Adelanto editorial: ‘El estigma del alacrán’

Reproducimos, con autorización de Editorial Planeta Mexicana, un fragmento de una novela para jóvenes que ha recibido, entre otros premios, el National Book Award, y que pronto estará en librerías mexicanas

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05/04/2014 00:56 Nancy Farmer
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La cabaña en el campo de amapolas

 

Matt estaba de pie frente a la puerta y con los brazos abiertos para impedir que Celia se fuera. La pequeña y atiborrada sala de estar aún se hallaba iluminada por el tono azul del alba. El sol todavía no salía detrás de las colinas que delineaban el horizonte lejano.

—¿Qué pasa? —le preguntó la mujer—. Ya eres un niño grande. Casi tienes seis años. Y sabes que debo ir a trabajar. —Lo levantó en brazos para quitarlo del camino.

—Llévame contigo —le rogó Matt agarrándole la falda y estrujándola entre sus manos.

—Basta ya —le dijo Celia y con cuidado le hizo soltar la tela—. No puedes venir, mi vida. Debes quedarte escondido en la madriguera como un buen ratoncito. Allá afuera hay halcones que comen ratoncitos.

—¡No soy un ratón! —gritó Matt y soltó el tipo de chillido agudo que sabía que a Celia le irritaba. Valía la pena el regaño con tal de que ella se quedara más tiempo en casa. No soportaba quedarse solo un día más.

Celia le dio una palmada para silenciarlo.

—¡Cállate! ¿Acaso quieres dejarme sorda, niñito con cerebro de maíz?

Matt se desplomó con tristeza en el sofá.

Celia de inmediato se arrodilló a su lado y lo abrazó.

—No llores, mi vida. Te amo más que a nada en el mundo. Te explicaré las cosas cuando estés más grande.

Estaba mintiendo. Ya antes le había hecho esa promesa, pero Matt se quedó sin energía para pelear. Era demasiado pequeño y débil para luchar contra lo que fuera que hacía que Celia lo abandonara a diario.

—¿Me traes un regalo? —le dijo y se retorció para impedir que ella le diera un beso.

—Por supuesto. Siempre te traigo regalos —contestó ella.

Así que Matt dejó que se fuera, pero seguía enojado. Era una rabia peculiar, porque también tenía ganas de llorar. En la cabaña se sentía mucha soledad sin las canciones de Celia, sin el ruido de las ollas y sin las conversaciones sobre gente que él jamás había visto ni vería en su vida. Aun cuando Celia se quedaba dormida —lo cual no le costaba trabajo después de cocinar durante tantas horas en la Casa Grande—, las habitaciones estaban llenas de su cálida presencia.

Cuando Matt era más pequeño no parecía importarle esa ausencia, pues se divertía con sus juguetes y miraba la televisión. Luego se asomaba por la ventana y veía los campos de amapolas blancas que se extendían hasta las colinas. Tanta blancura lastimaba sus ojos, así que se giraba para volver a la oscuridad reconfortante del interior.

Pero últimamente había empezado a observar las cosas con más detenimiento. Los campos de amapolas no estaban del todo abandonados. De vez en cuando veía caballos —a los cuales reconocía gracias a los libros ilustrados— andando entre las filas de flores blancas. No era fácil distinguir quién los montaba, por culpa del brillo de las flores, pero no parecían ser adultos, sino niños como él.

Cuando descubrió eso sintió un deseo cada vez mayor de verlos de cerca.

Matt había visto niños en televisión y había notado que rara vez estaban solos. Por lo regular hacían cosas en grupo, como construir fuertes y patear balones y pelear. Hasta las peleas le parecían interesantes porque implicaban que había otras personas cerca. Matt jamás veía a otras personas con excepción de Celia y, una vez al mes, al doctor. Pero el doctor era un tipo amargado a quien no le agradaba.

Matt suspiró. Tendría que salir si quería hacer cualquier cosa, y Celia le había dicho una y otra vez que era peligroso. Además, las puertas y las ventanas estaban cerradas con llave.

Entonces se sentó en una mesita de madera para mirar uno de sus libros. Peter Rabbit, decía la portada. Matt leía un poco en inglés, y se aprendía los cuentos de memoria cuando Celia se los contaba.

Peter era un conejo travieso que se escabullía hacia el jardín de Mr. MacGregor para comerse sus lechugas. Mr. MacGregor quería convertirlo en pastel de conejo, pero Peter siempre lograba escaparse. Sus aventuras eran muy entretenidas.

Luego se levantó y anduvo dando vueltas por la cocina. Dentro había un refrigerador y un horno de microondas, el cual tenía pegado un letrero que decía ¡¡¡peligro!!!, y a los lados tenía cuadritos de papel amarillo que decían ¡no! ¡no! ¡no! ¡no! Para evitar cualquier accidente, Celia había atado una correa alrededor de la puerta y la aseguró con un candado. Vivía aterrada de pensar que Matt encontraría la forma de abrirlo mientras ella estaba en el trabajo y que se cocinaría «la mollerita», como solía decir.

Matt no sabía qué era la «mollerita», pero tampoco tenía interés en averiguarlo, así que rodeaba con todo cuidado el peligroso aparato para llegar al refrigerador. Ese sí que era su territorio, el cual Celia llenaba cada noche de tentempiés. Como era la cocinera de la Casa Grande, siempre tenían comida de sobra. Matt se servía sushi, tamales, pakoras, crepas o cualquier otra cosa que comieran las personas de la Casa Grande. Y además siempre había un bote grande de leche o de jugo de fruta.

Llenó un plato de comida y se dirigió a la habitación de Celia.

De un lado estaba su gran cama blanda cubierta de almohadones bordados y de animales de peluche. Sobre la cabecera había un enorme crucifijo y una imagen de Nuestro Señor Jesucristo con el corazón atravesado por cinco espadas. A Matt le resultaba aterradora, y el crucifijo era aún peor porque brillaba en la oscuridad. Pero, como le gustaba la habitación de Celia, simplemente le daba la espalda a las imágenes religiosas.

Se tumbó sobre las almohadas e hizo como que alimentaba al perro, al oso y al conejo de peluche. Durante un rato fue divertido, pero luego empezó a crecer un vacío en su interior. No eran animales de verdad; no podía hablar con ellos tanto como quería porque ellos no lo entendían. De alguna forma indescriptible era como si en realidad no estuvieran ahí.

Matt los puso de cara al muro como castigo por no ser reales y se fue a su propia habitación. Esta era mucho más pequeña, y la cama ocupaba la mitad del espacio. Las paredes estaban cubiertas de fotos de revistas que Celia había recortado: estrellas de cine, animales, bebés —a Matt no le encantaban los bebés, pero a Celia le resultaban irresistibles—, flores, noticias. Había una de unos acróbatas parados unos encima de otros para formar una pirámide enorme. El pie de foto decía: ¡sesenta y cuatro! nuevo récord de la colonia lunar.

Matt había visto estas palabras con tanta frecuencia que se las sabía de memoria. Otra foto mostraba a un hombre con un sapo entre dos rebanadas de pan que decía: el anca entre el centeno. Matt no sabía qué era un anca, pero Celia se moría de risa cada vez que veía la imagen.

Encendió la televisión para ver telenovelas. En esos programas siempre había personas gritándose entre sí. No tenían mucho sentido, o si lo tenían no eran muy interesantes. «No son reales», pensó Matt con terror repentino. Eran como los peluches. Podía hablarles y hablarles y hablarles, pero ellos eran incapaces de escucharlo.

Matt se sintió abrumado por una desolación tan intensa que pensó que moriría. Se abrazó a sí mismo para contener el grito. Sollozó y unas cuantas lágrimas le corrieron por las mejillas.

Y entonces… entonces, por encima del ruido de la telenovela y de su propio llanto, escuchó una voz que llamaba a alguien. Era clara y audible; era la voz de un niño. Y era real.

Matt corrió a la ventana. Celia siempre le advertía que tuviera cuidado al asomarse, pero estaba tan emocionado que no le importó. Al principio vio la habitual blancura cegadora de las amapolas, pero luego una sombra cruzó frente a la ventana. Matt retrocedió con tanta prisa que se cayó al suelo.

—¿Qué es esta porquería? —preguntó alguien en el exterior.

—Es una de las cabañas de los trabajadores —respondió otra voz más aguda.

—Pensé que nadie tenía permiso de vivir en los campos de opio.

—A lo mejor es un almacén. Intenta abrir la puerta.

El picaporte de la puerta se agitó. Matt se puso en cuclillas. Sentía que el corazón se le salía del pecho. Alguien se asomó por la ventana con las manos protegiéndole los ojos para ver hacia el interior sombrío. Matt se paralizó. Quería estar acompañado, pero esto estaba ocurriendo demasiado rápido. Se sentía como Peter Rabbit en el jardín de Mr. MacGregor.

—¡Mira! ¡Hay un niño allá adentro!

—¿Qué? Déjame ver. —Un segundo rostro se pegó al cristal. Era una niña de cabello negro y piel aceitunada como la de Celia—. ¡Ábrenos, niño! ¿Cómo te llamas?

Matt estaba tan aterrado que fue incapaz de articular una sola palabra.

—A lo mejor es un eejit —comentó la niña con toda naturalidad—. ¿Eres un eejit, niño?

Matt negó con la cabeza, y la niña se rio.

—Ya sé quién vive aquí —dijo el niño de repente—. Conozco a la de la foto que está en la mesa. —Matt recordó el retrato que Celia le había regalado en su cumpleaños—. Es la vieja cocinera gorda. ¿Cómo se llama? En fin, ella no vive con los otros sirvientes. Esta ha de ser su guarida. No sabía que tenía un hijo.

—Ni esposo —agregó la niña.

—Claro. Eso explica muchas cosas. ¿Lo sabrá papá? En fin, al rato le pregunto.

—¡No! —lo increpó la niña—. ¡Vas a meterla en problemas!

—Oye, este es el rancho de mi familia, y mi papá me dijo que estuviera al pendiente de todo. Tú nada más estás de visita.

—No me importa. Mi papá dice que los sirvientes tienen derecho a su privacidad, y él es senador en Estados Unidos, así que su opinión vale más.

—Tu papá cambia más seguido de opinión que de calcetines— aseguró el niño.

No alcanzó a escuchar lo que le contestó la niña, pues ya se estaban alejando de la casa. Lo único que captó fue el tono de indignación en su voz. Matt no paraba de temblar, como si acabara de ver uno de los monstruos que Celia decía que vagaban afuera, como el Chupacabras. El Chupacabras te chupaba la sangre y te dejaba tieso como cáscara seca de melón. Todo iba demasiado rápido.

Pero la niña le había agradado.

***

 

Durante el resto del día Matt se sintió abrumado por el temor, pero también por una cierta alegría. Celia le había advertido que jamás, jamás se asomara por la ventana. Si alguien se acercaba, debía esconderse. Pero había sido una sorpresa tan linda escuchar a otros niños que no pudo evitar correr a verlos. Se notaba que eran más grandes que él, aunque no sabía por cuántos años. Sin duda no eran adultos, tampoco parecían peligrosos. Aun así, Celia se enfurecería si se enterara, así que Matt decidió no contárselo.

Esa noche le trajo un libro de dibujos que los niños de la Casa Grande habían tirado. Sólo habían usado la mitad, así que Matt pasó una agradable media hora antes de la cena coloreándolo con los pequeños crayones que Celia le había traído antes. De la cocina emanaba un rico aroma a queso y a cebollas fritas, por lo que Matt sabía que Celia estaba haciendo comida aztlalteca. Era un platillo especial. Celia solía estar tan cansada al llegar a casa que sólo recalentaba las sobras.

Matt coloreó una pradera entera de verde. El crayón casi se acababa, así que tuvo que sostenerlo con mucho cuidado para aprovecharlo por completo. El verde lo hacía feliz. Si tan sólo pudiera asomarse a la ventana y ver una pradera como esa en lugar de las amapolas blancas brillantes. Matt estaba seguro de que el pasto era tan suave como una cama y que olía a lluvia.

—Muy bien, cariño —dijo Celia al mirarlo por encima del hombro.

El último fragmento de crayón se le escapó de entre los dedos.

—¡Qué lástima! Veré si te encuentro más en la Casa Grande. Esos niños son tan ricos que no se darían cuenta si me llevo la caja de crayones completa. —Celia suspiró—. Pero nada más me llevaré unos cuantos. La ratona estará a salvo siempre y cuando no deje huellas sobre la mantequilla.

Esa noche cenaron quesadillas y enchiladas. La comida le cayó un poco pesada a Matt.

—Mamá —habló sin pensar—. Cuéntame de los niños de la Casa Grande.

—No me llames mamá —lo interrumpió Celia.

—Perdón —dijo Matt. Se le había salido. Celia le había dicho hacía mucho tiempo que ella no era su mamá verdadera. Pero como los niños de la tele tenían mamás, Matt tenía la costumbre de imaginar que Celia era la suya.

—Te amo más que a nada en el mundo —aclaró ella de inmediato—. Nunca lo olvides. Pero sólo eres prestado, mi vida. —Matt no entendía muy bien el concepto de prestado. Parecía significar algo que le das a alguien durante un rato, así que quien se lo había prestado a Celia lo querría de vuelta—. En fin, los niños de la Casa Grande son unos malcriados. Créeme. Son más flojos que los gatos, pero igual de ingratos.

Hacen mucho desorden y les exigen a las sirvientas que lo limpien. Y jamás te dan las gracias, ni siquiera si llevas horas horneándoles pasteles con flores de mazapán. No te agradecerían ni aunque de eso dependiera su vida. Se llenan las bocotas de pastel y luego te dicen que sabe a lodo. ¡Egoístas!

Celia se veía molesta, como si fuera algo que acabara de ocurrir.

—Son Steven y Benito, ¿verdad? —intervino Matt.

—Benito es el más grande. ¡Es un demonio! Tiene diecisiete, y no hay chica en las fincas que se salve de él. Pero esas son cosas aburridas de adultos. En fin, Benito es igual que su padre: un perro con ropa de humano. Este año se irá a la universidad, así que ya no tendremos que verlo.

—¿Y Steven? —preguntó Matt con impaciencia.

—Él no es tan malo. A veces creo que quizá sí tiene alma. Pasa mucho tiempo con las niñas Mendoza. Ellas son lindas, aunque es un misterio para Dios mismo por qué se juntan con la gente de aquí.

—¿Cómo es Steven? —A veces era un poco tardado para Matt sacarle a Celia la información que quería; en este caso, los nombres de los niños que se habían asomado por la ventana.

—Tiene trece años y es un poco alto para su edad. Tiene cabello rubio y ojos azules.

«Ese debe ser el niño», pensó Matt.

—Ahorita las niñas Mendoza están de visita. Emilia también tiene trece años. Es muy bonita, con su cabello negro y sus ojos cafés.

 

 

¿Quién Es?

Nancy Farmer es autora de nueve novelas, entre ellas: The Ear, The Eye and The Arm y A Girl Named Disaster, cada una merecedora de una mención honorífica del premio Newberry; El estigma del alacrán, ganadora del National Book Award, y mención honorífica de los premios Newberry y Michael L.Printz, y The Lord of Opium, su muy esperada secuela. Para los lectores un poco más jóvenes, escribió una trilogía inspirada en la mitología nórdica: El mar de los Trolls, publicada por Destino. Nancy Farmer creció en la frontera entre Arizona y México en el paisaje que tanto evoca en esta novela. Vive con su esposo en un pequeño pueblo llamado Portal, en Arizona, uno de los escenarios de The Lord of Opium.

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