Todo Chejou en dos tomos

Con autorización de Páginas de Espuma reproducimos el relato Se estropeó el asunto, incluido en Cuentos completos, de Chéjov (1880-1885, primer tomo), que en unos días estará en librerías.

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13/04/2014 01:01 Antón Chéjov

¡Qué gana tengo de llorar! Creo que si rompiera en sollozos me aliviaría algo.

Era una noche admirable. Me puse de punta en blanco, me peiné, me perfumé un poco y salí hecho un don Juan, camino de la casa de ella. Vive en una casa de campo de Sokólniki. Es joven, hermosa, recibirá una dote de treinta mil rublos, tiene cierta instrucción y me amaba con ceguera de topo.

Al llegar a Sokólniki, la encontré sentada en nuestro banco favorito, al pie de altos y esbeltos abetos. Resplandeció al verme y, levantándose con rapidez, vino a mi encuentro.

–¡Qué cruel es usted! –me reprochó–. ¡Mire que tardar tanto, sabiendo cómo anhelo verle! ¡Ay, qué hombre!

Besé su primorosa mano y, trémulo me fui con ella al banco.

¡Y era natural! ¡Como que yo había ido a decidir para siempre mi destino! ¡A jugarme el todo por el todo! De aquella tarde dependía mi suerte.

Hacía un tiempo espléndido; mas ¿qué me importaba a mí el tiempo? Ni siquiera hacía caso de un ruiseñor, que cantaba sobre nuestras cabezas, pese a que, como es sabido, en cualquier cita, por poca que sea su importancia, hay que escuchar a los ruiseñores.

–¿Por qué calla usted? –preguntó ella, mirándome a los ojos.

–Pues… Hace una noche tan bella… ¿Qué tal se encuentra su maman?

–Bien, gracias.

–¡Ejem!… Me alegro… Pues verá usted. Varvara Petrovna: quiero hablarle de un asunto… He venido exclusivamente para eso… Hasta ahora he callado, pero ya… este servidor suyo no puede seguir guardando silencio.

Varia1 agachó la cabeza y estrujó una florecilla entre sus dedos temblorosos. Sabía cuál era el tema de que iba a hablarle. Proseguí:

–¿Para qué callar? Por más que uno se cohíba y se retraiga, tarde o temprano tendrá que dar rienda suelta… a sus sentimientos y a su lengua. Quizá usted se enfade…, acaso no me comprenda, pero…

Me detuve un instante: había que buscar una frase a propósito.

«¡Pero habla ya de una vez! –protestaron sus ojos–. ¡Cobardón! ¿Por qué me martirizas?».

–Usted se habrá dado cuenta hace tiempo –continué– de por qué vengo a diario y la molesto con mi presencia. ¿Cómo no va a haberlo adivinado? De seguro que, con su sagacidad característica, habrá advertido en mí un sentimiento que… (Pausa). ¡Varvara Petrovna!

Varia se inclinó más aún. Sus dedos temblaban.

–¡Varvara Petrovna!

–¿Qué?–

Yo… ¡Bueno, para qué vamos a hablar si está a la vista! Yo la amo… Eso es todo… ¿Qué otra cosa puedo decirle? (Pausa). ¡La quiero con locura! Mi amor es tan grande que… Mire: coja todas las novelas que se han escrito en el mundo, lea todas las declaraciones de amor que en ellas se contienen, todos los juramentos, todos los sacrificios y… todo junto le dirá lo…, lo que ahora se alberga en mi pecho… ¡Varvara Petrovna! (Pausa). ¡Varvara Petrovna! ¡¿Por qué calla usted?!

—¿Qué quiere que le diga?

—¿Va a decirme… que no?

Varia levantó la cabeza y sonrió. “¡Qué demonio!”, pensé. Ella sonrió de nuevo, movió los labios y emitió un susurro casi
inaudible: —¿Por qué voy a decirle que no? Me apoderé de su mano como un loco, como un loco la besé y como un loco busqué la otra mano. Ella, ¡qué adorable!, mientras yo estaba entretenido con sus manos apoyó la cabeza en mi hombro; y por primera vez advertí la esplendorosa exuberancia de su cabellera.

Besé su cabeza, y sentí en mi pecho el mismo calor que si me hubieran puesto dentro el samovar. Varia alzó la cabeza, y no me quedó otra cosa que besarla en los labios.

Pero he aquí que cuando ella estaba ya en mis manos decididamente, cuando la resolución de que me diesen los treinta mil rublos se hallaba ya presta para la firma, cuando tenía ya casi en mi poder una esposa guapa, un dinero nada deleznable y una buena carrera, se le ocurrió al diablo tirarme de la lengua.

Quise presumir ante mi futura esposa, blasonar de escrupuloso y jactarme de mis principios.

No me explico yo mismo con qué fin lo hice. Pero lo cierto es que no pudo salir peor.

—Varvara Petrovna –le dije, después del primer beso–. Antes que me prometa ser mi mujer, creo que es un deber sagrado decirle unas palabras para evitar posibles equívocos. Seré breve. ¿Sabe usted, Varvara Petrovna, quién soy yo y qué soy yo? Ciertamente, soy honrado... Soy trabajador… Soy..., soy altivo. Es más: incluso tengo un porvenir… Pero soy pobre... Carezco de todo…

-Lo sé –replicó ella–. Pero la felicidad no reside en el dinero.

–Cierto, cierto... ¿Quién ha hablado de dinero? Yo... me enorgullezco de mi pobreza. Los céntimos que me proporcionan mis actividades literarias no los cambiaría por los miles de rublos que..., por los miles de rublos que...

—¡Lo entiendo, lo entiendo! Pero...

—Estoy acostumbrado a la pobreza. Es mi compañera inseparable. Puedo pasarme una semana sin comer… Pero usted..., ¡usted! ¿Es que usted, habituada a no dar dos pasos sin tomar un coche, a estrenar un vestido cada día, a tirar el dinero; usted, que nunca ha conocido la necesidad y para quien una flor que no esté de moda es ya una gran desgracia accederá a renunciar a todos los bienes de la tierra con tal de vivir conmigo? ¡Ejem!

—Yo tengo dinero. Recibiré una dote…

—¡Tanto como nada! Para gastarse diez o veinte mil rublos bastan unos cuantos años… ¿Y qué es lo que nos espera después? ¿Necesidades? ¿Lágrimas? Crea usted en mi experiencia, querida mía. Sé muy bien lo que digo. Lo sé. Para batirse contra la miseria hace falta una voluntad firme, un carácter sobrehumano.

“¡Hay que ver la sarta de tonterías que estoy soltando!”, dije para mí; pero continué:

—¡Piénselo, Varvara
Petrovna! ¡Medite el paso que va a dar! ¡Es un paso definitivo! Si se siente con fuerzas para seguirme, sígame; en caso contrario, recháceme. ¡Oh, prefiero quedarme sin usted antes que privarla de su tranquilidad! Los cien rublos mensuales que me proporciona la literatura son una insignificancia. Con eso no hay para vivir. ¡Piénselo antes que sea tarde!

Al terminar esta parrafada, me puse en pie de un salto:

—Reflexione. La impotencia va siempre acompañada de lágrimas, de reproches, de canas prematuras… Deseo advertirla porque soy honrado. ¿Se considera lo bastante fuerte para compartir conmigo una vida que, en lo exterior, es tan distinta de la suya y tan ajena a usted? (Pausa).

—¡Pero es que tengo mi dote!

—¿Cuánto? ¿Veinte mil rublos? ¿Treinta mil? ¡Ja, ja, ja! ¿Un millón? Y, por otra parte, ¡cómo voy a permitirme disponer de lo..., de lo que!... ¡No! ¡Jamás! ¿Y mi orgullo?

Di unas cuantas vueltas al lado del banco. Varia se había puesto pensativa. Yo estaba lleno de júbilo: su ensimismamiento era una prueba de respeto para mí.

—Escoja, pues, entre las privaciones de la vida conmigo y la riqueza sin mí... Elija: ¿tiene usted la fuerza necesaria? ¿Tiene mi Varia esa fuerza?

Seguí hablando largo rato en el mismo estilo. Sin advertirlo yo mismo, me subí a las nubes. Hablaba y al mismo tiempo notaba una duplicidad en mis pensamientos. La mitad de mi persona se dejaba llevar por lo que decía. La otra soñaba: “Aguarda, amiga. Con tus treinta mil rublos nos vamos a dar una vida imponente. Nos sobra para mucho tiempo”.

Varia me escuchaba en silencio. Por último se levantó y me tendió la mano:

—Se lo agradezco mucho –me dijo en un tono que me hizo estremecerme y mirarla a los ojos. En sus ojos y en sus mejillas brillaban las lágrimas.

—Muchas gracias. Ha hecho muy bien en haber sido tan franco… Yo soy muy delicada… No podría… No haría pareja con usted…

Y rompió a llorar. A mí se me pusieron los pelos de punta. Siempre me desconcierta una mujer llorando. Tanto más en aquella ocasión. Mientras tanto, ella reprimió los sollozos y se enjugó las lágrimas.

—Lleva usted razón –siguió diciendo–. Si me caso con usted, le engañaré. No soy la mujer que necesita. Soy rica, mimosa, me gusta ir en coche, comer becadas y pasteles caros. Nunca pruebo en el almuerzo ninguna sopa. Mi madre me lo reprocha a menudo. Pero es que no puedo. ¡Yo ir a pie de un sitio a otro! Me cansaría... Y, además, los vestidos… Todo tendría que costearlo usted... ¡No! ¡Adiós!

Y con un ademán trágico exclamó, muy a despropósito, por cierto: 
—¡No soy digna de usted! ¡Adiós!

Después de lo cual giró en redondo y se marchó.

¿Y yo? Yo me quedé pasmado como un imbécil, sin pensar en nada, viéndola alejarse y creyendo que la tierra se abría bajo mis pies. Cuando me recobré y me di cuenta de dónde estaba y de la grandiosa trastada que me había jugado mi lengua, me puse a dar alaridos. De Varia no quedaba ya ni rastro cuando se me ocurrió gritarle: “¡Espere!”.

Abochornado y contrito, emprendí el camino de vuelta. En el extremo de la ciudad no había ningún coche. Como, por otra parte, tampoco tenía dinero para pagarlo, tuve que regresar a pie.

Tres días más tarde fui otra vez a Sokólniki. En la casa me dijeron que Varia enferma, se preparaba para marcharse a Petersburgo en compañía de su padre, a casa de su abuela. No conseguí otra cosa.

Y ahora, tendido en mi cama, muerdo la almohada y me doy de puñetazos en la cabeza. Siento como si cien cuchillos me atravesaran el corazón…

¿Cómo arreglar el asunto, lector? ¿Cómo desdecirse de lo dicho? ¿Qué le digo o qué le escribo a Varia? ¡Imposible imaginarlo! Se estropeó el asunto. ¡Y de qué manera tan estúpida!

 

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