargo, pienso que la fotografía necesita una disciplina y a lo mejor el que la está tomando con el teléfono no lo hace constantemente, o a lo mejor sí, y quizá pueda hacer un libro con fotos tomadas con teléfono celular.

Todo depende del resultado. Hoy aún se usa la cámara estenopeica y la cámara digital. ¿Qué importa? Es como el dibujo con lápiz o al óleo, el grabado… hay unos muy malos y otros buenísimos. Entonces todo depende del resultado. No es lo análogo lo que te va a dar lo bueno, ni lo digital. Es el ojo atrás del aparato.”

¿Le interesa el desnudo? “Tengo desnudos casuales. Cuando trabajé con los cholos, una de las cholas me dijo que le tomara un desnudo, pero no busco los desnudos. Se me dan”.

¿Hay pocos desnudos masculinos? “Sí, muy poco. Pero a mí sinceramente no se me ha ocurrido tomar desnudo masculino. No sé por qué. Además de que también tomo muy pocos desnudos femeninos. Me gusta mucho una foto de Weston que es un desnudo, pero es un niño. A lo mejor es nuestra sociedad o nuestra manera de educación o quizá hay mujeres que les gusta tocar ese tema. A mí en especial no me interesa”.

¿Qué les diría a quienes insisten en que una imagen vale más que mil palabras? “Eso no es así. En los periódicos hay tantas fotografías acompañadas de textos y si no fuera así no entenderíamos lo que sucedió. Yo trabajo de una manera independiente y a veces algunas de mis fotos tienen un pequeño texto. Esa es una frase de hace tiempo que puede y no puede ser”.

Esenciales proyectos

El primer gran proyecto de Iturbide fue Los que viven en la arena, serie que realizó en 1979, dentro de una comunidad indígena seri. De esta serie, los críticos han destacado la forma como la fotógrafa se acercó a los seris y cómo enfocó su atención en los cuerpos y sus gestos, donde cada fotografía consiguió revelar los territorios híbridos de una identidad cultural en transformación.

Además, en su práctica fotográfica asumió su propia subjetividad, pues no describe las costumbres de los seris sino que asume su propia subjetividad y despoja el lenguaje fotográfico de su posible verdad totalizadora.

Otra serie es la dedicada al tema de la muerte, fruto de sus encuentros casuales con la ciudad de México o en sus viajes por distintas poblaciones rituales. También dedica material al tema de la frontera, donde explora el descubrimiento rural de la identidad.

También está la serie En el nombre del padre, donde dirige su mirada a los jornaleros mixtecos, aunque lo más destacable de esta serie es que marca un rompimiento con su discurso y abandona la figura humana para dedicarse a objetos y paisajes.

En 1998 dedicó su ingenio a captar el jardín botánico de Oaxaca, mientras  aún estaba en construcción, y cierra con sus imágenes dedicadas a paisajes y objetos, donde ha reunido sus nuevos intereses a partir de los años 90, donde predominan objetos y pájaros.

Y no se puede dejar de mencionar la serie El baño de Frida, proyecto que Graciela Iturbide realizó en 2006, luego de que fuera abierto uno de los baños de la Casa Museo Frida Kahlo, donde la artista reinterpretó los objetos que encontró a partir de un espacio poético.

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