Octavio Paz: el poder, luz y contraluz

En esta quinta entrega de ocho, se revisa la relación del poeta con el poder en México.Expertos en su obra consideran que el autor de El ogro filantrópico adquirió una gran influencia política desde su renuncia como embajador de México en India, en protesta por la represión estudiantil en Tlatelolco, influencia que fue creciendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y llegó a su clímax en 1990, cuando obtuvo el Nobel

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28/03/2014 05:58 Virginia Bautista
Octavio Paz, en 1977, recibiendo el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura de manos del presidente López Portillo.
Octavio Paz, en 1977, recibiendo el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura de manos del presidente López Portillo.

CIUDAD DE MÉXICO, 28 de marzo.- Como el “magnífico polemista” que fue, “a veces rudo y despiadado”, un “gran catalizador del debate”, un escritor de “inteligencia impresionante”, un personaje a cortejar por los poderes, el poeta y ensayista Octavio Paz (1914-1998) despertó en la comunidad cultural mexicana sentimientos ambivalentes: admiración y enfado, respeto y hasta odio.

Único Nobel de Literatura mexicano, el también diplomático, traductor y editor, de quien el próximo lunes, 31 de marzo, se festeja el centenario de su nacimiento, conjunta en “su compleja personalidad” al joven “que militaba a favor de los campesinos y obreros”, al “ídolo de la juventud de izquierda en 1968”, al impulsor de empresas culturales y trabajos colectivos, al crítico de los totalitarismos del partido político que fueran y al intelectual que, con el tiempo, “se volvió intolerante con quienes no compartían sus ideas”.

Por eso, en el marco del centenario de su natalicio, el ensayista, crítico y poeta Evodio Escalante pide “ver la luz y la contraluz de Paz” y que se ponga fin al “clima autoritario” que lo rodea, que no permite la crítica.

“Hay un clima sofocante desde hace muchos años. Promovido, claro, por los herederos de Paz, por quienes viven de su nombre. No toleran la menor divergencia, ni poética ni ideológica. Eso ha creado un clima poco democrático que, desgraciadamente, veo corroborado y continuado en estos festejos del centenario de su natalicio.

“Todo es loas de antemano y no hay el menor asomo de hacer un balance crítico de sus aportaciones y de las fallas que pudo tener su pensamiento y también su obra literaria”, detalla.

El poeta y ensayista Armando González Torres, autor de Las guerras culturales de Octavio Paz, piensa que la presencia del autor de El laberinto de la soledad en la cultura mexicana fue no sólo intelectual, sino pasional, y que sus polémicas son verdaderas “joyas del ingenio”, por eso permanecen vivas en la memoria.

“Como las célebres escaramuzas que tuvo con Carlos Monsiváis en 1977, cuando Paz le dijo que no era un hombre de ideas, sino de ocurrencias, y Carlos le respondió que Paz no era un hombre de ideas, sino de recetas. Hay momentos memorables y realmente divertidos”, afirma.

“Paz era alguien de mente animosa en su forma de debatir. Tenía la virtud de no esconder la mano, de subirse al cuadrilátero con motivos grandes o menudos, en un país que no está acostumbrado a debatir”, añade González Torres.

“Participó en todos los debates importantes de México del siglo pasado, desde los debates que en su juventud estaban en boga, entre el nacionalismo y el cosmopolitismo, entre el arte puro y el comprometido, hasta los debates sobre la revolución posmoderna y el levantamiento zapatista que le tocó vivir en la etapa final. Imprimió en casi todos su huella polémica.

“Su obra es muy rica, muy fecunda, muy controvertible, pero es importante volver a ella y promover la crítica y el debate a partir de la lectura de la obra, y no a partir de los estereotipos que se generaron en torno a Paz”, señala el ensayista.

De ídolo a líder

Ambos estudiosos de la obra del autor de El ogro filantrópico reconocen que éste adquirió un gran poder cultural y político desde su renuncia como embajador de México en India, en 1968, en protesta por la represión del movimiento estudiantil en la Plaza de Tlatelolco, que fue creciendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y llegó a su clímax en 1990, cuando obtuvo el Nobel de Literatura.

“En 1968 se convierte en el ídolo, en la figura admirada por los estudiantes de izquierda. Se convierte en el Marcuse mexicano. La renuncia fue un acto de enorme valentía. Eso le permite tener un capital político como una figura pública, no sólo como un poeta, sino en un intelectual de izquierda”, explica Escalante.

Creador y director de las revistas Plural, que publicó el periódico Excélsior de octubre de 1971 a julio de 1976, y Vuelta, que editó de manera independiente, en las que “mostró a México ante el mundo” y su voz adquirió un peso contundente, Paz ha inspirado, asegura el periodista cultural y editor Braulio Peralta, diversos mitos.

“Como que a él se le debe la creación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) en 1988, siendo que éste nació de las diversas ideas publicadas por Gabriel Zaid. Mucho de lo que proponían sus amigos y la gente que trabajaba con él en Vuelta se piensa que era iniciativa suya; pero no, él sólo apoyaba los proyectos que le convencían”, explica.

“Sin duda, el grupo de Paz, en este caso el grupo de Vuelta y sus herederos, la revista Letras Libres, sí usufructuaron los beneficios de pertenecer a su equipo de trabajo. Pero a él no se le dio más que lo que le correspondía por sus propios méritos”, agrega.

La etapa más polémica de Paz, admiten los entrevistados, fue la década de los 90 de la pasada centuria, porque “ya no conservó la distancia que él mismo recomendaba entre el intelectual y el príncipe”, “se acercó demasiado a los gobiernos de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo”, destaca Escalante.

El autor de Las sendas perdidas de Octavio Paz cita la forma como el poeta organizó, junto con la revista Vuelta, en el verano de 1990, el encuentro Experiencia de la libertad, que se transmitió por Televisa, al que invitó a importantes intelectuales del mundo, entre ellos el ahora también Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, quien aseguró tajante, ante el enojo del propio Octavio Paz, que “México era una dictadura perfecta”. De manera expedita, el escritor peruano salió del país.

Dos años después se generó otra polémica. Paz dejó el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, que dependía del recién creado Conaculta, tras declarar que este organismo estaba “viciado por la parcialidad”, porque lo excluyeron del Coloquio de Invierno, organizado con la UNAM y la revista Nexos, rival de Vuelta, lo que provocó la renuncia del entonces titular del Conaculta, Víctor Flores Olea.

Los protagonistas de estos episodios aún no cuentan su historia. “Todo mundo se siente obligado a decir maravillas de Paz. Se ha perdido la oportunidad de hacer un balance más equilibrado de su pensamiento y obra, porque no es un escritor perfecto, nadie lo es”, concluye Escalante.

“Es importante redescubrirlo con toda la incomodidad y lo controvertible de su pensamiento. No se trata de erigir monumentos, sino de ejercer la crítica como a él le hubiera gustado”, remata González Torres.

Peralta resume la postura política del poeta. “Toda su etapa fue la de un rebelde consumado. Cuando gana el premio Nobel de Literatura pide que le devuelvan la tierra a los campesinos, eso se olvida; se va en contra del mercado del arte, habla en contra de los imperios y las hegemonías. Octavio Paz buscaba un proceso democrático”.

Fundador de la modernidad

El crítico literario peruano Julio Ortega, experto en literatura latinoamericana y catedrático de la Universidad de Brown, define así la relación que Octavio Paz mantuvo frente al Estado y las instituciones culturales.

“Pertenece a la historia intelectual de los fundadores de la modernidad latinoamericana. Como Andrés Bello, creyó que el agente cultural de lo moderno sería un sujeto formado por la capacidad civilizadora del Estado. Como Sarmiento, pensó que ese sujeto vendría de la cultura urbana, de las relaciones horizontales promovidas por la ciudad.

“Por lo mismo, fue muy sensible a las tareas culturales del Estado mexicano y, seguramente, creyó que habría que distinguir entre el Estado en tanto instituciones públicas, y el gobierno, como la fatalidad del poder”, apunta.

El también escritor menciona una carta que Paz escribió a Carlos Fuentes, después de la represión del movimiento  estudiantil de 1968. “Le dice que el PRI es un fenómeno único en el mundo político moderno, sólo visto en el mundo eslavo: una casta política de monopolio del poder, que organiza y ocupa el espacio político y social.

“La matanza de Tlatelolco demostró, si entiendo bien, la máxima voluntad de poder del PRI, pero, a la vez, ese exceso era obsceno: una desmesura de las furias que asuelan a México periódicamente. Creo que Paz comprendió que el PRI sólo podía desmontarse como barbarie y volver a la ciudad de los hombres”, dice.

Respecto a la polémica que rodeó a los encuentros La experiencia de la libertad y el Coloquio de Invierno, Ortega asegura que “lamentablemente, esa es la peor época de la historia intelectual de México. Aparece la figura del ‘asesor político’, usualmente un intelectual de ideas de avanzada que trabaja en la imagen pública del gobernador de turno.

“Hoy todo ello parece demasiado lejos: ha terminado la era del intelectual público. Dudamos de la integridad intelectual de alguien que quiere dictaminar una verdad a costa de los otros; y sospechamos de la salud moral de quienes ejercen la violencia verbal y contaminan al lenguaje de mediocridad. Hay que recuperar a Octavio Paz para la tolerancia que nos debemos”, exige.

Este tema, La letra y el cetro: los intelectuales y el poder, será abordado hoy, a las 12 horas, en el encuentro Octavio Paz y el mundo del siglo XXI, que se ha organizado en el marco del centenario de su nacimiento en El Colegio Nacional (Luis González Obregón 23, Centro Histórico), con la participación de Christopher Domínguez Michael, Michael Ignatieff, Mark Lilla y José Woldenberg.

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