Adelanto editorial del mejor Henry James

Con autorización de Sexto Piso, ofrecemos un fragmento de Washington Square, quizá la novela más aclamada del autor estadunidense naturalizado británico

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06/04/2014 00:07 Henry James / Imágenes Cortesía secto piso
I

En la primera mitad de este siglo o, para ser más precisos, en los últimos años de ella, en la ciudad de Nueva York, un médico ejercía su oficio y prosperaba considerablemente. Disfrutaba allí de esa excepcional consideración que en los Estados Unidos siempre se ha profesado por los miembros de la comunidad médica, una ocupación que siempre ha sido considerada un honor en nuestro país y que, tal vez con más éxito que en ningún otro país, ha merecido el calificativo de “liberal”. En un país en el que, como aquél, era necesario ganar un sueldo o hacer creer que se ganaba para granjearse un puesto en la sociedad, las artes curativas parecían combinar en el grado más elevado las dos fuentes de ingresos más ampliamente reconocidas. Por un lado, pertenecían al reino de lo práctico, lo que en Estados Unidos siempre constituía un poderoso atractivo, y, por otro, estaban iluminadas por la luz de la ciencia, un mérito apreciable en una comunidad en la que el amor por el saber no siempre se había caracterizado por la facilidad de oportunidades. Una de las peculiaridades de la reputación del doctor Sloper era que su saber y su destreza estaban equilibrados; era lo que podía considerarse un médico erudito sin nada abstracto en sus remedios, siempre prescribía alguna cosa. Aunque en ocasiones pudiera parecer extremadamente riguroso, no echaba mano de teorías incomprensibles y, si a veces daba detalles de una precisión que sobrepasaba la que podía ser útil para el paciente, nunca llegaba tan lejos —como se oye de otros médicos— como para abandonarlo con una simple explicación, sino que dejaba siempre tras él alguna inescrutable receta. Había ciertos médicos que extendían recetas sin ofrecer explicación alguna, pero él tampoco pertenecía a aquel grupo, sin duda, el más vulgar de todos. Es fácil deducir que estoy describiendo a un hombre inteligente. Ésa y no otra era la causa de que el doctor Sloper se hubiese convertido en una celebridad local. En ese momento, que es el que nos concierne, rondaba los cincuenta años y su popularidad estaba en su mejor momento. Era muy ingenioso y la mejor sociedad de Nueva York lo consideraba un hombre de mundo, y realmente lo era. Me apresuro también a añadir, para evitar posibles malentendidos, que no tenía nada de charlatán. Era un hombre verdaderamente honesto…, honesto hasta un punto que quizá ni siquiera él mismo habría sido capaz de medir correctamente. Dejando a un lado la gran amabilidad de la comunidad en la que ejercía su profesión —y que se enorgullecía de tener al médico “más brillante” del país— solía dar por sentado que aquellas afirmaciones provenían tan sólo de los talentos que le atribuía el pueblo. Era un gran observador, un filósofo incluso, y ser brillante era algo tan natural en él, o —como solía decir la gente— le salía de una manera tan natural, que nunca parecía un gesto teatral: jamás echaba mano de los pequeños trucos y trampas a los que suelen recurrir los talentos de segunda fila. Es preciso admitir que la suerte le había sonreído y que había encontrado un camino muy llano para su prosperidad. Se casó por amor, a los veintisiete años, con una joven encantadora, la señorita Catherine Harrington, de Nueva York, quien, aparte de sus encantos, le proporcionó una sólida dote. La señora Sloper era amable, grácil, talentosa, elegante y, en 1820, era considerada una de las jóvenes más hermosas de la pequeña pero prometedora capital que se agrupaba alrededor de Battery, con vistas a la bahía, y que estaba delimitada al norte por los verdes caminos de Canal Street. Incluso a la corta edad de veintisiete años, la impresión que había producido Austin Sloper había sido tan buena que no parecía extraño que hubieran peleado por él varias docenas de pretendientes y que hubiera ganado entre ellas aquella joven de elegancia insuperable, poseedora de diez mil dólares de renta y de los ojos más encantadores de la isla de Manhattan. Aquellos ojos, unidos a otros muchos atributos, fueron la mayor fuente de dicha durante cinco años para aquel joven médico, que era, a la vez, un atento y feliz marido. El hecho de haberse casado con una mujer rica no modificó en absoluto sus planteamientos de vida; cultivó su profesión con la misma tenacidad con la que lo habría hecho si no hubiese tenido más recursos que la parte correspondiente de aquel modesto patrimonio que había compartido con sus hermanos y hermanas tras la muerte de su padre, y no por un desmedido propósito de ganar dinero, sino sobre todo por seguir aprendiendo y por mantenerse ocupado. Aprender cosas interesantes y ser útil para los demás…, aquél era, por decirlo llanamente, el plan que había trazado para su vida, y haberse casado con una mujer adinerada no le parecía que negara su validez. Le gustaba tanto la práctica de su oficio, era tan agradablemente consciente de que se trataba del ejercicio de una destreza, y aquello resultaba ser una verdad tan indudable, que si no hubiese sido médico, se habría convertido en una de esas personas que se empeñan en serlo por todos los medios. Como es obvio, su acomodada posición le evitó una gran cantidad de duro trabajo, y la adhesión de su mujer a los “mejores círculos” le facilitó acceder a muchos pacientes que, si bien no tenían enfermedades más interesantes que los de las clases más bajas, al menos exponían sus síntomas con más solvencia. Deseaba experiencias y tuvo una gran cantidad de ellas en el transcurso de veinte años. Hay que añadir también que, a pesar de su valor intrínseco, algunas de ellas no fueron precisamente bienvenidas. Su primer hijo, un chico que prometía talentos extraordinarios —de eso estaba convencido el doctor, quien por otra parte no era nada propenso a frívolos entusiasmos—, murió a la edad de tres años a pesar de todo lo que la ternura de la madre y la ciencia del padre idearon para salvarlo. Dos años más tarde la señora Sloper dio a luz un segundo bebé…, un bebé cuyo sexo lo convertía de inmediato en un inadecuado sustituto para aquel primogénito tan llorado del que se había propuesto hacer un hombre admirable. La pequeña fue una decepción, pero no la peor de todas. Una semana después del alumbramiento, aquella joven madre que, dicho coloquialmente, lo estaba llevando bien, fue súbitamente traicionada por ciertos síntomas alarmantes y, antes de que transcurriera otra semana, Austin Sloper ya era viudo.

Su destreza para mantener vivos a los demás había resultado un tanto pobre a la hora de aplicarla a su propia familia: perder a su mujer y a su hijo en el plazo de tres años habría sido motivo suficiente como para que cualquier médico brillante viese su talento o su capacidad comprometida. Nuestro amigo, sin embargo, escapó a la crítica. O lo que es más exacto: escapó a todas las críticas menos a la suya propia, que era a la vez la más competente y la más implacable. Anduvo el resto de sus días bajo el peso de su propia censura, y nunca dejó de soportar las heridas que aquella mano poderosísima le había causado durante la noche en la que falleció su esposa. La gente que, como ya he dicho, lo apreciaba mucho, fue compasiva con él y evitó cualquier tipo de comentario irónico. Es más, su desgracia lo volvió más interesante y lo hizo estar en boga. Se comentaba el hecho de que ni siquiera las familias en las que había un médico eran capaces de escapar de las insidias de la enfermedad y que, al fin y al cabo, el doctor Sloper también había perdido a otros pacientes aparte de los dos ya mencionados, cosa que constituía un precedente a considerar. La pequeña permaneció a su lado y, aunque no era exactamente lo que había deseado, se propuso sacar lo mejor de ella. A su favor contaba con una buena dosis de autoridad de la que la niña se benefició enormemente durante los primeros años de vida. Le puso el nombre de su pobre madre, como no podía ser de otra manera. Ni en su más tierna infancia el doctor se dirigió a ella con un nombre que no fuera el de Catherine. Se convirtió en una niña sana y robusta. Cuando su padre la miraba se decía a sí mismo que, dada su constitución, no debía tener miedo de perderla. Y digo “dada su constitución” porque a decir verdad… Pero reservemos mejor esa verdad para más adelante.

 

 

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