El alba, “un breve rumor”; centenario de Efraín Huerta

La escultura que prepara Juan Manuel de la Rosa para honrar la memoria del autor de Absoluto amor —quien siempre renegó de la solemnidad de los homenajes— será develada el próximo 24 de junio, en la esquina de Avenida Juárez y e Iturbide, Centro Histórico

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08/06/2014 05:25 Luis Carlos Sánchez

CIUDAD DE MÉXICO, 8 de junio.- Con mármol, ese material descrito por el poeta Efraín Huerta (1914-1982) como frío y de “brillo funeral”, es elaborada la escultura que será develada el 24 de junio próximo en la esquina de Avenida Juárez e Iturbide, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, para homenajear al llamado Gran Cocodrilo en el centenario de su nacimiento.

Descrita como “un poemínimo pétreo” por su autor, el escultor zacatecano Juan Manuel de la Rosa (Sierra Hermosa, Villa de Cos, 1945), la pieza es una sencilla y parca representación de un libro abierto en el que serán cincelados los cinco primeros versos del poema Avenida Juárez, escrito por Huerta en 1956.

“Es una escultura muy pequeña tratando de verse como un poemínimo, tratando de decir más con menos, es llegar a una síntesis. Es muy sencillo: el soporte y la superficie de destino para un poeta es el libro; a mí me costó 50 años para llegar a esta síntesis conociendo el espíritu del poeta Huerta. Este es un poemínimo pétreo con todo el respeto al poeta; no es la reproducción de un libro, es la interpretación de un libro”, explica el artista sobre la pieza de un metro de altura por 90 centímetros de ancho y 45 de fondo que se encuentra a 70 por ciento de su elaboración.

La decisión de cincelar los primeros cinco versos del poema en la escultura, dice, ha sido del hijo del autor de Los hombres del alba, David Huerta. De la Rosa, junto con la Secretaría de Cultura del Distrito Federal, ha elegido la esquina de Juárez e Iturbide para la pieza, con la intención de que conviva visualmente con la fuente y la escultura Puerta 1808 de Manuel Felguérez y El Caballito de Sebastian, que se localizan en ese mismo sector de la calle descrita por Huerta. 

La estatua dedicada al poeta nacido en Silao, Guanajuato, se sumará a por lo menos otras 16 esculturas que ya existen en esa arteria de la ciudad. ¿No hay ya suficientes esculturas en Juárez?, se le pregunta al artista: “yo creo que hay más casetas telefónicas que esculturas, hay más puestos de periódicos que se sobrepasan, está saturado, siempre será mejor llenar las calles de esculturas que de casetas. En ciudades como Jerusalén, en Tokio, hay muchas esculturas”, responde.

Relación añeja

La elección de De la Rosa para elaborar la escultura ha obedecido principalmente a que convivió personalmente con el poeta. “Yo lo traté muchas veces, tuve la suerte de viajar con él, de convivir y no solamente me permitió conocer al poeta, sino también al hombre generoso con los que se le acercaban; tenía una ironía muy fina”, dice.

El primer contacto con Huerta, recuerda, se dio a través de otro poeta: Alejandro Aura. “Él me presentó, ellos hacían viajes de formación cultural hace 50 años a Zacatecas, en 1960, promoviendo la cultura, la lectura, el teatro; yo me callaba y los escuchaba, aprendía de ellos. Para mí era un honor estar con estos dos hombres que viajando en autobuses iban haciendo promoción del teatro, de fomento a la lectura en un momento en el que no se hablaba de eso”.

Huerta, incluso, se volvió compadre del escultor y lo apoyó para fundar un club de lectura en el poblado de Sierra Hermosa (de apenas 250 habitantes), contribuyéndole con un “pie de cría” de 200 libros que hoy ya alcanzan los 10 mil libros. De la Rosa rememora al poeta como un hombre siempre lleno de humor y capaz de burlarse de sí mismo: “una vez en que ya estaba enfermo de cáncer, cuando le habían hecho la traqueotomía, llegó la hija de un amigo mío que hablaba mucho y él, hablando a través de la tráquea, dijo a todos: ¡Puta, habla más que yo esta niña!”.

Con apenas 19 años, el escultor también tuvo oportunidad de acompañar a los dos poetas a sus correrías en busca de aventuras nocturnas. “Yo quería aprender y, como admiraba mucho a los poetas, para mí era un privilegio verlos a ellos dos. Efraín Huerta entonces ya un poco muy reconocido, incluso criticado por Octavio Paz. También los acompañaba a un mundo del que los poetas bebieron mucho, que eran los burdeles y no necesariamente iban por que tuvieran hambre de mujer sino porque les gustaba nutrirse de esos ambientes”.

Rebelde generoso

El propio hijo de El Gran Cocodrilo, David Huerta, bromeó el 9 de abril durante el anuncio de las actividades para recordar a su padre, sobre las bromas que habría hecho al saberse homenajeado: “Tratemos de imaginar, si se puede, las bromas que haría Efraín, pero también lo que sentiría”. Juan Manuel de la Rosa opina que el poeta guanajuatense, quien siempre se burló de las solemnidades, no estaría riéndose al saber que su memoria busca ser perpetuada en una escultura sino que se sentiría agradecido.

“No creo que estuviera riéndose, en el fondo los poetas buscan el reconocimiento y son agradecidos; no creo que Efraín tuviera que ser ni irónico ni burlón en este momento, simplemente agradecido. Todos los escritores, por ejemplo Jorge Amado, escriben que no quieren que su destino acabe en un parque como una escultura de bronce para que lo caguen las palomas, todos se resisten a un reconocimiento oficial, pero en el fondo creo que Huerta se reiría un poco y acabaría agradeciendo el homenaje porque además es del gobierno de la Ciudad de México, de su ciudad”, opina.

¿Y cree que le gustaría Huerta la Avenida Juárez como está hoy, llena de negocios y de gente? “La relación de Huerta con la ciudad siempre fue de amor-odio, como el de una mujer, como del matrimonio, y si pasan mujeres bellas sin duda le gustaría a Huerta y si pasa Afrodita Morris se quedaría asombrado”, concluye.

 

Avenida Juárez

Fragmento del poema que dará nombre a la escultura.

 

Uno pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,

el cálido amor a la mujer cálidamente amada,

la voluntad de vivir, el sueño y el derecho a la ternura;

uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo,

deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos,

y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada,

como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre

o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio

o el brillo funeral de los fríos mármoles

o la desnudez angustiosa del árbol

o la inquietud sedosa del agua...

Hay en el aire un río de cristales y llamas,

un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,

cosas y pensamientos que hieren;

hay el breve rumor del alba

y el grito de agonía de una noche, otra noche,

todas las noches del mundo

en el crispante vaho de las bocas amargas.

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