Adelanto editorial: 'Prohibido entrar sin pantalones'

Con autorización de editorial Planeta, reproducimos un fragmento de la obra ganadora del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa 2014, que pronto estará en librerías

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15/06/2014 02:49 Juan Bonilla

50 KOPEKS AL DÍA

 

Maiakovski tenía dieciocho años, dieciséis dientes podridos, dos hermanas y un solo lector. Escribía poesía lírica pero roncaba como un poeta épico. Imágenes fuertes, nuevas: le pegaré fuego al cuartel y me lo pondré en la cabeza para tener una melena pelirroja. Tenía un abrigo negro con agujeros en los codos, un sombrero que fue de su padre, un montón de ganas de hacer cosas, miedo a la oscuridad, más de cincuenta poemas y un solo lector. Tenía todos los libros de Gorki, algunas novelas de Dostoievski, un libro de cuentos de Gógol y un solo lector. Tenía miedo a morirse, mucho miedo a morirse, un asiento en un aula de la Escuela de Artes donde se había matriculado para que no le pesara la ignorancia y para alejarse de la política, cuadernos llenos de viñetas, una madre que no salía nunca a la calle y un solo lector.

El lector de Maiakovski era gordo, tuerto, tenía diez años más que él, conocía a todo el mundo, sabía que no sabía escribir los poemas que creía necesario que se escribieran, sabía que no sabía pintar los cuadros que creía necesario que se pintaran, bufaba en las clases de la Escuela de Artes ante las lecciones que recibía, sabía encontrar a los poetas que escribieran los poemas que creía necesario que se escribieran y a los pintores que pintaran los cuadros que creía necesario que se pintaran. Amaba la luz eléctrica, los coches, los aviones, los montacargas, los trenes y las muchachas líricas que roncaban como si fueran poetas épicas. Si le preguntaban cuál es el mejor poeta de nuestra época decía Einstein o Edison. Había publicado un librito de poemas, Vivero de jueces, impreso en papel de pared y en el que compartía las páginas con sus hermanos Nikolái y Vladímir, con el ornitólogo Jliébnikov, con la escritora Yelena Guro —que puede que no fuera la mejor poeta de Rusia, pero nadie podía comparársele roncando— y con el aviador/editor Kamenski, a quien trataba de convencer de que escribiera sobre el cielo de Moscú alguno de sus poemas: creía que el chorro de humo de los aviones a escape libre era la tinta del futuro.

El primer lector de
Maiakovski se llamaba David Burliuk, tenía dos dientes cariados, dos hermanos artistas, mucho dinero, un apartamento en la plaza de Correos, un apartamento en el que no había nada, dos colchones apoyados en la pared, dos caballetes sosteniendo un lienzo vacío, ni sillas ni mesas. Siempre iba con levita. Si trataba de gustar a alguien se colocaba un parche de pirata en el ojo averiado.

Una noche en la que paseaban por el bulevar del río como solían hacer después de salir de clase, Burliuk soltó una estrofa que se le vino a la mente al ver a un perro aullándole a una de las farolas que acababan de instalar en aquel sector. Era de Whitman o de Laforgue, no se acordaba bien, se inventaba algunos versos, se le daba bien eso, intercalar versos suyos en composiciones de otros. Maiakovski le respondió con unos versos a las estrellas.

Si enciende las estrellas

será porque alguien las necesita, ¿no?

Alguien desea que estén ahí,

alguien llama perlas a esos escupitajos.

De quién es eso, le preguntó Burliuk. Maiakovski le dijo: de un amigo mío que es poeta. Burliuk cabalgó con su mirada de un solo ojo el lomo del perro nervioso y repentinamente se detuvo agarrando del brazo a Maiakovski: mientes, le dijo, primero en un susurro, luego más alto, hasta gritarlo a la tercera. Eso es tuyo, es tuyo y es buenísimo, eres poeta, ya lo sabía yo, eres poeta, ¿es tuyo? Maiakovski insistió, versos de un amigo, y los repitió, “si las estrellas están encendidas / ¿es que alguien las necesita?”. Mañana vas a mi apartamento y me traes todo lo que tengas escrito, le ordenó Burliuk a Maiakovski, prométemelo. Te llevaré los versos de mi amigo, le dijo Maiakovski, lo conocí en la cárcel, en la celda 103, todavía estará allí, lo acusaron de trabajar en una imprenta clandestina que imprimía octavillas del Partido Comunista. El camarada Konstantin. El camarada Konstantin era el apodo del propio Maiakovski en la cárcel, la primera temporada que pasó allí, en 1908. Se había puesto ese nombre en homenaje a su hermano muerto a los tres años. Después de salir se afilió al Partido Comunista, y lo detuvieron por asistir a las reuniones clandestinas y volvió a pasar unos meses en chirona. Salió y volvió al trullo enseguida: once meses de cárcel por ayudar a escapar, desde fuera, a un montón de presas políticas. En la cárcel había leído a Tolstói y había destrozado un ejemplar de Oblómov porque le parecía que aquel señorito con criado personificaba todos los vicios y el enervamiento de la sociedad rusa. Estarse quieto como Oblómov era la expresión más exacta del infierno. Nunca se estaría quieto. Mientras él no se estuviese quieto su hermano Konstantin seguiría vivo.

En el apartamento de Burliuk, Maiakovski contemplaba el lienzo vacío tendido entre los dos caballetes mientras su amigo se convertía en su primer lector. Gruñía ante algunos versos, soltaba un gritito de entusiasmo al pasar de una página a otra, intercalaba algún No después de que su único ojo terminara un poema que le debía demasiado a los simbolistas, aprobaba con un Sí los poemas que no debían nada a los simbolistas. Iba tirando al suelo los poemas que no. Le gustaban los poemas en los que la ciudad era una zahúrda, los habitantes, puercos, y entre los puercos, de repente, una niña frágil que sonríe. Le gustaban los poemas que te taladraban la sien con una imagen. La ciudad en aquellos poemas era un campo de batalla, pero era también el paraíso perdido; era un burdel pestífero, sí, pero era también una guardería donde todos estamos enamorados de la maestra. Mientras Burliuk leía sus poemas Maiakovski se asustó: de repente, observándolo, se dio cuenta de que se transfiguraba. Dejaba de ser de carne y hueso y se convertía en un ser etéreo, transparente, del que sólo podía apreciar los bordes, era como un dibujo que está esperando que lo llenen de color. En su interior sólo era visible, en el lugar del corazón, un lienzo en blanco. La visión duró unos segundos, y Maiakovski no supo si pensar que sus poemas habían tenido el efecto de transparentar a su lector, o más bien la emoción de tener un lector le había viciado la mirada a él, haciéndole crear aquella fantasía.

Ya no vas a ir más a la Escuela de Arte, aquello es una pérdida de tiempo, no necesitas escuchar lecciones muertas de gente muerta, tienes que dedicarte a escribir poemas como éstos, le dijo Burliuk señalando el manojo de poemas aprobados mientras les daba una patada a los poemas caídos. Te daré cincuenta kopeks al día siempre y cuando no aparezcas por la Escuela de Arte. Te presentaré a Kamenski, y a Meyerhold, y a
Jliébnikov cuando venga, está viniendo de San Petersburgo, a pie, como siempre. Toma, le dijo guardándose en el bolsillo de su levita los poemas aprobados. Le estaba tendiendo los primeros cincuenta kopeks de su carrera.

 

 

EL AUTOR, NACIDO EN JEREZ, ESPAÑA, 1966

Ha vivido en Barcelona, Madrid, Roma, Londres y Sevilla. Aunque en su bibliografía “se hacinan los títulos”, él dice que en realidad sólo ha escrito un libro de poemas —repartido en tres volúmenes hasta hoy—, uno de ensayos —repartido en cuatro volúmenes— y uno de relatos— en cinco volúmenes, entre los que está El Estadio de Mármol (Seix Barral, 1995). Además, es autor de las novelas Yo soy, yo eres, yo es (1995), Nadie conoce a nadie (1996), que fue llevada a la pantalla cinematográfica por el director Mateo Gil, y Los príncipes nubios (2003), con la que ganó el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Es coordinador de la revista Zut.

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