Describen al Paz cotidiano

Peleonero, sutil y radical al mismo tiempo, provocador y polemista que le picaba la lengua a los otros porque amaba el box de las ideas. Ese era el Octavio Paz cotidiano

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29/03/2014 05:03 Juan Carlos Talavera

CIUDAD DE MÉXICO, 28 de marzo.-Solidario y amable. Un solitario que pasaba horas en la biblioteca como un fauno en su laberinto, un personaje raro que dejó de lado la vida social, aunque era capaz de atender el teléfono a las cuatro de la mañana para hablar sobre Paul Valéry con algún desconocido. Así era el Octavio Paz de todos los días.

Dicen que su mirada era transparente y su figura imponía pese a no ser muy alto, que era peleonero, sutil y radical al mismo tiempo, un provocador y polemista que le picaba la lengua a los otros porque amaba el box de las ideas; un pensador que se convirtió en el ogro filantrópico del mundo intelectual mexicano, donde ejerció su caudillaje con mano dura. También ese era Octavio Paz (1914-1998) y estas son algunas estampas de su vida.

“A Octavio no le gusta que le tomen fotos”, le dijo Marie-José Paz al fotógrafo Rafael Doniz una tarde de 1984, mientras preparaba la cámara para una sesión que habían pactado dos meses atrás para El Colegio Nacional.

Entonces Doniz recordó las enseñanzas de Manuel Álvarez Bravo, su maestro, quien esperaba captar el instante perfecto en una imagen. El fotógrafo revive aquella sesión de donde nació la imagen que hoy se utiliza para celebrar el centenario del nacimiento de Octavio Paz.

Sí, es esa imagen donde el intelectual posa en su biblioteca, sosteniendo la barbilla con la mano izquierda, mientras dirige la mirada a un horizonte inalcanzable, la misma que se ha impreso y distribuido en miles de folletos, carteles y anuncios distribuidos por toda la Ciudad de México. 

Luego Marie-José volvió a hablar: “Le pido que sea muy serio para cuando veamos todas las fotos. Octavio y yo le vamos a decir cuáles se van a escoger, y no quiero que las otras circulen por ningún motivo”. Rafael asintió ante la mirada del poeta y se comprometió a volver con las fotografías.

La idea de esa sesión sedujo a Doniz meses atrás, cuando Albita Rojo lo recomendó a El Colegio Nacional para hacer un registro de todos sus miembros. Sin pensarlo, Doniz llamó al poeta y le propuso una cita.

“Llamé por teléfono al maestro Paz para explicarle la idea. Pero él me pidió que le repitiera mi nombre y luego me preguntó si yo era algo del pintor Roberto Doniz. Le dije que sí, que era mi hermano, y entonces comenzó a contarme que lo había conocido.”

Antes de colgar aquel primer día, Octavio Paz le dijo al fotógrafo que le llamara un mes después a la misma hora. Así lo hizo. Pero el poeta le pidió que le llamara un mes después al mediodía. Fue entonces cuando acordaron cita.

“Me pasó a su biblioteca, donde había orden y una gran cantidad de papeles en su escritorio, eran cientos de hojas y muchos libros con señalizaciones en sus páginas. Recuerdo que fue cordial conmigo, sus movimientos eran muy pausados, sus manos también y no manifestaba presunción alguna”, recuerda el fotógrafo que entonces tendría 36 años. Luego apareció Marie-Jo.

“Yo estaba nervioso y él muy tranquilo. Pero empezó a platicarme de Francisco Corzas y de Francisco Toledo –pintores amigos de mi hermano–, de Juan Soriano y me preguntó por Arnaldo Coen”. Entonces el obturador de la cámara comenzó a sonar y Doniz se convirtió en uno de los pocos que hicieron posar a Octavio Paz.

Tras una pausa, Marie-Jo se acercó a Paz, él la abrazó y sin pensarlo Doniz tomó una foto. De inmediato se escuchó la voz de la inseparable esposa: “¡Quiero ver esa foto!”.

Una de las cosas que Doniz quiso captar aquel día era los ojos del poeta. “Quería captar la transparencia de sus ojos. A mí me impactaron. Ya lo había visto en imágenes y en televisión, pero cuando lo vi me impactaron sus ojos claros; eran de una transparencia… irradiaban algo. Me fijé mucho en eso y perdí un poquito el resto de todo, aunque cuidé el encuadre. Pero eran sus ojos los que yo estaba buscando, que en el ángulo en que los tomara tuvieran esa brillantez que noté desde que platiqué con él”.

Semanas después, el fotógrafo llevó las imágenes a la casa Paz y, para su sorpresa, le dijo que hacía mucho no veía una foto que le gustara tanto.

“Él estaba encantado con las fotos y me dijo que volviera otro día para tomarle más. Esto lo escuchó la señora Marie Jo y quizá eso influyó para que se eligiera esa foto como la imagen representativa del centenario”, reconoce con modestia.

De la segunda sesión, el fotógrafo sólo comenta que ésta ocurrió en la sala de su casa, donde había piezas orientales y algunas esculturas. Luego llegó el momento de seleccionar las fotografías. Así que acomodó las veinte tomas que hizo en las dos sesiones, de las cuales sólo eligieron cuatro de la primera y otras tantas de la segunda. Pero cuando Marie-Jo vio el retrato donde Octavio la abrazaba le dijo a Doniz: “Quiero pedirle un favor: rompa ese negativo”.

¿Y rompió aquella fotografía?, se le pregunta a Doniz.

(Silencio)

Era peleonero

El escritor Alberto Ruy-Sánchez sonríe con satisfacción al pensar en Octavio Paz. Recuerda que él era capaz de contestar el teléfono a las cuatro de la mañana y quedarse platicando horas sobre Paul Valéry con un desconocido.

Además, lo recuerda como “una persona extremadamente rara”, en el sentido de que frente a él parecía estar frente a alguien poseído por algo más grande que el conocimiento. “Era algo extraño, como si adentro de Octavio Paz hubiera otro Octavio Paz. ¿Será eso el genio? Yo no lo sé”.

Y al mismo tiempo lo evoca como alguien que se divertía al ver los gestos de los anarquistas, como la ocasión en que un grupo intentaba desacralizar los restos de los héroes, en la Columna de la Independencia. “Entonces Octavio se atacaba de la risa como un niño”.

Lo cierto es que también “era un peleonero, era como un muchacho que tiene que pelear con los de la mesa de junto. Le encantaba pelear, sobre todo discutir, pues le encantaba el box de las ideas”.

Además, Octavio “era muy argumentativo. Pero al mismo tiempo era alguien que escuchaba y lo sé porque tuve con él conversaciones diarias casi hasta que murió”, recuerda.

¿Cuáles fueron las últimas preocupaciones de Octavio Paz?, se le pregunta al también editor de la revista  Artes de México. “En sus últimas conversaciones sobre política, esperaba que México no cayera en una ingobernabilidad. Esa era su
preocupación mayor”.

Aunque los recuerdos más vívidos de Paz, reconoce Alberto, son sus enseñanzas, esencialmente su pasión por la reflexión. “Sobre todo, él era un apasionado, todo lo que vivía lo hacía con gran pasión y al mismo tiempo debo decirte que siempre hacía sus textos… nadie le escribió una página, a diferencia de muchos famosos que tuvieron ayudantes que les escribieron. No conozco a ningún joven que haya trabajado tanto como él”, asegura.

Hacia 1987, Octavio Paz ganó el Premio Internacional Menéndez Pelayo. Ese día Ruy-Sánchez lo llamó a su casa para felicitarlo. Pero Paz le respondió con un tono sereno que los premios eran un equívoco y que siempre los conceden por otra cosa y que no había que darles importancia.

Días después, el propio Ruy-Sánchez fue galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Los nombres del aire. Entonces Octavio lo llamó para felicitarlo.

Ante la contradicción, Ruy le dijo: “Pero Octavio, quedamos que los premios son un equívoco”. Pero el poeta reviró: “No, no… siempre son un equívoco, pero más vale un equívoco feliz que uno infeliz”.

Una de las últimas conversaciones que Alberto sostuvo con Paz sucedió en el jardín de su casa de Coyoacán, donde charlaron sobre poesía, literatura… y la muerte.

“Entonces él me dijo que la vida tiene un valor que hay que defender. Pero que también hay que aceptar y enfrentar la muerte; no hay por qué rebelarse cuando la muerte es inevitable y comenzó a recordar la muerte de sus amigos.”

Y recuerda que uno de los planes que no alcanzó a concretar el Nobel de Literatura mexicano, fue su idea de hacer cinco tomos de La llama doble, libro que escribió en dos meses y medio.

“Él tenía ese proyecto. Eso me dijo. Al mismo tiempo sentía que no había escrito todo lo que quería. Esa era una preocupación constante. Era realmente imparable. Nada lo detenía en su curiosidad. Además estaba muy interesado en la ciencia, en la física cuántica y en la neurología y quién sabe qué habría salido de todo eso…”

Fue un ogro filantrópico

Para el poeta Hugo Gutiérrez Vega, Octavio Paz no era una persona fácil. “Era amable, sí, por supuesto, pero estaba tan ocupado y saturado de compromisos que no era una persona fácil”. Pese a todo, fueron amigos.

“Además, en un momento se convirtió en la principal personalidad intelectual de México y ejerció —como diría Enrique Krauze— su caudillaje con mano dura. Y llegó a ser en algunos aspectos el ogro filantrópico intelectual del México de su tiempo. Aunque, claro, yo me quedo con lo mejor de Octavio: esas largas conversaciones y la posibilidad de discrepar”.

Reconoce que discrepar con Octavio Paz no implicaba algún precio. “Tal vez se perdía simpatía, pero no se pagaba ningún precio. La libertad de expresión es lo más notable de Octavio y tal vez eso hizo que se olvidara de la vida social y de la igualdad, o quizá fue su obsesión anticomunista, pues veía al estalinismo por todos lados”, recuerda.

¿Pero era válida su postura frente al estalinismo?, se le pregunta al también vate. “Sí, entiendo que criticara al estalinismo, pero llegó a situaciones verdaderamente extremas de antiestalinismo. Lo cierto es que como todos los hombres, Octavio tuvo sus claroscuros, pero yo rescato la libertad y sobre todo el diálogo”.

Y añade: “En muchos aspectos no coincidíamos, pero él siempre me dio libertad de no coincidir y yo lo acepté, porque la libertad de expresión es en el fondo la gran enseñanza de la vida y la obra de Paz”.

Por último, Gutiérrez Vega recrea dos momentos de su amistad con el Nobel mexicano. Uno sucedió luego de que Octavio escribiera La hija de Rappaccini, obra de teatro basada en un cuento del escritor estadunidense Nathaniel Hawthorne (1804-1864).

Dicha obra fue estrenada en México con la actuación de Juan José Arreola como Rappaccini. Pero algunos años después el propio Gutiérrez Vega trabajó como actor en la Casa del Lago y, al representar el mismo papel, se sorprendió de que Octavio fuera a todos los ensayos y al estreno.

Y al final de la puesta le dijo: “En muchos aspectos tu Rappaccini es el personaje mismo reencarnado”. Luego recorrerían el bosque y se fueron platicando sobre escritores franceses.

El segundo momento se
refiere a un encuentro poético en el Palacio de Minería. “Éramos ocho escritores y entre ellos estaban Paz y Efraín Huerta. Pero como días antes Octavio había hecho algunas declaraciones criticando a los sandinistas; cuando le tocó leer sus poemas, los estudiantes empezaron a gritarle y a chiflarle. Octavio se quedó perplejo y bajó sus papeles, pero Efraín se levantó de su lugar, lo abrazó y le dio un beso en la frente. Entonces aquellos muchachos se callaron y Octavio leyó sus poemas”.

Apacible e inconforme

Para terminar el académico y crítico cubano Enrico Mario Santí recuerda a Octavio Paz como un hombre al que le gustaba discutir. “Le gustaba discutir, incluso cuando yo no tenía ganas. Entonces me buscaba la lengua sobre cualquier tema, sobre todo el que sabía me picaría, como  las mujeres o ¡la política cubana!”, recuerda.

Pero “Octavio no era apacible, sino todo lo contrario: era intenso e inconforme, no podía quedarse quieto. Pero siempre fue amable, o más. Mi mamá, dama habanera, lo hubiese llamado: un señor fino, porque cuando yo lo visitaba acompañado de otra persona, una amiga por ejemplo, se desvivía por hacerla sentirse cómoda… gajes del embajador”. 

Incluso el propio Fernando Savater ya lo ha definido como ese hombre que acudía en momentos de desánimo y hastío, para brindar una palabra, una carta o una broma como acicate para continuar.

Así lo recordó el año pasado tras recibir el Premio Internacional de Poesía y Ensayo “Octavio Paz” en El Colegio Nacional, donde Savater aseguró que Octavio entendía la labor del intelectual como una presencia cívica permanente,
aunque no siempre atraía aplausos y entusiasmos.

Y cuando el filósofo español padeció la crítica en su país, el propio Paz le dijo: ‘Mira, la mejor forma de caer antipático a todo el mundo es tener razón antes que los demás’. “Y es verdad… esa es una constante y a Octavio Paz le ocurrió de una manera extraordinaria”, remató el filósofo.

Sin embargo, en la historia personal e intelectual de Octavio Paz existen muchas más historias que falta por contar. Está pendiente, por ejemplo, su relación y las fricciones que tuvo con la escritora mexicana Elena Garro, fallecida igual que el poeta en 1998, y con su hija Helena Paz —quien hoy se encuentra en la Casa de reposo Villa Laurel y no fue localizada para este texto—, pero que serán abordadas por el crítico literario Christopher Domínguez Michael en un libro que publicará editorial Aguilar.

Además, los encuentros y desencuentros que tuvo con el escritor Carlos Fuentes, relación que ha sido explorada, entre otros, por el traductor Alfonso González. Pero esas son sólo algunas de las estampas que no aparecen en este álbum sobre el poeta centenario.

 

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