Adelanto editorial: 'La bestia de París'

Con autorización de editorial Sexto Piso reproducimos un fragmento de uno de los relatos reunidos en el más reciente libro de crónicas de la periodista alemana Marie-Luise Scherer

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24/05/2014 04:34 Marie-Luise Scherer
Imágenes: Cortesía Sexto Piso

Mademoiselle Iona Seigaresco tenía prisa por ser vieja. Llevaba un pequeño sombrero de fieltro de color marrón que, sin prestar atención al eco que le devolvía el espejo de su armario, se encasquetaba sin más, bastándole que el sombrero cayera bien ajustado hasta abajo y le escamoteara el rostro. El bolso le colgaba delante del pecho, sujeto por una ceñida correa. Caminaba muy encorvada, lo cual no la libraba de ver las obscenidades del bulevar de Clichy, donde vivía.

Cualquiera que fuese el rumbo que tomara al salir de su edificio, pasaba siempre delante de las fotos de las chicas desnudas que se relamían los labios con los ojos entornados, y cuyos triángulos negros y de contornos bien definidos se repetían como el diseño de una orla.

Ya por la mañana, bien temprano, cuando iba a la panadería, había porteros agarrando a otros hombres por la manga, y la clientela salía de entre las cortinas del establecimiento. Y dado que para tales acontecimientos no había hora fija en el bulevar de Clichy, mademoiselle Seigaresco blindaba sus sentidos. Se negaba a conocer a nadie en ese tramo de sus recorridos diarios, tampoco devolvía los saludos. Ni siquiera miraba a su alrededor.

Sólo cuando, de regreso a casa, giraba el pomo de la puerta con el número 60 y la cerradura del portón de hierro forjado se abría, mademoiselle Seigaresco entraba de nuevo en un sitio que le resultaba tolerable. Ya bajo la bóveda de columnas de la entrada, que le otorgaba al edificio una elevada categoría social, empezaba a colocar lentamente un pie delante del otro, como si un fleje mantuviera atado sus empeines. Ahora que se encontraba lejos de las molestias del bulevar, se dejaba caer en una fragilidad de la que algunos decían que era algo adquirido con el tiempo. Lo más probable es que, en el caso de mademoiselle Seigaresco, se tratase de una transigencia asociada a la edad, que a sus setenta y un años ya añorase lo que más temía.

Ante ella estaba el adoquinado del amplio primer patio; junto a la iluminada escalera de acceso a los apartamentos, de marcado aspecto señorial, estaba la escalera de los proveedores y empleados domésticos, en semipenumbra. También en la portería de la conserje, Laura Bernadaise, a la que la luz del sol no llegaba en todo el año, había encendida una insuficiente bombilla amarilla.

A mademoiselle Seigaresco le caía bien la portera, una mujer que aún no había perdido la risa en los nueve años que llevaba en su puesto, a pesar de vivir con su marido y sus hijos en ese oscuro agujero. Sobre todo, estimaba el buen tino de madame Bernadaise, que sabía de inmediato cuándo mademoiselle Seigaresco no deseaba que la molestasen, aquellos días en que sólo deseaba saludar, pero nada de charlas. Entonces, madame Bernadaise apartaba a un lado, sin más, la manguera del jardín con la que rociaba el follaje en un rincón del patio y dejaba pasar a la parsimoniosa mujer.

A primera hora de la tarde del 2 de noviembre de 1984, un viernes, antes de ser asesinada hacia el anochecer, mademoiselle Seigaresco fue vista todavía en el parque del edificio, el cual, en su conjunto, con sus atelieres, su pabellón de acacias, plátanos y olivos y sus edificios laterales y traseros, llevaba el nombre de Cité du Midi. Había retomado sus actividades otoñales y arrancado las hierbas y las hojas marchitas.

Ofrecía la vista habitual de cada año, una escena algo estrafalaria. Porque mademoiselle Seigaresco se doblaba tanto sobre los alcorques y los alargados arriates que su cabeza
desaparecía como la de un pájaro acuático que se sumerge. Sólo quedaba visible un empinado montoncito de tela de abrigo gris, del que salía a veces, rápidamente, un guante de goma que se estiraba hacia las plantas.

Cuando mademoiselle Seigaresco llamó a la puerta de madame Bernadaise hacia las cinco de la tarde, regresaba de hacer sus compras en la calle Lepic. Como siempre, la redecilla de la compra le colgaba de la mano con la forma puntiaguda de un paraguas cerrado, porque ella, aparte de un pequeño trozo de pescado, sólo llevaba en la red un puerro cuyas barbas arenosas se arrastraban por el suelo. Para llamar a la puerta no utilizó el nudillo de su dedo índice, sino que tamborileó con las uñas, como una breve granizada, contra la ventana de la portería. Luego giró el pomo y asomó la cabeza.

Su afilada nariz quedó bajo la penumbra del sombrero encasquetado hasta el fondo. Los hijos de madame Bernadaise solían temer a esa figura encorvada y bajita. Pero ahora abandonaron de un salto sus cuadernos escolares con la vana esperanza de que mademoiselle Seigaresco aceptase la silla que le ofrecían y se sentara junto a ellos. Pero no, ella sólo quería
—dijo de pie, desde la puerta, dirigiéndose al joven Carlos— que el chico recordara lo de mañana, a las tres, y que fuera puntual.

Provista del mejor de los ánimos para el resto de la tarde, mademoiselle Seigaresco atravesó el primer patio hasta la escalinata que llevaba al edificio central del inmueble. Las antorchas de cristal de las dos estatuas a derecha e izquierda de la escalera aún no habían sido encendidas cuando ella se fue alejando con su peso de pluma a través de los peldaños. Reinaba todavía la penumbra, la disputada luz que, a juicio de la portera, madame Bernadaise, encargada de accionar los interruptores eléctricos, aún podía aprovechársele al día.

Dado que mademoiselle Seigaresco, para el bien de todos, era ahorrativa, jamás pulsaba el botón de la luz de su escalera. Aquella tarde, a última hora, Nicolás, el hijo de tres años de Pénélope Robinson, estaba jugando en el vestíbulo. Pénélope Robinson era la conserje de los edificios de la parte trasera. Como Nicolás, su hijo, creyó recordar tres años después, ese día un hombre de piel oscura le preguntó si la dama que estaba subiendo las escaleras vivía en el edificio. Y puesto que el niño asintió o le respondió que sí, el hombre también subió las escaleras a oscuras.

Laura Bernadaise había quedado en sustituir a su colega Pénélope Robinson el fin de semana siguiente y la mañana del lunes siguiente. Tenía que repartir la correspondencia en el intrincado territorio del fondo, por lo que le alegraba que cualquiera pasara personalmente a recoger las cartas en su portería. Normalmente, mademoiselle Seigaresco echaba un vistazo por la ventanilla de la portería, asomando la cabeza con una breve actitud inquisitiva, aunque, en realidad, no estaba suscrita a nada y sólo pocas veces recibía una carta llamativamente franqueada desde Rumanía.

Ese sábado madame Bernadaise pudo haberle dado a su hijo Carlos la correspondencia de mademoiselle Seigaresco, ya que el chico había quedado con ella a las tres de la tarde para recibir sus clases de consolidación en francés. Pero por motivos de corrección, a lo que se añadía también la aparente importancia de la carta, madame Bernadaise subió ella misma los tres pisos después del almuerzo. Como no se oía nada detrás de la puerta y no quería llamar a esa hora, dejó la carta debajo del felpudo. Más tarde, cuando Carlos apareció ante la portería de su madre poco después de las tres, madame Bernadaise, no del todo convencida, supuso que mademoiselle Seigaresco se sentiría agotada y estaría descansando.

Tampoco el domingo, día en que apenas se le hubiera ocurrido tal cosa, se atrevió madame Bernadaise a cerciorarse. Temía irrumpir a la fuerza en esa distancia que mademoiselle Seigaresco había puesto entre ella y el resto del mundo. El lunes ya no necesitó ningún pretexto para detenerse en la tercera planta del edificio central y levantar el felpudo de la entrada del piso de mademoiselle Seigaresco. La carta del maître Dieu de Ville, un abogado, estaba todavía allí.

Madame Bernadaise se lo comunicó a su marido, un policía que en ese momento estaba en casa, durmiendo, después de hacer su ronda nocturna. Con la llave maestra de la portería, éste abrió la puerta, que estaba sólo cerrada, sin pestillo de seguridad, pero sólo consiguió desplazarla un tramo, ya que mademoiselle Seigaresco yacía muerta detrás de ella.

Entre todos los asesinatos que ocurrían a diario en París, la muerte de Iona Seigaresco despertó cierto interés. Aquella maestra jubilada, oriunda de Rumanía, era la cuarta anciana que perdía la vida de una manera similar en un plazo de cuatro semanas. Atada de pies y manos, con una mordaza en la boca, yacía en su recibidor, asesinada a golpes. Tenía rotos la nariz, el mentón, la cervical y las costillas del lado derecho. Aún llevaba puesto el abrigo, al lado de la cabeza estaba el sombrero, y junto a la puerta, la bolsa de la compra.

El piso parecía haber sido registrado con un brío furioso. En el caso especial de la víctima Seigaresco, el asesino, además, se había visto decepcionado en sus expectativas debido a la enorme cantidad de libros que tenía la mujer, lo cual tiene que haber despertado en él unas ganas adicionales de revancha. Por encima de todo lo que había regado por el suelo, estaban, abiertos y destripados, el sofá y los sillones.

El asesino hubo de presentarse dando muestras de una gran seguridad en sí mismo para no llamar la atención en aquel edificio, que ante sus vecinos de la plaza Pigalle y la plaza Blanche se erige con especial elegancia despectiva. Porque, en un sitio como éste, es más que posible que alguien que busque a un filatelista vaya a parar a la planta baja de una casa de citas, donde puede estar vagando, sin ser molestado, por entre los montones de sábanas sucias. Que él, el asesino, pudiera penetrar hasta las entrañas de la propiedad, demuestra que tenía que ir bien vestido. Su aspecto hubo de apaciguar toda desconfianza.

 

 

 

 

 

Para el matrimonio Nicot, Germaine Cohen-Tanouji no era una anciana dama de la mejor estirpe parisina. Mostraba una deferencia casi inapropiada, era confiada como un niño y tenía una risa fácil con todo el mundo. Madame y monsieur Nicot salen de buen ánimo del edificio de nueva construcción en el número 17 de la calle Montera, en el duodécimo distrito. Han sido invitados a tomar el té e irradian la satisfacción de una pareja inseparable. Con el dedo anular derecho metido en el lazo que ata una caja de tarta, y un gorro de lluvia con ojales perforados a los lados en la cabeza, monsieur Nicot parece encarnar al seductor de una tarde de domingo. Del bolso de madame Nicot cuelga, de una cadenita, un chal de seda. Los dos llevan abrigos de piel de camello.

Germaine Cohen-Tanouji era una mujer bajita, regordeta como una bola y, hacia el atardecer, aún llevaba la bata puesta. Había tomado su desayuno en el mostrador del café. “A casi todo del mundo en el edificio”, dice madame Nicot, “lo había invitado a su casa a tomar algo alguna vez”. También a los Nicot, a quienes tales contactos les parecían extraños, había intentado ganárselos. “Vivía demasiado al día”, dice monsieur Nicot, como si en ello radicara la premisa de su asesinato.

Cuando Germaine Cohen-Tanouji, de setenta y dos años, fue encontrada en su cama el día 4 de octubre de 1984, estrangulada con un cinturón de cuero, con la cabeza cubierta por unas almohadas, la muerte de la anciana fue para los Nicot casi una consecuencia lógica de su adicción a las personas. Y el horror de ambos se concentró menos en ese destino que en la circunstancia de que tal destino se consumara en su edificio.

En la esquina de la avenida de Saint-Mandé y de la calle de la Voûte está el café Bel Air. Era un sitio frecuentado por Germaine Cohen-Tanouji cuando regresaba de sus compras en la calle du Rendez-Vous. A menudo aún no había cerrado la puerta tras de sí cuando el dueño ya estaba accionando la palanca de la máquina de café sobre su taza. Ella se acomodaba en su sitio habitual, junto a la étagère con los huevos cocidos, donde solía echarse también la enorme perra pastora Editha, que parecía esperarla meneando la cola. La mayoría de las veces ya estaba allí también monsieur Benaïs, quien, como madame Cohen-Tanouji, era, asimismo, de origen judío-tunecino.

Monsieur Benaïs es dueño de una tienda de textiles en la calle de la Voûte, lo que para él suponía una existencia triste, pues le hubiera gustado ser cantante. Pero se resarcía, de tanto en tanto, haciendo de animador musical en bodas judías organizadas en hoteles. Por eso el sentimiento con el que habla de Germaine Cohen-Tanouji tiene sus motivos artísticos. Porque ella pintaba paisajes tunecinos de memoria, y a él lo alegraban aquellos cuadros. A ella, por su parte, la alegraba cuando él le decía, los días de mal tiempo, que debía ver el sol con urgencia y la animaba a que desatara el lazo de su carpeta.

Ella había pertenecido a la resistencia y hablaba un francés excelente. Como antigua maestra en una escuela superior tunecina para chicas, Germaine Cohen-Tanouji tenía una pensión. Aunque estaba muy apegada a París, encarnaba para el señor Benaïs el absoluto opuesto de una parisina. Era más generosa y tenía más sentido del humor. También carecía de esa desconfianza tan propia de todas las personas que viven en la capital. Debía de creer que la desconfianza era algo poco digno de ella y decidió no adoptarla, sencillamente, por ser una cualidad indecorosa. Invitaba a la gente a su casa para que viera sus cuadros, y servía vino y frutos secos. Saber que Germaine Cohen-Tanouji estaría en el café por las mañanas, hacia las diez, y que luego estaría de nuevo por las tardes, hacia las cuatro, hacía que monsieur Benaïs abandonara a las mismas horas el mostrador de su tienda. Y tras unos pocos pasos ya veía tras el cristal lo que esperaba: a la benévola señora de Túnez con sus gruesas gafas y su vestido gris de tipo árabe sin entallar.

 

 

 

 

 

En los primeros nueve de sus veintiún asesinatos confesados, el asesino tuvo un cómplice. Ambos buscaban ancianas en las calles comerciales o en los mercados semanales, ancianas que parecieran achacosas y sólo pudieran andar con sumo esfuerzo o apoyándose en un bastón.

Germaine Cohen-Tanouji es considerada, según las pesquisas de la policía, su primera víctima. Puesto que tenía un paso ágil y no parecía débil, el asesino y su cómplice debieron de tener, en su caso, otra motivación para ir hasta su piso y atacarla. Puede que resultara un buen entrenamiento para sus siguientes asesinatos. Porque ya al día siguiente, el 5 de octubre de 1984, escogen a otras dos ancianas cuya debilidad física era bastante evidente.

Thierry Paulin y Jean-Thierry Mathurin viven a lo largo de todo el año 1984 en el hotel Laval, en el número 11 de la calle Victor-Massé, en el noveno distrito.

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