Octavio Paz no era un santo: Enrique Krauze

Mantuvo una relación profesional con el Nobel mexicano durante más de 22 años, habla con Excélsior acerca de su más reciente libro, Octavio Paz. El poeta y la Revolución (Debolsillo, 2014). Este ensayo biográfico sobre el autor de El laberinto de la soledad, explica el editor e historiador, “no es una hagiografía”

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02/04/2014 05:19 Virginia Bautista
El historiador charla con Excélsior a propósito de su nuevo libro Octavio Paz. El poeta y la Revolución, en el marco del centenario del natalicio del Nobel mexicano
El historiador charla con Excélsior a propósito de su nuevo libro Octavio Paz. El poeta y la Revolución, en el marco del centenario del natalicio del Nobel mexicano

CIUDAD DE MÉXICO, 2 de abril.- “Si hay algo que no era Octavio Paz (1914-1998) era un santo, y para muchos no era un santo de su devoción”, admite el historiador Enrique Krauze.

Por eso, aclara, su ensayo biográfico sobre el Nobel de Literatura mexicano, Octavio Paz. El poeta y la Revolución (Debolsillo), que acaba de publicarse, “no es una hagiografía”.

El editor que “caminó” durante 22 años junto al poeta, de quien el lunes pasado se conmemoró el centenario de su natalicio, afirma en entrevista que escribir este libro fue “un desahogo”, una deuda.

“Una deuda con él y una deuda conmigo; una deuda que no saldo, porque tengo una gratitud permanente con la vida y con Octavio. Es un acto de comprensión y de afecto no exento de crítica. Simplemente es un libro que busca comprender mejor a ese gran mexicano.”

El director de la revista Letras Libres, quien conoció a Paz en 1976, lo define como un “eterno revolucionario”, como “un rebelde” que se reveló contra su propia tradición, la criticó y se autocriticó.

“Fue un gran poeta del amor, pero también fue un gran poeta en prosa que amó mucho a su país. Y lo exasperaba su país, lo decepcionaba. Y a veces lo deslumbraba y no pocas lo hacía feliz. Esa relación entrañable con México fue el origen de El laberinto de la soledad”, agrega.

En El poeta y la Revolución, que vio la luz primero como parte central de su libro Redentores. Ideas y poder en América Latina (2012), que ahora se publica por separado y con un prólogo nuevo, Krauze ha querido “simplemente leer sus pasos y leer sus textos, y pensar las circunstancias en las que fueron escritos.

“Cuidadosamente, leer y releer las cartas disponibles. Imaginarme, cosa imposible, en sus zapatos. Pensar lo que él pensaba, resentir lo que vivió, volver a sentir lo que él sentía. Es un acto de imaginación intelectual. Pero sobre todo conocerlo a él, conocerlo mejor. Un intento y una necesidad de conocer al hombre que encontré cuando tenía 62 años y de poder explicarme qué lo movió y qué lo conmovió durante esos 22 años que convivimos”, añade.

El ingeniero nacido en 1947 concluye que Paz nació entre llamas, en 1914, cuando los mexicanos enfrentaban una Revolución social y en Europa estalló la Primera Guerra Mundial.

“Y cuando Octavio vio la aurora de la Revolución rusa, que hemos querido representar en la portada del libro, se deslumbró de esa promesa, de esa ideología, y siguió apegado a ella por muchos años. Hasta que poco a poco, como quien sale de un deslumbramiento que dura mucho tiempo, empieza a ver ya no el inmenso sol, sino las siluetas y los detalles.

“Y lo que encontró finalmente, como él mismo dijo, es una pila sangrienta. Es decir, la Revolución rusa, con toda su generosa utopía, terminó petrificada en un régimen represivo, criminal, que condenó a muerte a millones de sus propios compatriotas. Se tenía que tener mucha valentía para ver de frente tus sueños de juventud hechos añicos. Él la tuvo”, comenta.

Quien fue secretario de redacción y, después, subdirector de la revista Vuelta, que el también diplomático fundó en 1976 y dirigió hasta su muerte, aclara que criticar la Revolución rusa, era criticar la cubana y la china.

“Por eso la izquierda mexicana lo linchó, lo condenó a la hoguera. Eso fue injusto y tonto, porque Octavio jamás fue un hombre de derecha, jamás fue un partidario ni de la Iglesia ni de los grandes capitales. Fue un crítico de la economía de mercado, de Estados Unidos, un crítico de los regímenes militares. Vuelta no circulaba ni en Argentina, ni en Chile.

“Fue una necedad de la izquierda negarse a dialogar con Paz. Una necedad y un error. Octavio perdió con esa falta de interlocución, pero la que más perdió fue la tradición de la izquierda mexicana, que se hubiera beneficiado mucho de un diálogo franco. Hubo polémicas, pero fue más cosa de esgrima”, explica.

¿Se le ha juzgado sin comprenderlo? “Sin duda alguna. Hay sectores en México, entonces y ahora, que condenan a la hoguera a quien no piensa como ellos. No sé quién los erigió en inquisidores y opinan con una especie de autoproclamada superioridad moral.

“En dónde está la rareza de que en los 70, después de leer la verdad de la Unión Soviética, dijera que aquello había sido un error, un pecado. Por eso hablo de la religiosidad de Paz, que le hizo asumir, con mucho dolor y mucho sentido de culpabilidad, su compromiso con la Revolución rusa”.

Krauze señala que México fue la gran preocupación del Nobel. “Muchos sucesos históricos lo cimbraron. Pero terminó desencantado en el ámbito político y moral. Al final de su vida experimentó una situación de zozobra, de incertidumbre de lo que vendría. Y tenía razón, ¿no? Porque si bien se ha fortalecido la democracia, también ha venido un México muy violento, que él supo vislumbrar”.

Pero destaca que el gran legado de Paz fue su obra y su pensamiento, que enriqueció con sus viajes. “Era un explorador, era un buen pirata. Pero no pirateaba, sino que nos trajo sus tesoros del Japón, de la poesía china, de la cultura de la India. También llevó nuestra cultura y su literatura al mundo. Fue nuestro gran embajador literario”.

Desmenuza al escritor polémico

El escritor mexicano Jorge Volpi dijo sobre Octavio Paz, de quien anteayer se cumplió el centenario de su nacimiento, que “es más fácil reconciliarse con los muertos” y que a pesar de que en vida el Nobel mexicano “fue muy querido”, también se le atacó mucho “y resultó terriblemente polémico”.

Paz fue “un hombre de una enorme lucidez y de una capacidad crítica y autocrítica ejemplar”, y una personalidad que “perseguía la polémica todo el tiempo; siempre mantuvo sus odios personales y era anti autoritario, pero él mismo ejercía un poder intelectual enorme”, dijo Volpi en la presentación en Sevilla de su novela más reciente, Memorial del engaño (Alfaguara).

También sostuvo sobre la evolución política de Paz que “muy joven fue cercano a la izquierda revolucionaria” y que, aunque nunca se afilió al comunismo, sí ejerció de compañero de viaje.

Fue a partir de 1945 cuando, según Volpi (Ciudad de México, 1968), Paz “se irá distanciando cada vez más de la izquierda que considera cómplice de los crímenes del estalinismo”, ya que ese año permanece en Francia y conecta con los intelectuales que denuncian los regímenes comunistas del Este y de la Unión Soviética.

No obstante, Paz renunció a ser embajador de México -fue el único que lo hizo, ha recordado Volpi- tras la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas y todavía entonces, a final de los años sesenta, “tuvo la idea de fundar un partido de izquierda anti autoritaria, pero no cuajó”.

A partir de los años setenta fue más cercano a los liberales y a la derecha política y, matizó Volpi, “a acercarse también cada vez más al poder político y económico; entonces la izquierda lo toma por su enemigo principal, y él también toma a la izquierda como enemigo principal; así empieza la gran batalla”.

Octavio Paz “fue un crítico feroz del sandinismo” y en 1994, “como detestaba cualquier guerrilla”, criticó el movimiento zapatista, pese a lo cual “simpatizó” con el líder de la insurgencia, el subcomandante Marcos.

“Fue como si Paz hubiera sentido nostalgia; como si el Paz viejo se reconociera en aquel blanco que se fue a trabajar con los indígenas y no fue tan crítico con la figura de Marcos”, señaló Volpi, al recalcar que la evolución política del Nobel “no fue tan obvia”.

En los últimos años de su vida, “palabras como solidaridad y hermandad y algunos valores de la izquierda” volvieron a estar presentes en su pensamiento, “como si al final lo que hiciera fuese volver a su juventud”.

La novela de Volpi Memorial del engaño trata sobre los “criminales financieros” que provocaron la actual crisis económica, de la que, no obstante, aseguró que “los grandes responsables son los políticos que por ceguera ideológica o intereses creados por el mundo económico no han cuidado de la sociedad”.

De las consecuencias de la crisis dijo que España “se está pareciendo cada vez más a América Latina, la desigualdad es cada vez mayor, los pobres y las clases medias cada vez están más distantes de los ricos”.

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