Helena Paz Garro: Un viaje por sus pasiones

La hija del poeta Octavio Paz y la dramaturga Elena Garro amaba la poesía, la pintura y los gatos

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04/04/2014 14:32 Patricia Rosas Lopátegui
Foto: Cortesía Patricia Rosas Lopátegui
Foto: Cortesía Patricia Rosas Lopátegui

CIUDAD DE MÉXICO, 4 de abril.- Un viaje por la poesía de Helena Paz Garro (1939-2014); pero también por sus pasiones y los recuerdos de su padre, el poeta Octavio Paz (1914-1998), y de su madre, la dramaturga Elena Garro (1916-1998). Realicé esta entrevista hace seis años, cuando el Fondo de Cultura Económica acababa de publicar, por primera vez en México, La rueda de la fortuna, una colección de 69 poemas. Creo que es el momento apropiado para darla a conocer.

—¿Por qué escribes poesía, por qué no cuento, teatro o novela?

—No sé... De repente estoy viendo una flor, un paisaje, una persona que quiero y me viene la inspiración de la poesía. A veces son sueños, por eso siento mucho un poema que le escribí a mi tía Estrella Garro, se llama Estrellas, es un sueño que tuve.

“Como ya me había pasado que cuando soñaba creía que al día siguiente escribiría el sueño y luego al despertarme el sueño se me había olvidado, esa vez puse una lámpara de noche junto a mi cama y escribí el sueño: ‘Viniste a mí/cuando yo estaba en esa casa oscura/ olorosa a humedad y a moho/.’

“Vivíamos en Madrid, cuando según los mexicanos vivíamos en el lujo pagadas por (Luis) Echeverría, cuando en realidad vivíamos en un hostal mugroso, húmedo: ‘Nos llevaste a la Tienda Mágica/ en donde yo y mi primo,/ risueño y de ojos negros/ podíamos escoger/ las arenas doradas de Florida/’, mi primo es Paco Guerrero. Yo me llevaba muy bien con él. Recuerdo claramente todavía hoy esta imagen del sueño: ‘Sobre el alféizar de la ventana/ depositaste la luna llena,/ de plata/ que colgaba de tu muñeca’. A veces las personas no creían que yo tuviera estos sueños, a colores, tan ricos en imágenes...”

—¿No crees que tienes estos sueños tan ricos por todas tus lecturas, porque eres una mujer culta y sensible?

—Pues no sé, es el inconsciente colectivo, según Jung.

—Entonces, ¿puedes decir que los sueños son una constante en tu proceso creativo?

—Sí, últimamente no he soñado. ¿Pero sabes lo que dice Jung? Cuando te va muy mal, tienes sueños muy hermosos de compensación, que te compensan de la vida cotidiana horrible. En Madrid soñé mucho.

—¿Por qué los colores son una constante en tus poemas? Los colores y las piedras, como el ónix, el záfiro...

—Porque me gustan, porque tengo un sentido pictórico muy desarrollado. Yo hubiera podido ser pintora.

—¿Nunca exploraste la pintura?

—Pues como mi papá y mi mamá eran tan “alentadores” conmigo, nunca me dijeron “dedícate a pintar”. Al contrario: “No valen nada, son copias”. La profesora de dibujo en el Liceo Francés en México, una vieja loca, nos ponía un Botticelli y decía: “Cópienlo”. No nos decía: “Así se dibuja un muslo, un brazo, una pierna”. No. “Cópienlo”.

“Y yo lo hacía tan bien que Finki Araquistáin le dijo a mi mamá: ‘Oye, Elena, esta chica es fabulosa. Ponla a estudiar pintura porque es una copista magnífica. Puede hacer copias de los cuadros y venderlos como auténticos’. Házme favor. (Risas)”.

—¿Por qué te subyugan esos mundos fantásticos?

—Porque es escaparse de esta realidad tan brutal y fea. Yo he sufrido mucho.

—¿Encuentras un santuario en estos mundos poéticos que creas?

—En esos mundos me encuentro en la felicidad.

—Y yo agregaría en la creatividad de poder ser todo lo que tú quieres ser, porque tu papá y mamá no te alentaron... ¿Cuáles son tus poetas favoritos?

—Los románticos alemanes, Hölderlin en especial, los románticos ingleses Words worth, Keats.

—¿Quién podrías decir que fue el poeta crucial en tu decisión de ser poeta?

—Hans Christian Andersen. Leí sus cuentos de niña y me fascinaron. Teníamos un libro de texto en la escuela, en Francia, cuando tenía seis años, que eran poemas franceses, me encantó ese libro. De Verlaine, de Racine...

—Otra cosa que me llama la atención en tí, como una mujer con una formación tan universal y amplia, que son muy raros los casos de poetas auténticamente bilingües, tú escribes tanto en español como en francés...

—Y en inglés también... El poema que dice: “Tengo un amante/ cuyos brazos/ son ríos frescos de la noche,/ florezco en las aguas/ mirando el brillo fosforescente/ de las acuáticas estrellas”. Lo escribí originalmente en inglés.

—La poesía se caracteriza por ser lenguaje simbólico, condensado, pero tú vas de los poemas muy sintéticos, breves, al poema de mayor aliento...

—Yo primero escribía poemas muy cortos, porque la poesía japonesa y la china me encantan.

—¿Por qué los gatos ocupan un lugar predominante en tu poesía, y forman parte esencial en tu vida?

—Me encantan los felinos. Si pudiera acostarme con un felino sería feliz. Debe ser maravilloso.

—En El gato al sol describes toda esa gracia del mundo felino: “Brillan las garras del gato/ chispas sobre el tapete./ Se estira el gato/ salta en el aire y gira”. Estoy leyendo el poema y estoy viendo las piruetas del gatito: “El gato huye por la ventana/ como el ámbar del sol./ Llevado por su estela/ atraviesa la frontera de la casa./ Entra al fin/ en el oloroso país del jardín”. El gato fundido con el mundo del jardín, que es un mundo fantástico, que no forma parte de esta realidad brutal.

—Sí. Era Moshi Moshi.

—Ah, era Moshi, Moshi..., el gatito que trajeron en el barco...

—Nos lo regalaron unos chicos refugiados polacos en Suiza, no tenían donde guardarlo. Moshi Moshi, que quiere decir “Hola” en japonés. Lo mató mi abuela, qué horror. Lo colgó con un alambre de un lazo donde se tendía la ropa.

—¿Por qué hizo eso tu abuela Pepa?

—Era muy cruel. Yo nunca lo supe hasta en Cuernavaca. Mi mamá nunca me lo dijo. Pero mi papá y mi mamá tuvieron la culpa, porque ese gato vivía muy contento en el departamento que teníamos muy grande en la calle de Nuevo Leon. Mi papá dijo: “Que se vaya con mi mamá que tiene jardín”.

“Mi abuela no le daba de comer y yo, que era muy ingenua, no notaba que el gatito tenía hambre. Yo tampoco le daba de comer porque veía que se comía las lagartijas. Yo me ponía a leer ahí con él.

“Mi mamá me contó después que cuando llegaba a verlo lo encontraba con el pelo todo alborotado. Y los vecinos le decían: ‘El güerito anda por la calle todo el día, señora’. Bueno, pero dejó muchos descendientes. Mi papá qué cruel. Mi abuela era muy hipócrita. ‘Sí, sí, que venga aquí el güerito’. Cambiemos de tema porque me pongo triste.

—El poema Octavio Paz, de 1983: “Las flores de té flotan en nuestras tazas”, me parece un poema muy triste y desolador...

—Sí, porque dizque me contenté con mi papá, me invitó a pasar una semana en Londres con él. Me llevó a Harrots, una tienda muy elegante, enorme. No creía en la reconciliación porque me regañaba mucho, él y María José.

—Sí, al final, la palabra “lágrimas”, indica que no hay esa conexión con tu papá que tú anhelas. En cambio, el otro poema, A mi padre, de enero de 1998, es un bello poema porque aquí expresas tu deseo de que él se alivie, tú convertida en un ser mágico que lo va a curar. Hay una distancia entre los dos poemas, que se marca desde el título mismo. El primero, Octavio Paz, denota una distancia entre padre e hija; el segundo, A mi padre, el amor filial lleno de recuerdos gloriosos y el deseo de recuperar ese pasado de tu infancia feliz al lado de tu papá; el poema es un viaje regresivo y expresa tu deseo de volver a esos tiempos cuando él estaba joven, bello y hermoso...

—Sí, exactamente. A mi padre: “Quisiera ser la ranita verde y húmeda/ que cantara bajo la ventana/ la canción de los bosques en primavera,/ su humedad,/ para hacerte sentir ligero y fuerte,/nadando en un agua pura/ que te llevara/ a la tierra fértil/ de la salud/ a la alegría de curarte”.

—Este poema lo escribiste tres meses antes de que él muriera.

—Sí. Como yo no tenía la dirección de mi papá, porque María José (Tramini) no me la había dado y él estaba moribundo, le mandé el poema al contable de la revista Vuelta. Lo publiqué en el Unomasuno. Y el contable se lo dio a mi papá, él me lo dijo, porque él le entregaba todo lo que salía sobre él en los periódicos y revistas. Mi papá se puso muy feliz y se mejoró. Yo leí en el periódico que de repente estaba mucho mejor, que caminaba por el jardín. Yo no sabía de qué jardín se trataba, ni dónde estaba, porque María José no quiso darme la dirección. Después supe que estaban en Coyoacán, en la casa de Alvarado.

—Paralelo a este poema, aunque de una época distinta, aparece Mi madre, pero éste data de 1958: “Sus cabellos chispean,/ sol domesticado en una casa./ Sol vagabundo errante de cuarto en cuarto/ entibia nuestras almas”.

—Sí. La vida de mi mamá y mía bajo el mando de mi papá.

—Aquí aparece otra vez el caldero: “En la mesa, el caldero sin fondo,/festín de los mendigos y los perros”.

—Sí, el caldero es un símbolo de la generosidad de mi mamá, porque le daba su dinero a todo el mundo. “Sus pasos largos/prolongan las cuerdas infinitas/de la música”, porque bailaba mucho.

—¿Y a quién le dedicas este poema tan sensual?: “y cómo quisiera/ disolverme inmaterialmente en ti”... ¿Esto es para ti el amor? ¿Así lo definirías?

—Sí y no. En esa época sí, pero después conocí el amor físico. De todas maneras el amor es la cuarta dimensión, te lleva a ser ola de mar, o fruta naranjo, te transforma.

—¿Por qué tomaste el título de tu poema La rueda de la fortuna para el libro?

—Lo que me inspiró ese poema fue la rueda de la fortuna de los pueblos, de las ferias. Desde niña me han fascinado los caballitos, los magos y la rueda de la fortuna; pero no podía ponerle Los caballitos, por eso le puse La rueda de la fortuna.

—Este poema lo escribiste en París, en 1959, ¿es un poema sobre ese mundo fantástico, de las ferias, de los circos?

—No. “El baratillo de una cartomanciana/ provocará ucxfdna persecución entre los matorrales./ La luna sangrienta de hielo,/ los aullidos de los perros,/ y luego ¿la captura?/ La taza de café se ha cuajado./ El mazo de barajas se desgrana en la noche”. Mira, una cartomanciana le está diciendo su porvenir a la muchacha. Ella le pregunta por un muchacho del que estuvo muy enamorada, era Peter Prentice, y la muchacha soy yo. Fíjate que escribí La rueda de la fortuna antes de conocer el tarot. Yo descubrí el tarot en los años 70, antes de que se pusiera de moda, ahora es una moda grotesca.

—El poema habla de un espejo: “Trebejos de un amor usado que rehúsa apagarse./¿Cómo romper el engañoso espejo/ en el cual nos reflejamos/ sobre una colina brumosa?/Tomaste, engañoso espejo,/ la apariencia de un estanque azulado/ y en él vimos/el reflejo de nuestros rostros desgarrados en los/matorrales”.

—Es un espejo mágico que les enseña a los enamorados el porvenir juntos, que no se van a separar, que van a vivir unidos en el amor, por eso digo: “Trebejos de un amor usado que rehúsa apagarse”, porque en realidad ya se había acabado el amor. El espejo nos enseñó que íbamos a estar juntos, pero nos engañó: “¿Cómo romper el engañoso espejo (...)”. De niña, en París, me enamoré de él, fue mi gran amor de niña y de adolescente. Fue un amor platónico, nuestro amor nunca se concretizó (cuento lo que sucedió en mis Memorias). Era muy amiga de sus hermanas también, yo estaba enamorada de toda la familia.

—¿Era la familia ideal?

—Sí, pero después supe algunas verdades de ellos y me desilusioné. Yo pensaba que eran de una manera y eran de otra. El poema concluye con la alusión al mundo del teatro, los actores: “seres mágicos/ cubiertos de hollín o lentejuelas”, es que en esa época yo entré como alumna al Teatro Nacional Popular, en París, en el 59. La primera parte del poema la escribí en México, acordándome de Peter y la segunda en París, en el 59. “Todo eso sucedía/ en un país/ más alto que los columpios de la Rueda de la/ Fortuna”.

 

 

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