Adelanto editorial: ‘Yo soy Reality Boy’

Con autorización de Editorial Planeta Mexicana reproducimos un fragmento de la novela más reciente de una de las autoras sensación de la nueva literatura juvenil

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22/06/2014 02:44 A. S. King

SOY EL NIÑO que viste en la
televisión.

¿Recuerdas al pequeño monstruo que se cagó sobre la mesa de roble en la cocina de sus padres cuando le confiscaron su Game Boy? ¿Recuerdas cómo la cámara escondió con astucia sus partes más privadas con el brillante centro de mesa de girasoles y margaritas?

Ese era yo. Gerald. El más joven de tres. El único chico. Fuera de control.

Una vez lo hice en el probador del centro comercial. Creo que en Sears. Mi mamá intentaba que me probara unos pantalones y se equivocó de talla.

—Quédate aquí —dijo—. Volveré con la talla correcta.

Y para protestar por tener que esperar, o por tener que probarme pantalones, o por tener una madre como ella, me hice justo ahí, entre la silla de mimbre y el banco donde estaba la bolsa de mamá.

Y no. No era justificable. Yo no era un bebé. Ni siquiera un pequeño de brazos. Tenía cinco años. Estaba enviando un mensaje.

Todos ustedes lo vieron y ahogaron un grito y pusieron sus manos sobre sus ojos cuando tres diferentes camarógrafos tomaron tres diferentes ángulos de mí soltando la nutria en la mesita de la sala junto al arreglo navideño de velas con olor a zarzamora. Dos chicos sostenían micrófonos boom. Intentaron poner caras serias, pero no pudieron. Uno de ellos dijo:

—¡Pújale, chico!

Simplemente no pudo contenerse. ¡Era tan divertido!

¿Verdad?

¿Lo era?

Gerald el pequeño malcriado. Gerald el niño que hizo violentos berrinches que dejaron agujeros en las paredes de yeso, y gritó tan fuerte que los vecinos llamaron a la policía. Gerald el pequeño y arruinado monstruo que necesitaba el dedo inquisidor de Nana Network y tres pasos para tener éxito.

Ahora estoy a un año de terminar la preparatoria. Y todo chico en mi clase ha visto cuarenta ángulos diferentes de mí cagando en distintos lugares cuando era pequeño. Me llaman el Cagón. Cuando me quejé con los adultos de mi vida en la secundaria, ellos dijeron: “La fama tiene su lado malo”.

¿Fama? Yo tenía cinco años.

¿A los cinco años tenía la capacidad de escribir a los productores una carta rogándole a Nana Network que viniera y me ayudara a dejar de golpear las paredes de la moderna McMansión de mis padres? No. No tenía esa capacidad. No escribí esa carta. No quería que ella viniera.

Pero de cualquier manera vino.

Así que me enojé aún más.

 

1

Es noche de WWE. Esto es World Wrestling Entertainment o ¡Smackdown en vivo! para cualquiera de ustedes que no sea un ranchero y nunca haya visto el espectáculo de luchas de peso pesado. Yo siempre lo he odiado, pero trae buen dinero al Centro PEC.

El Centro PEC es el Centro de Penn para Entretenimiento y Convenciones. Ahí es donde trabajo.

Yo soy ese chico apático con la camiseta grasosa en el puesto de comida que te pregunta si quieres salsa, queso o jalapeños con tus nachos. Soy el chico que reabastece el hielo porque ninguno de los otros cajeros holgazanes lo hará. Soy el chico que tiene que decir “Lo siento, se nos acabaron los pretzels”.

Escucho a los padres quejándose sobre lo mucho que cuesta todo. Los escucho diciendo “No deberías comer esas cosas engordadoras” justo antes de que le pidan a su hijo unos dedos de pollo y papas a la francesa. Los escucho encogerse de dolor cuando su hijo ordena una enorme y azucarada Pepsi en un vaso conmemorativo de la WWE para bajarse la comida. En la WWE son cosas fritas, vasos con luchadores o cerveza.

Técnicamente no tengo permitido trabajar en este puesto hasta que tenga dieciocho años y tome clases de cómo servir alcohol responsablemente. Hay un examen y todo, y un pequeño certificado para ponerlo en tu cartera. Ya casi tengo diecisiete, y Beth, mi gerente, me deja trabajar aquí porque le caigo bien e hicimos un trato. Yo le pido su identificación a la gente. Busco signos de intoxicación: voz más alta, menos inhibiciones, ojos vidriosos, discurso torpe; luego, si todo está bien, le llamo a Beth para que pueda servirles las cervezas. A menos que esté superocupada. Entonces me dice que se las sirva yo.

—¡Hey, Cagón! —me grita alguien desde el final de la fila—. ¡Te doy veinte dólares por echarte un pastel para el público!

Es Nichols. Sólo viene a este puesto porque sabe que le puedo conseguir cerveza. Viene con Todd Kemp, quien no dice mucho y parece avergonzado de estar cerca de Nichols la mayor parte del tiempo, porque Nichols es un gran imbécil.

Yo atiendo a las tres familias frente a Nichols y Todd, y, cuando ellos llegan hasta aquí, apenas susurran lo que quieren y Todd me da diez dólares. Dos cervezas Molson. Mientras estoy sirviendo discretamente las cervezas, Nichols está diciendo toda clase de incoherencias nerviosas, y yo hago lo que mi coach de manejo de la ira me enseñó a hacer. No escucho nada. Respiro y cuento hasta diez. Me concentro en el sonido del público de la WWE animando al enorme impostor que está en el cuadrilátero. Me concentro en la espuma sobre el vaso. Me concentro en cómo se supone que ahora debo quererme a mí mismo. “Sólo tú puedes permitirte estar enojado”.

Pero no importa qué tanto entrenamiento de manejo de la ira haya tenido; sé que, si tuviera una pistola, le dispararía a Nichols por la espalda mientras se aleja caminando con su cerveza. Sé que eso es asesinato y sé lo que significa. Significa que quizá yo debería estar en la cárcel. Hay muchos tipos furiosos como yo en la cárcel. Es como la central de la furia. Si juntamos todas las cárceles de este país y hacemos un estado con ellas, podríamos llamar a ese estado Furioso.

Podríamos darle una abreviación como tienen otros estados. FS. Creo que el código postal sería 00000.

Limpio el mostrador mientras hay un pequeño descanso del hambriento y sediento público de la WWE. Reabastezco las tapas de los vasos. Cuento cuántos hot-dogs calientes quedan en mi cajón. Le reporto a Beth que ya me quedé por completo sin pretzels.

Cuando me levanto tras contar los hot-dogs del siguiente cajón, la veo caminando entre la multitud. Tasha. Mi hermana mayor. Viene con su novio, Danny, quien está más como dos escaleras que un escalón debajo de nosotros. Nosotros vivimos en un fraccionamiento privado con minimansiones. Danny vive en un terreno con pequeñas casas móviles de 1970. Ni siquiera tienen calles pavimentadas. No exagero. El lugar es como el gueto de los pobres.

No es que me importe. Tasha es una imbécil, y la odio. Espero que él la preñe y ella se case con él y tengan cien rednecks1 pálidos que amen la WWE. Yo disfruto mucho viéndola fracasar. Ver a mamá tragarse cada día su sopa de Tasha-dejó-la-universidad-y-sale-con-un-neandertal es probablemente lo mejor que tengo.

Es probablemente lo único que me mantiene fuera de la cárcel.

 

2

VIVO COMO A dieciséis kilómetros del Centro PEC, en una ciudad llamada Blue Marsh 2, que no es azul, no es un pantano y no es realmente una ciudad. Es sólo un montón de fraccionamientos unidos con centros comerciales.

Llego a casa a las diez y todo está oscuro. Mi mamá ya está dormida porque se levanta muy temprano para caminar e inventar nuevos y emocionantes smoothies para el desayuno. Papá probablemente aún está fuera con sus amigos de las inmobiliarias fumando puros y tomando lo que sea que tomen los idiotas y ricos en teoría, hablando sobre esta economía y cuándo apesta ser ellos.

Conforme me acerco al pasillo de la cocina, escucho el sonido familiar de Tasha siendo cogida por Danny el hillbilly 3.

Si yo trajera una chica a casa y le hiciera eso tan ruidosamente, mis papás me correrían. Pero ¿si Tasha lo hace? Todos tenemos que fingir que no está pasando. Una vez ella estaba gimiendo en el sótano con Danny mientras mamá, Lisi y yo cenábamos. Esto fue el año pasado, cuando Lisi aún vivía en casa. Mamá hablaba sin parar para bloquearlo, como si nosotros mágicamente pudiéramos dejar de escuchar lo que estaba pasando. “Y ¿vieron que Boscov tendrá una barata de blancos este fin de semana? Nos caerían bien nuevas sábanas y toallas y creo que iré el domingo en la mañana porque la selección siempre es mejor más temprano y realmente me encantarían unas que sean azules para que combinen con el baño de arriba y la última vez terminé con esas sábanas rojas y por más que me gustan se ven demasiado tiesas y por lo general ellos tienen buenas franelas en esta época del año y creo que es importante tener sábanas de franela en invierno, ¿saben? Blah blah blah blah blah”.

Logré comerme como siete bocados de un buen plato de rosbif y puré de papa, y finalmente no pude soportarlo más. Fui a la puerta del sótano, la abrí y grité:

—Si no dejas de cogerte a mi hermana mientras ceno, voy a tener que bajar y molerte a golpes. ¡Ten algo de jodido respeto! —y azoté la puerta.

Mi mamá dejó de hablar sobre toallas y sábanas y me echó esa mirada que les ha estado echando a todos desde que tengo memoria. Decía “Tasha no lo puede evitar”. Decía “Simplemente no podemos controlar lo que hace Tasha”.

O, en palabras de Lisi:

—Tasha está fuera de control y por alguna razón nuestra mamá está totalmente de acuerdo con eso. No sé por qué, y tampoco me importa. Me iré tan lejos como pueda en cuanto pueda.

Y lo hizo. Lisi se fue hasta Glasgow, Escocia, donde está estudiando literatura, sicología y ciencia ambiental, todo al mismo tiempo, mientras malabarea un trabajo de mesera y su hábito de años por la yerba. No ha llamado desde que se fue. Ni una vez. Le mandó un correo electrónico a mamá para hacernos saber que llegó bien, pero nunca llama. Han pasado tres meses.

Como sea, mi mamá debería haber llamado Detonante a Tasha. No sólo por los ruidos de caballo que hace cuando está siendo cogida por el ranchero.

Ella es mi detonante número uno.

Ese es el término que mi coach de manejo de la ira usa para describir por qué me enojo. Es la palabra aceptable y con autocontrol que usamos para “lo que me encabrona”. Eso se llama un detonante. He pasado los últimos cuatro años identificando el mío. Y es Tasha.

Al menos esa noche, la vez que cenamos rosbif y Lisi aún estaba en casa, Tasha y Danny se callaron. Lo cual fue bueno, porque yo hablaba totalmente en serio. Mientras comía, tenía la mirada puesta en las herramientas de la chimenea en la sala, y me preguntaba qué clase de daño podría hacerle el atizador a una cabeza humana. Imaginé una sandía explotando.

Mi coach de ira diría “Quédate en el presente, Gerald”. Pero es difícil cuando jamás cambia nada. Durante dieciséis años, once meses y dos semanas, me he estado ahogando.

 

IIIIII

 

Papá llega a casa. Él lo escucha también, en el momento en que se baja del carro.

Los sonidos del sótano, especialmente los chillidos de Tasha, llegan primero al garaje.

Arre.

Escucho sus zapatos de vestir haciendo tip tap sobre el piso de cemento, y la puerta se abre… y él me encuentra parado en la oscuridad como un monstruo. Ahoga un grito.

—¡Por Dios, Ger! —dice—. Vaya manera darle un infarto a tu viejo.

Camino hacia la puerta de la sala y prendo la luz del pasillo principal.

—Perdón. Yo también acabo de llegar. Me distraje por el, eh… ya sabes. Ruido.

Él suspira.

—Quisiera que se fuera de la casa otra vez —digo.

—No tiene dónde vivir.

—¿Y? Quizá, si la echan, aprenderá cómo conseguir un trabajo y no vivir a costa de ustedes. —No sé por qué estoy haciendo esto.

Sólo está elevando mi presión arterial—. Ya tiene veintiuno.

—Ya sabes cómo es tu madre —dice él. “Ya sabes cómo es tu madre”. Esta ha sido su frase favorita desde que Lisi se fue.

Nos vamos a la sala, donde está más silencioso. Él se prepara una bebida y me pregunta si quiero una. Usualmente digo que no. Pero esta noche dijo que sí.

—Me caería bien. Noche
pesada.

—¿Juego de hockey?

—Luchas. Esas personas nunca dejan de comer —digo.

—Je —dice él.

—¿Lisi va a venir en Navidad? —pregunto. Él niega con la cabeza, así que yo agrego—: No hay posibilidad de que vuelva con Tasha en la casa.

Me prepara un ruso blanco y se tira en el sofá. Aún trae el traje que se puso para el trabajo esta mañana. Es sábado, y él trabajó al menos doce horas antes de salir con su grupo de bienes raíces. Da un trago a su bebida.

—Esas dos nunca se llevaron bien —dice. Lo cual es una estupidez. Tasha nunca se llevó bien con nadie. Y es parcialmente culpa de él, así que tiene estas excusas. “Ya sabes cómo es tu madre”. “Esas dos nunca se llevaron bien”.

—¿Has pensado qué quieres para tu cumpleaños? —pregunta.

—En realidad no. —Esto no es mentira. No he pensado para nada en mi cumpleaños, aunque ya sólo faltan dos semanas.

—Supongo que tienes tiempo —dice.

—Ajá.

Nos miramos uno al otro por un momento, y él logra esbozar una pequeña sonrisa.

—Y, bueno, ¿cuáles son tus planes para después del próximo año? ¿Vas a dejarme aquí como lo hizo Lisi?

—Mis opciones son limitadas —le digo.

Él asiente.

—Siempre está la cárcel. —Dejo que pasen unos segundos antes de decir—: Pero creo que Roger me ha quitado todo eso razonando —Roger es mi coach de manejo de la ira.

Al principio papá parece sorprendido, y después se ríe.

—¡Fiuf! Por un segundo creí que hablabas en serio.

—¿Sobre eso? ¿Quién querría ir a la cárcel?

Justo en ese momento, Danny el pobre abre la puerta del sótano, entra de puntillas a la oscuridad de la cocina y toma una bolsa de frituras de la alacena. Va al refrigerador y toma todo el paquete de té helado. Mi papá y yo no notamos que está totalmente desnudo hasta que la luz del refrigerador resplandece sobre su pito.

—Quizá la próxima vez que me robes podrías ponerte algo de ropa, hijo —dice papá.

Danny se va corriendo por las escaleras como una rata.

Eso es lo que tenemos. Tenemos ratas en nuestro sótano. Ratas gorronas que se roban nuestra comida y no nos ofrecen nada a cambio.

Aún estoy pensando en mi última pregunta retórica a papá.

“¿Quién querría ir a la cárcel?”. Una vez pensé en enloquecer y terminar en un hospital siquiátrico. También tenemos uno de esos aquí, a tan sólo unos cuantos kilómetros por la carretera. Pero Roger dice que los hospitales siquiátricos realmente ya no son como solían ser. Ya no hay juegos de basquetbol con el Jefe como en Atrapados sin salida.

—Entonces, ¿adónde, Ger? —me pregunta papá, mezclando su bebida con el dedo índice.

No sé qué decir. No quiero hacer nada, en realidad. Sólo quiero una oportunidad para comenzar de nuevo y tener una vida de verdad.

Una que no haya estado jodida desde el principio y que no haya sido transmitida en televisión internacional como un espectáculo de fenómenos.

 

 

______

1 Redneck: literalmente «cuello rojo». Así se llama en Estados Unidos, de manera despectiva, a los campesinos blancos y pobres del sur (N. del Ed.).

2«Pantano Azul» (N. del Ed.).

3«Billy de las colinas», otro término peyorativo para blancos pobres y rurales, pero específiamente usado para los campesinos de la cordillera de los Apalaches (N. del Ed.).

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