Rubén Darío, amor ocultado en un baúl

Rosa Villacastín, nieta de Francisca Sánchez, amante durante 17 años del poeta nicaragüense, revela en un libro la correspondencia que guardó en el ático; La princesa Paca

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27/05/2014 04:38 EFE
Rubén Darío retratado con Francisca Sánchez (arriba), quien también es captada con su nieta Rosa Villacastín (abajo).
Rubén Darío retratado con Francisca Sánchez (arriba), quien también es captada con su nieta Rosa Villacastín (abajo).

MADRID, 27 de mayo.- Un baúl azul permaneció durante años en el ático de la casa en la que vivió su infancia Rosa Villacastín, en el que su abuela guardaba 17 años de su vida, los que compartió con el poeta Rubén Darío y que ahora la periodista ha novelado en un homenaje a una mujer “muy valiente” que saltó barreras por amor.

“¿Quién es ese señor, Rubén Darío?”, recuerda Rosa Villacastín que preguntó a su abuela cuando tenía nueve años y comenzó a escuchar su nombre, a lo que ella, Francisca Sánchez, contestó: “ha sido el gran amor de mi vida”.

El baúl azul contenía cerca de cinco mil documentos entre cartas, objetos y manuscritos que Francisca Sánchez conservaba de su vida con el poeta nicaragüense, el “Príncipe de las letras” que la convirtió en “la princesa Paca”, como fue conocida por los amigos del escritor en la bohemia parisina y madrileña de la época.

Estos documentos, que fueron cedidos por Francisca Sánchez al Estado español, fueron catalogados por Rosa Villacastín en los años ochenta y han servido de base para la novela La princesa Paca, editada por Plaza & Janés, de la que la periodista es coautora junto al novelista, poeta, guionista, crítico literario y dramaturgo Manuel Francisco Reina.

Era un libro “que tenía que escribir, es un homenaje a mi abuela porque moralmente todo lo que soy se lo debo a ella”, asegura Villacastín en entrevista, en la que recuerda a su abuela como una mujer “muy valiente, que saltó barreras” porque Rubén Darío era “el amor de su vida”.

Y es que Francisca Sánchez, una mujer humilde, analfabeta e hija de un jardinero del Palacio Real de Madrid, conoció a Rubén Darío un día de 1899 en el que este paseaba por la zona acompañado de Valle-Inclán. El nicaragüense, entonces corresponsal del periódico La Nación, se enamoró perdidamente de la joven, al igual que ella de él.

Pero Rubén Darío, explica la periodista, se encontraba casado con una compatriota, una mujer con la que había contraído matrimonio durante una borrachera y que le engañó y no le concedió la nulidad para poderse unir a Francisca, con la que tuvo cuatro hijos, de los que sólo sobrevivió uno.

“Mi abuela dio un hogar a Rubén Darío, el que no había tenido hasta entonces”, señala Villacastín, que explica que para Francisca, su relación con el poeta fue “un cuento de hadas”: “venía de una familia muy humilde y conoció a un hombre que era tan exótico...”, aprendió a leer y a escribir de la mano del poeta y de la de su amigo Amado Nervo.

Rosa Villacastín, que recuerda también la amistad que unió a Francisca con Leonor, la mujer de Antonio Machado, a los que ayudaron durante su estancia en París, asegura que con esta novela también quiere hacer un reconocimiento “al papel de las mujeres que han estado y están al lado de hombres importantes”.

Antonio y Manuel Machado, Miguel de Unamuno o Amado Nervo fueron algunos de los escritores que visitaron la casa en París de la pareja, que también vivió en Madrid, Málaga y Barcelona, entre otras ciudades.

Sin su abuela, Rubén Darío, que falleció de cirrosis a los 48 años en Nicaragua, lejos de su amada, habría muerto mucho antes ya que bebía mucho, recuerda Villacastín, que explica que los cuatro testamentos que había del poeta estaban a nombre de Francisca.

“Cuando me muera vas a poder comulgar” le escribió el poeta a Francisca.

El baúl azul acompañó a Francisca en todos sus viajes porque “era su vida” y acabó en el ático de la casa de Ávila en la que vivió con su pareja posterior, su marido, el abuelo de Rosa Villacastín, un hombre muy culto que admiraba a Rubén Darío.

Su abuela fue siempre reacia a abrir el baúl y no lo hizo hasta que la también poeta Carmen Conde la visitó en su casa junto con su marido y le dijo: “Francisca, sólo venimos a acompañarle”, frase que hacía referencia al poema que Darío le dedicó y que acababa con el verso “Francisca Sánchez, acompáñame”.

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