Desde las entrañas de Rusia

Bajo el título de La fiebre blanca, que alude al delirium tremens producido por el vodka, llegan por primera vez a los lectores mexicanos los textos del periodista polaco Jacek Hugo-Bader

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22/06/2014 02:34 Fernando Islas
Jacek Hugo-Bader es un reportero que trabaja para el periódico Gazeta Wyborcza. Foto: Cortesía Editorial La Mirada Salvaje/Surplus
Jacek Hugo-Bader es un reportero que trabaja para el periódico Gazeta Wyborcza. Foto: Cortesía Editorial La Mirada Salvaje/Surplus

CIUDAD DE MÉXICO, 22 de junio.- Después de leer La fiebre blanca, uno advierte que el polaco Jacek Hugo-Bader (1957) tiene dos amores extrañamente complementarios: Rusia y el periodismo. Tras platicar con él se confirma esa idea. Hugo-Bader es un reportero del periódico Gazeta Wyborcza que ha pasado grandes temporadas en la Federación Rusa y los países que integraban la Unión Soviética. En el invierno de 2007 emprendió un viaje de Moscú a Vladivistok, es decir, de Europa al Extremo Oriente, más de nueve mil kilómetros, para escribir algunos reportajes que forman parte de La fiebre blanca, título de la editorial queretana La Mirada Salvaje.

Al menos para el lector mexicano este libro muestra “otras Rusias”, o la Rusia marginal, un país gigante y complejo del que sólo nos enteramos por lo que viene de su capital, situación decididamente distinta a la de los compatriotas del reportero.

Para el lector polaco desde luego que Rusia no es tan desconocida como para un lector americano o de cualquier otro continente, o incluso para otros países europeos”, señala Hugo-Bader. “Debido a extraordinarios lazos históricos, los polacos somos expertos en Rusia; sin embargo, por la complejidad y el dramatismo de estas relaciones, es un conocimiento repleto de estereotipos tremendos. Para decirlo sin pelos en la lengua, a los polacos les gusta fijarse en puras atrocidades, en un rostro negativo de los rusos. Entonces, si hablamos de una Rusia menos conocida para los polacos, hablamos justamente de ese descubrimiento a raíz de la lectura de que no sólo es un país de ladrones de relojes, bicicletas y coches, borrachos brutales y milicianos codiciosos.”

Según explica en las primeras páginas de La fiebre blanca, Hugo-Bader, después de rechazar algún patrocinio de una marca de automóviles de lujo, hizo su travesía en un lazik, un vehículo militar soviético todoterreno. Pronto, según describe, enfrentó peligros como verse solo en tierra de nadie a temperaturas bajísimas en donde el aceite de motor o el vodka adquieren una textura gelatinosa. Además de eso, necesitaba suerte para que no fuera a toparse con bandidos.

A botepronto, se diría que hizo algo así como “periodismo extremo”, se le plantea. “Nunca lo veo así. Ni siquiera pienso en esos extremos. Me concentro en el trabajo, en recoger el mejor material para el reportaje y, en la medida de mis posibilidades, evito el peligro. El vasto conocimiento de este país y de los lugares donde me toca trabajar, me ayuda muchísimo, pero también la constante preocupación por estar físicamente preparado para sobrellevar cualquier incomodidad. Simplemente, hay que cuidar la condición”, refiere.

Jecek Hugo-Bader, en este libro, da cuenta propiamente de aspectos impopulares. El supuesto tráfico de órganos, familias con VIH, comunidades que domestican terrenos en un bosque espeso (“Construyo un mundo mejor, porque el otro no sirve para nada”, dice un entrevistado), o la historia de la Universidad de la Cultura Jipi en la que se imparten clases de estética de la pobreza, teoría de la locura y taller de enloquecimiento. Dice un profesor: “Enseñaba cómo enloquecer por un tema en concreto, cómo enloquecer sin estar enfermo y sin sentirse mal”.

Repeler lo cotidiano

Nada que parezca cotidiano. Hugo-Bader remueve, metafórica y literalmente, basura. Se ensucia y arriesga. Se diría que retrata lo que allá nadie quiere ver, o lo que existe extraoficialmente. Ofrece, por aquí y por allá, algún dato duro. Por ejemplo, “en Moscú viven alrededor de 10 mil millonarios (en dólares). Lo extraño es que por cada millonario haya un niño sin techo y diez perros callejeros”. Hugo-Bader mira, investiga y aprende. “Rusia es un país roto, un país increíblemente rico, pero tremendamente deshonesto al manejar esa riqueza; un país de gigantescas desigualdades que no encontraremos ni en México ni en Polonia, ni en ningún país africano. Tenemos oligarcas a cuyo lado los millonarios estadunidenses son unos pobretones, pero, pues, es un país que ha puesto en órbita estaciones espaciales”.

La obsesión por el futuro también sedujo a los rusos. En 1957, relata, dos reporteros de la sección científica del diario Komsomólskaya Pravda fueron comisionados para que investigaran cómo viviría la Unión Soviética dentro de 50 años. Esa investigación concluyó en el libro Reportajes desde el siglo XXI, cuya versión en inglés se puede conseguir en Amazon. Se describe ahí que utilizaríamos cerebros electrónicos (computadoras), centrales radiotelegráficas (celulares), bibliotransmisión (internet), etcétera. Cuando se escribió este libro, “en la casa donde nací ni siquiera había tele en blanco y negro, ni baño, ni teléfono para llamar al doctor”, apunta. “Pero este libro me inspiró a escribir el mío, de modo que lo nombro en algunos capítulos, aunque de una manera algo burlona, pues cada cita toca el tema que fue descrito en el capítulo, pero demuestra también cómo estos viejos sueños comunistas de los autores de Reportajes desde el siglo XXI no tienen nada que ver con la realidad postsoviética, con el día a día de la Rusia de Putin”.

Llegado a este punto, resulta irresistible preguntarle a Hugo-Bader por el reciente conflicto de Ucrania que, sugiere, acaso se ha puesto de rodillas ante Rusia. “Pero no quiero aceptar la idea de que sea su destino. Yo echo muchas porras a ese país para que le vaya bien, pero me asusta el hecho de que dejaron ir la oportunidad de modernizarse. ¿Cómo pudieron perder 23 años, un entusiasmo enorme de la Revolución Naranja, y no avanzar ni un paso, no llevar a cabo ningunas reformas, no modernizar nada, seguir metido en el caos postsoviético, la corrupción y el robo?”, se pregunta. “Asusta también el nivel de las élites ucranianas que no pudieron conducir a su país por el camino que recorrieron Polonia, República Checa, Hungría, los países bálticos… Ucrania, que está desmoronándose, es tan débil que se convierte un fácil botín de guerra”, reflexiona.

Para Hugo-Bader, las estrategias globales han cambiado. Ya no hay Guerra Fría, pero puede ser peor. “Hay una amenaza así. Sólo que ya es otro el mundo. Al ring se suben otros grandes jugadores: China, los fundamentalistas islámicos; cada vez más países tienen armas nucleares. El mundo nunca volverá a ser bipolar”, concluye.

—Traducción del polaco:
Anna Styczynska

 

La desgracia sabe a vodka

En el reportaje que da título al volumen, doloroso retrato de los evencos, etnia de Siberia, Jacek Hugo-Bader advierte: “En este texto las palabras morir, matar y muerte se usan 45 veces; 12 veces la palabra fusil, 15 veces la palabra vodka y, para acabar de sumarse a toda esta desgracia, sólo una vez la palabra amor”. Todo ello derivado de la fiebre blanca, que técnicamente se llama delirium tremens. “Obviamente los rusos beben mucho, pero los nativos... es aterrador. Es un holocausto”, le dice Lubov Passar, una siquiatra de Siberia oriental, a Bader. Los evencos beben y se matan cuando no matan a alguien. O, sin más, beben hasta morir. La muerte en ellos siempre está relacionada con el vodka. Y más adelante, en otra pieza, se ofrece otro dato: “Una de cada tres botellas que se toma en Rusia es adulterada”.

Historias como éstas son la apuesta de La Mirada Salvaje, editorial fundada en La Paz, Bolivia, hacia finales de 2010, ahora con sede en Querétaro. La editora Anna Styczynska, que tradujo La fiebre blanca del polaco al español, cuenta que “ahorita estamos trabajando en una colección de ensayos de mujeres. El primero es de Silvia Rivera Cusicanqui. Habrá más periodismo polaco y también saldrá nuestra primera novela sobre la Revolución etíope de 1974, de Maaza Mengiste.

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