'Domingo'

Con autorización de Cal y Arena reproducimos uno de los cuentos incluidos en Hoteles de paso. Secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos

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21/06/2014 02:50 Juan José Rodríguez

Los domingos eran de carne asada. Por varios años la compramos en el mismo sitio, con el mismo señor sonriente de charla campirana, rojo paliacate y sombrero de palma gracioso, presumiendo que su producto estaba en el punto máximo, chillante, arrojando efluvios de sabrosa grasita contra los carbones ardientes. Prepáreme dos órdenes para llevar y ponga mucho guacamole. No se olvide de las tortillas. Ah, y esa salsa mexicana es la que le gusta a mi dama.

—Un favor, jefecito: cierre bien el envase porque la otra vez se abrió y dejó la alfombra hecha un asco.

(Ninguno de nosotros tenía alfombra en casa: la mancha había sido en tierra de nadie.)

Yo me regodeaba, sacando una cerveza bien fría de mi hielera al fondo de mi viejo Jeep (luego tuve una Wagoneer en la que fuimos a explorar otros muchos hoteles, pero el amor se acabó poco antes de que yo evolucionara a una Grand Cherokee Limited), y dejaba caer un chorro sobre nuestra porción ya seleccionada “para que supiera mejor”.

Los niños ayudantes del vendedor por años me recordaron como el cliente que siempre le echaba cerveza a la carne, algo que no entendían y más bien les parecía un desperdicio. Y siempre que volví, ya solo, preguntaban por la muchacha, aunque yo estoy seguro que en realidad preguntaban por sus grandes senos y generosos muslos morenos.

—¿Qué tipo de habitación desea, señor? Tenemos Junior Suite y Jacuzzis Suite. Hoy está en promoción una habitación especial con barra libre permanente.

Así decía la voz del megáfono y tú te ocultabas en el fondo del asiento, a pesar de que el sitio era solitario, en las afueras de la ciudad, y la entrada en sí un laberinto y mi camioneta de vidrios ahumados para aplacar el calor de la costa de Sinaloa era un doble blindaje a las habladurías. Me regañabas del tono de excesiva familiaridad con que le contestaba a la invisible empleada, mientras temblabas llena de miedo, miedo que no se te quitaba ni siquiera al entrar al cuarto. Te retorcías de susto y tus hermosas piernas se agitaban al otro lado del asiento. (Casi siempre íbamos en short porque ante tus padres, íbamos a pasar un domingo en la playa, y así fue por largos años y nunca regresamos bronceados, luego de habernos perdido todo el día y parte de la noche).

—Tengo miedo. Mucho frío —decías siempre al momento de que entrábamos en la habitación, limpia y olorosa a fresco desinfectante, con el aire acondicionado a todo volumen y de inmediato te refugiabas en las sábanas. Yo te dejaba un rato y tenía que besarte el cuello y la oreja para que poco a poco me dejaras ver tus rotundas piernas, la ropa interior que estrenabas cada domingo. (No era raro que el sábado siguiente yo te llevara en mi camioneta a alguna colonia en particular a pagarle los abonos a la amiga que te la había vendido en promociones de catálogo.)

Era la época dorada de los moteles de paso. Se volvieron menos sórdidos; no necesitabas caminar por un pasillo o un largo balcón donde te topabas con personajes de la más diversa ralea o, peor aún, algún conocido tuyo o de ambos. Uno llegaba en su vehículo y pasaba una cortina metálica; luego la habitación estaba limpia, con sábanas no muy viejas, y hasta gorra de baño para amores clandestinos. Se pagaba el importe en un “carrusel” que giraba en el muro y nadie te veía.

Nunca fuiste una mujer bella. Tu rostro era tosco, pero siempre sonreías y, cuando llegaba el orgasmo, lucías como un unicornio relinchando ante un acantilado marino. Entonces dormíamos una siesta hasta que yo encendía el televisor, alta pantalla enjaulada en un soporte metálico, donde gozábamos de señal de cable.

Comenzamos a ir los domingos porque ese día daban una película de pago por evento que repetían varias veces en un solo canal. Ahí vimos Gladiador y te expliqué la historia de los últimos días de la Antigua Roma, acurrucada en mí con tu ropa interior luminosa. Luego de un rato de ver la película podíamos hacer otra vez el amor, comer la carne asada que aún conservaba el calor en su bolsa de plástico, destapar las seis cervezas de mi hielera y tu botella de Fanta de fresa no-retornable, así como tu lata de leche azucarada “La Lecherita”.

—¿Por qué no me llamaste ayer en todo el día?

—Tuve mucho trabajo.

Era normal que, aunque la película ocurriera en la Toscana del Alto Imperio Romano o los maizales interminables de Nebraska, encontraras en la trama y en alguno de los protagonistas terribles semejanzas entre mi situación o la tuya.

—Ese hombre no es feliz porque le tiene miedo al matrimonio.

—A lo mejor es sabio y prefiere vivir la vida sin conflicto con su pareja.

Si había drama, se resolvía con el tercer encuentro sexual, ya casi de noche y con los restos de la comida en un buró y tres o cuatro botellas de cerveza en el suelo. Generalmente, yo me iba de parranda con mis amigos la noche anterior y tú nunca te quejabas, ya que era parte de mi trabajo beber con los amigos periodistas y tú tenías planeado ser la esposa perfecta, así que esos detalles no me los reclamabas. Tampoco me negaste nunca el sexo, hasta que apareció esa amiga que te convenció de que yo sólo te utilizaba y te fuiste con ella a vivir a esa gran ciudad donde el turismo gastaba más que en Mazatlán y donde todas tus otras amigas emigrantes ganaban bien y eran felices viviendo sin gobierno ni freno.

—Me volvió a llamar doña Cristina. Dice que su nuera va a abrir un negocio de venta de joyas y que, nomás tenga mi título, me va a dar trabajo allá de auxiliar contable.

—Pásame otra cerveza, ¿no? Creo que para ese trabajo no es necesario título. Y más si la dueña de la empresa es tu madrina...

—Para ti lo ideal es que yo siga de niñera, cuidando a su nieta y oyendo puras canciones de Barney, sin oportunidad de superarme.

—¿Ya te diste cuenta que estás mejor ahí? Todas las reporteras y auxiliares contables ganan el salario mínimo y pasan todo el día en una oficina. Tú estás en una casa con todas las comodidades y te dejan usar el teléfono cuando quieres.

Llorabas a escondidas si respondía con evasivas tus indirectas, cada vez más directas y a veces, soltabas el llanto delante de mí.

—Es que lo escritores no se casan, ¿para qué nos atrapamos en la rutina? ¿Cuál de tus amigas que tanto te aconsejan ha sabido conservar un novio por más de tres meses? Dos de ellas andan con casados y la otra, pues ya ves, cambia de pareja más rápido que de calzones.

—Son mis amigas y las quiero.

—Yo a tu edad ya había perdido de vista a todas mis amistades de esa prepa. Recuerda que estuve en tu misma escuela combativa porque no soportaba el bachillerato técnico a donde se inscribió toda mi generación de la secundaria. Bien que daban lata los maestros con que lo mejor para nosotros y el país eran las carreras técnicas. El gobierno no quiere que la gente piense y quiere que todas las mujeres sean secretarias o auxiliares contables. Conmigo estás aprendiendo a volar. Esto es el mundo real.

Al final, dormías largo rato y no querías irte, llena de mis lecciones de vida. Yo veía los programa deportivos y me sentía harto de estar todo el día encerrado, pero tú querías quedarte más tiempo ahí conmigo, dormida, adormilada, fingiendo dormir, abrazada a mí con la cabeza llorosa bajo las sábanas. Alguna vez se me ocurrió que ese momento era para ti el más parecido a estar en un hogar. El cuarto era muy sofisticado y no querías volver a tu casa de Infonavit, a tu papá borracho frente al televisor de tele abierta, al cuarto donde apenas cabían juntas tus tres hermanas. Aprendí que en esos momentos no debía hacerte enojar o ubicarte en la realidad con mis sarcasmos.

—¿Ya nos vamos?

Después de estar todo el día en el hielo, las últimas dos cervezas sabían a gloria. Era la hora de volver a la realidad siete días más, hasta repetir la misma rutina el próximo domingo, a las once de la mañana.

Otro domingo, cuando enfilaba directamente el vehículo al hotel, me dijiste medio en broma y medio en serio:

—Oye, de perdida un día llévame un rato al malecón para que me pegue el aire del mar, ¿no? O invítame un plato de mariscos en un puesto de los más baratos.

—Bueno... si hoy no tienes tantas ganas, vamos a perder el tiempo un rato allá.

—No, vamos de una vez. Ya tengo ganas. No se puede tener un poco de misterio de mujer contigo.

Pero capté el mensaje y la siguiente sesión dominical te llevé por sorpresa a un lugar donde vendían sushi, té helado, un sitio medio nice de los que tanto te incomodaban y, en el fondo, sentías que te legitimaban al llegar a ellos conmigo. Por eso perdimos dos horas y media y llegamos a nuestro santuario después de mediodía, ahora sí bien comidos, y nos tocó ver algo diferente a las fachadas silenciosas con su blanca cortina metálica hacia abajo. Siempre llegábamos a las once de la mañana, cuando estaban aseando la mayoría de los cuartos. Esta vez, hasta nos tocó hacer una leve fila.

—¿Por qué habrá tanta cola? —dije, sin reparar en el retraso.

—Mañana es Día del Amor y la Amistad, por eso hoy va a estar lleno; tú nunca te acuerdas de esos detalles. Yo hasta me compré ropa interior de corazoncitos y bastones de dulce para lucírtela. A ver si me compras una rosa de perdida en un oxxo al rato, ¿no?

Pasamos y un auto delante de nosotros se detuvo ante la puerta metálica abierta de una habitación. Era una pareja que dudaba, quizá ella se arrepentía de último momento y él defendía las ventajas del paraíso clandestino.

—Ah qué tipo tan bueno para nada. No sabe convencer bien.

—No todos son iguales de colmilludos que tú. Cuando empezábamos a andar, a cada rato me convencías, aunque yo no quisiera venir. A ver si algún día encuentras una mujer tan dócil como yo. No me cuidas. No tienes detalles para mí. Puro sexo los domingos y a veces los jueves.

La espera me hizo notar que una gran camioneta pudo rebasarnos, subiéndose en la acera del otro bloque de habitaciones y entrar a su cuarto correspondiente. El nuestro era el 242, al otro lado del bloque en donde estábamos atrapados, mientras que la pareja de la camioneta gris, con placas de Baja California, entró sin lío al cuarto 141, a la acera izquierda de nosotros.

—Qué a gusto ellos. Yo quiero darme un baño, ya vengo bien acalorada.

En eso, otra camioneta nos rebasó. Sí, una camioneta compacta de donde bajó un tipo bien vestido. Sus ropas no coincidían con el modelo de camioneta, que se notaba a leguas que había pedido prestado
el vehículo para perseguir a la pareja de la habitación 141.

—¡Adriana! —gritó el hombre a la cortina metálica cerrada—. ¡Vámonos ya!

Pasaron casi dos minutos. Una mujer alta y con un cuerpazo mejor que el tuyo salió, enfundada en un pantalón de mezclilla, altas zapatillas azules y una blusa roja intensa. Agachada, su cabellera le cubría medio rostro y revelaba unos labios pulposos de un rojo exagerado. El tipo seguía con las manos en la cintura, como un sultán que hubiera gritado: “¡Ábrete, Sésamo!”.

Ambos se fueron. El tipo dentro de la habitación al parecer se quedó ahí solo, rumiando su desventura. Entramos a la nuestra sin entender la razón. Fue la primera vez que no hicimos el amor de inmediato ni te tapaste con las sábanas el frío, el miedo, las dudas.

—No entiendo nada.

—Qué raro tipo. Seguir a la mujer que le es infiel y luego sacarla del cuarto. Pobre diablo. Si se le fue, se le fue... Debería dejarla volar.

—A lo mejor era su hermano o un primo —aventuraste tú, solidaria— y quizá sabe que ese hombre no le conviene. Vino a seguirla y llevársela.

—Puede ser una expareja posesiva. O un exmarido loco. Quizás el guardaespaldas de algún narcotraficante que cuida a la esposa del jefe y no quiere meterse en líos.

—¿Tú crees?

—A veces esos individuos se obsesionan con la gente que protegen. La esposa del patrón, y más si es un cuero, es una tentación permanente para esa bola de malandrines. Esa tarde hubo demasiado silencio en el motel. Casi no escuchamos, a cierta hora, el esperado subir y bajar de cortinas metálicas y sonidos de motores encendiéndose. O todo mundo se fue temprano o las parejas esta vez se quedaron más tiempo en los cuartos por ser vísperas del 14 de febrero, aunque en ese motel llamaban por teléfono al cumplirse las primeras cinco horas para preguntar si deseábamos renovar el tiempo. Salimos temprano, pero como era invierno ya estaba a oscuras y vimos de lejos las torretas azules y rojas, cerca del hotel. ¿Un atropellado? ¿Algún operativo?

Tú no quisiste mirar. Nunca lo hacías cuando nos tocaba un accidente. A veces me decías, “fíjate si no hay una bicicleta como la de mi papá: me da mucho miedo cuando sale de trabajar en la noche o viene tomado cuando cobra”. Pero esta vez no me hiciste esa pregunta. Estabas segura de que lo que pasaba afuera del motel no tenía nada que ver con tu papá.

La verdad, yo tampoco quise saber qué había sucedido. En ese tramo, a las afueras de la ciudad, la carretera era recta y casi no había accidentes. Tampoco vi la luz amarilla de alguna grúa. O era un atropellado o un ajusticiamiento. Era mejor no mirar. Capaz que si pasaba observando con curiosidad la policía me detenía para interrogarme. Mi camioneta Wagoneer había pertenecido antes a un delincuente, según me insinuó una vez un policía que la reconoció al verme estacionar afuera de una cantina, y preguntarme con gran familiaridad por “Ramoncito”, el anterior propietario de mi vehículo.

—Ya no me traigas a este hotel. Es muy limpio, pero hoy el baño olía un poco a cucaracha. Vámonos al Éxtasis, uno que acaban de abrir más adelante.

—¿Y tú, cómo sabes?

—Una amiga acaba de ir con su novio y me platicó que está todo nuevo.

—Bueno, ¿hay algo que ustedes dos no se cuenten?

—Salió el tema porque ella nos canceló la ida al cine.

—¿Hablas de Perla? ¿Ya se está acostando con ese muchacho?

¿Que no se acaban de conocer apenas?

—Oh, tú déjala... Mira al frente, no vayas a chocar como los que dejamos atrás.

—No te preocupes. Tú y yo no vamos a chocar.

—Acuérdate de cuando te hacía sexo oral mientras manejabas rumbo a mi casa porque no tenías para el hotel... A ver si ya consigues un departamento,
¿no? O de perdida, prométeme matrimonio para el año que viene para sentirme un poco tranquila y menos culpable. Ya no quiero decir tantas mentiras en mi casa.

—Veremos. Primero vamos a conocer ese dichoso Éxtasis.

—Esta vez llévame el sábado. El domingo que viene se acaba una telenovela que estoy viendo y van a dar un especial toda la tarde.

—Bueno, lo que tú digas.

—Y ahora cómprame una pizza hawaiana. Y una latita de té verde. También quiero que ese día me dejes salir con mis amigas en la noche. Las tengo muy desatendidas por tu culpa.

—¿Ya empezó la hora de los reclamos? Bueno, será lo que tú digas.

—Más te vale, más te vale... Está el semáforo en amarillo, por favor frena.

—Como usted diga, señorita. ¿Te parece bien que pase por ti a las doce?

—No, vente desde la nueve y me recoges en la esquina de mi casa, voy a decir que tengo un desayuno con una compañera de la escuela. También voy a comprar un regalo que en realidad va a ser para mí y tú vas a pagármelo luego.

—Bueno... Ya veremos, ya veremos entonces.

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