Adelanto editorial: 'Kianda entró en la lluvia'

Con autorización de la editorial Almadía, publicamos un fragmento de la nueva novela del escritor angoleño José Eduardo Agualusa (1960), Barroco tropical

COMPARTIR 
08/06/2014 02:17 José Eduardo Agualusa

1

UNA MUJER CAYENDO DEL CIELO

 

Conté los segundos entre el instante del relámpago y el del trueno: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Después multipliqué por trescientos cuarenta la velocidad del sonido en metros por segundo, para calcular la distancia a la que había caído el primer rayo: dos kilómetros y trescientos ochenta metros. Calculé el segundo, el tercero, el cuarto. La tempestad avanzaba rápidamente hacia nosotros. Sabía dónde iba a caer el quinto rayo un instante antes de que el cielo se abriera.

Kianda estaba a unos cien metros delante de mí y avanzaba, avanzaba sin parar, como en un escenario, empujada por la luz. Sus zapatos se hundían en la tierra, rojo-laca sobre rojo-viejo. A lo lejos bailaban las palmeras. Aún más lejos se levantaba la sólida silueta de un baobab. Kianda caminaba muy derecha, con el rostro hacia arriba y con las bellas manos, de dedos larguísimos y finos, cruzadas sobre el pecho. La luz era una sustancia dorada y densa, casi líquida, a la cual se pegaban las hojas secas, los papeles viejos y el fino polvo resplandeciente, una materia que el viento levantaba en sus brazos torcidos.

Mi amor continuaba avanzando hacia la masa negra de las nubes. Recordé las palabras de un famoso crítico de música, un viejo inglés algo excéntrico, cuando intentaba explicar el éxito de Kianda: “Lo que primero nos cautiva es el contraste entre la fragilidad de su silueta, extrañamente angulosa, extrañamente elegante, y la altiva ferocidad de su mirada; su voz poderosa y delicada. Apetece al mismo tiempo protegerla y golpearla”.

Kianda entró en la lluvia. El leve vestido de seda, de un rojo muy vivo, se aferraba a su piel mientras iba cambiando de color, a un tono oscuro, casi violeta. El amplio escote en su espalda dejaba ver dos alas azules que Kianda se había tatuado en un viaje a Japón. A mí siempre me impresionan, por mucho que las conozca, debido al detalle de las plumas y a la técnica en trompe-l’oeil, que crea una sensación de relieve. Las alas se movían al ritmo de su respiración y su furiosa cabellera en llamas, que tantas mujeres intentan imitar, se apagó, perdió el volumen y el brillo, extendiéndose sobre la firme línea de sus hombros.

Abrí la puerta y salí del coche, un Chrysler antiguo amarillo tostado, una pieza de colección. El viento húmedo me golpeó el rostro. Grité su nombre, más alto que el rugido de la tormenta. Kianda se giró hacia mí, al mismo tiempo que levantaba los ojos, con un asombro mudo.

 

(Me doy cuenta, mientras releo lo que he escrito,

que parece el guión de un anuncio. Éste es el momento

en el que debería surgir el frasco de perfume.

Tendría un nombre apropiado, algo así como

La tempête. Pero no, a partir de este instante

la película cambia.)

 

Seguí la mirada de Kianda y vi a una mujer cayendo del cielo. Cayó —fue cayendo desnuda, negra, con los brazos abiertos— casi al mismo tiempo que el rayo. El rayo hizo que el baobab explotara. Un meteorólogo me explicó, hace muchos años, que los rayos pueden hacer que los árboles exploten al provocar la súbita ebullición de la savia. La mujer se hundió entre la hierba alta, no muy lejos del coche. Me acerqué. El cuerpo estaba enterrado en el barro. Tenía la cabeza echada hacia atrás. Reconocí aquellos ojos abiertos, muy negros, aún llenos de luz. Retrocedí aterrorizado. No dejé que Kianda la viera:

–¡Vamos!

–¿Vamos? ¿Y ella?

–¡Ella está muerta, amor! No te preocupes. ¿Quieres llamar a la policía?

–¡No, no! A la policía no. No quiero llamar a nadie. Sabes muy bien que no nos pueden ver juntos.

La abracé. Kianda temblaba. La llevé al coche, la senté a mi lado, y conduje en silencio de vuelta a Luanda. Cuando llegamos la noche aún no había caído sobre la ciudad. Aparqué el coche a dos manzanas de su edificio y me incliné para besarla. Kianda apartó la cara:

–¡No! ¡Nunca más!

Salí y ella ocupó mi lugar, puso el coche en marcha y se fue. Yo paré un taxi. Durante muchos años no había taxis individuales en Luanda, solamente había taxis colectivos, los candongueiros, destinados a servir al pueblo.

 

(El Pueblo, o Ellos, es como en Angola nosotros,

los ricos o casi ricos, llamamos a los que no tienen nada.

Los que no tienen nada son la aplastante mayoría

de los habitantes de este país.)

 

El conductor era un congolés obeso. La piel de su cara, muy lisa, brillaba como un espejo a la luz cobriza del final del día. Me dijo con una sonrisa enorme:

–¿Adónde vamos?

–No lo sé –confesé con una voz sin color, el miedo no me dejaba pensar–. A cualquier lado.

El hombre volvió a sonreír:

–No se preocupe, yo lo llevaré allí.

Media hora después me dejó a la puerta de un pequeño bar. Me fijé en el neón que parpadeaba sobre la puerta: El Orgullo Griego. La sonrisa del taxista ahora tenía el tamaño del mundo:

–Entre y pregunte por Mamá Mocita, ella le dirá adónde debe ir. Nunca se equivoca.

 

(La mujer en caída,

cinco días antes.)

 

La vi en cuanto entré en la sala de embarque, y la mujer también me vio. Retuvo en mí la luz despiadada de sus grandes ojos negros tan intensamente que bajé los míos. Cuando volví a levantarlos, ella aún estaba allí, sentada en una de las sillas, muy derecha, con la elegante altanería de una princesa etíope. Llevaba un abrigo de piel, de un lujo arcaico, y pantalones negros de campana. Me senté dos asientos más atrás, para escapar de aquella mirada y poder estudiarla tranquilamente.

¿Quién sería? O mejor, ¿qué sería? Comencé a imaginar varias posibilidades: sin duda era de buena cuna, de una familia antigua de Luanda o de Benguela. Uno de sus abuelos debe haber sido funcionario público de la administración colonial. Su padre, un burócrata al servicio de la presidencia, o tal vez un empresario próspero o un general convertido en empresario en el área de la explotación minera. Ella debe haber estudiado en Lisboa, en Londres o en Nueva York. Posiblemente, en Lisboa, en Londres y en Nueva York. La forma en que estaba vestida sugería un gusto en contradicción con los actuales estándares ecológicos. Tal vez sentía placer por ofender, o tenía tanto dinero que se creía por encima del juicio de las masas. Fuera quien fuera, estaba seguro de que nunca la había visto antes. Me acordé de uno de los Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez: “El avión de la bella durmiente”. En el cuento, el escritor colombiano describe un viaje que hizo al lado de la mujer más bella del mundo, con quien nunca habla. Viajo mucho en avión, casi todos los meses, y no recuerdo nunca haber logrado estar sentado al lado de una mujer bonita. Supongo que las compañías aéreas tienen instrucciones para no sentar a mujeres bonitas al lado de hombres, cualquier tipo de hombres, a excepción de respetables señores de edad y sacerdotes. Cuando anunciaron el embarque, esperé a que la mujer se levantara para colocarme en la fila. Entonces, para mi sorpresa, se dio la vuelta, estiró el índice de la mano derecha y me preguntó:

–¿Es usted Bartolomeu Falcato?

–La mayor parte del tiempo sí –concordé, esforzándome por añadir un dicho gracioso, un comentario alegre, algo que me permitiera recuperar el aire y el aplomo–. Pero estoy dispuesto a ser lo que usted quiera, cuando y donde quiera.

Lo reconozco, podía haber sido un poco más original. Mi ineptitud no pareció ofenderla:

–Me llamo Núbia –dijo, con un tono de voz demasiado alto–. Sabía que nos encontraríamos, en Lisboa, en Luanda, en algún lugar del mundo, estaba segura.

No me atreví a preguntarle por qué estaba tan segura. En lugar de eso, quise saber cuál era su ocupación. Ella sonrió, evasiva. Poco después alguien la llamó, ella se alejó y sólo volví a verla en el avión. Estaba a bastantes asientos delante de mí. A mi lado no había nadie. Núbia se dio cuenta y vino hacia mí. Se quitó el abrigo de piel y lo guardó en el compartimento. Por debajo llevaba una sencilla blusa blanca, muy elegante, que dejaba adivinar unos pechos amplios y firmes. Después abrió una pequeña maleta roja de plástico, sacó una pila de revistas y me las puso sobre las piernas:

–Es para que me conozca mejor.

Las revistas tenían nombres como Cacao, Tropical, Mujer Africana, Caras y Colores. Núbia estaba en todas las portadas. En la primera, aparecía vestida de novia, bajando por una gran escalera de caracol. En la segunda posaba en bikini, tumbada de espaldas en una toalla de playa, y al fondo, entre un friso de rocas, aparecía un mar color de esmeralda. En la tercera, sólo llevaba unos pantalones cortos vaqueros, y se reía, con una bella carcajada juvenil, mientras intentaba ocultar el pecho con ambas manos.

–¡Ah, bueno! –suspiré, encantado– Entonces, es usted
modelo…

–Fui Miss Angola hace diez años y después comencé una carrera como modelo. También tuve un programa en la televisión.

–¿Ya no lo tiene?

–No, ¡me hicieron callar! ¡No quieren que hable!

Me quitó las revistas de las manos y las sustituyó por un grueso álbum de fotos. Ella misma lo abrió. Las primeras imágenes mostraban un desfile de misses. Núbia surgía en las siguientes fotos, siempre con la misma sonrisa, al lado de la presidenta y de su marido; al lado de un famoso jugador de futbol; al lado de una actriz de cine; abrazada a un próspero empresario americano; abrazada a dos prósperos empresarios nacionales; sentada en las piernas de un conocido traficante de armas, y en el enorme yate presidencial. Señalé una fotografía suya, a caballo. Un poco más hacia el fondo, también a caballo, se veía a un hombre elegante, con bigote y perilla. Su cara me sonaba:

–¿Y ése quién es?

–¡Ése es el amante de la señora presidenta!

–¿Qué?

Ella ignoró mi asombro. Continuó mostrándome las fotos. Se fue entusiasmando. Hablaba casi sin respirar, torrencialmente, al mismo tiempo que su acento cambiaba. Ahora se podía distinguir, detrás de la suave y dolorida pronunciación característica de la vieja burguesía de Luanda, otra más amplia, más sonora y rústica. Era como si una segunda mujer, una mujer del pueblo, intentara salir del interior de aquella —de la falsa— no como una mariposa que rompe la crisálida, sino como un gusano que irrumpe de una mariposa. Le pregunté su verdadero nombre. Ella sonrió, mostrando que había adivinado mis intenciones:

–Mi familia era muy pobre. Yo ni siquiera sabía hablar portugués. Lo hablaba mal. Fue ésta la que me enseñó a hablar.

Señaló a la presidenta en una de las fotos y soltó una pequeña carcajada:

–¡Es una ordinaria! Nos espiaba mientras su marido me follaba. ¿Sabes qué me obligaron a hacer? No, no lo sabes. Nadie lo sabe. A mí y a las otras chicas… Orgías con gente importante… Drogas…

–¡No me lo creo!

–Sí, probé varias drogas: marihuana, heroína, coca. Ahora ya no me drogo, Dios no me permite consumir drogas…

–¿Dios?

–Sí, Dios –bajó la voz y acercó sus dulces labios a mi oído–. ¿Sabes que han visto a Dios desfilando en el paseo marítimo? Dios habla conmigo. Un día me mostró uno de tus libros, y al día siguiente fui a una librería y lo compré.

–¿Y lo leíste?

–Lo leí, pero no entendí nada. Lo leí, porque Dios me dijo: “Hija, prepárate. Tú eres Núbia, la puta, y eres María, la pura. Bendito sea el furor de tu vientre”. Me dijo eso porque me voy a quedar embarazada, voy a dar al mundo un nuevo Salvador.

La miré perplejo y asustado:

–¿Y quién será el padre?

Núbia me miró, ligeramente sorprendida:

–¿El padre? El padre serás tú, evidentemente. Dios me lo ha revelado: tú serás mi José.

–¿Y cómo se llamará nuestro hijo?

–Emmanuel, claro.

Una vez resuelto el asunto, comenzó a contarme que durante muchos años había sido un chico. Mientras tanto, se habían apagado las luces dentro del avión, ya pasaba de media noche. En el exterior las estrellas ardían en silencio.

–Cuando era un chico solía coger con la señora presidenta…

Yo ya no la escuchaba. Me dolía la cabeza. El sueño me iba apagando la conciencia, como un apagón que hubo en la ciudad hace mucho tiempo, durante los años de la guerra: primero se apagó un barrio y luego otro, amplias extensiones que desaparecían en el abismo. Al mismo tiempo, imágenes sueltas irrumpían no sé de qué océano oculto, desde el interior más profundo de mi cerebro: yo, besando a Laurentina; mi madre, bailando con un vestido rosa; un perro muerto, en el paseo, con la garganta cortada. Luché desesperadamente para mantenerme a flote. Por fin me dormí, me debo haber dormido, porque me acuerdo de que estaba corriendo desnudo en una playa al lado de Núbia cuando, de repente, abrí los ojos y la vi inclinada sobre mí. Se había desabrochado la blusa y se había soltado el sujetador. Allí, en la rápida noche, a once mil metros de altitud, me pareció una divinidad indudable. Una versión moderna (bastante moderna, es verdad) de la Madre del Salvador. Me desperté, sobresaltado:

–¿Qué estás haciendo?

–Quitándome la blusa. Vamos a amarnos.

–¿Aquí?

–Sí, espera un momento, me voy a quitar los pantalones.

–No, no lo vas a hacer. Te vas a abrochar la blusa.

–¿No te parezco bonita?

–Sí me pareces bonita, sí, pero también me parece que no estás bien. Deberías hablar con un sicólogo.

Video Recomendado

Comentarios

Lo que pasa en la red