Origen de un Premio Nobel, Octavio Paz

Con el recuento de los primeros años de la vida del Nobel de Literatura, Excélsior comienza una serie de ocho entregas en las que se revisarán las diferentes facetas del poeta y ensayista, las cuales concluirán el 31 de marzo, fecha en que se celebra el centenario del natalicio del autor de El laberinto de la soledad

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24/03/2014 05:30 Luis Carlos Sánchez
Para conmemorar el centenario del natalicio del ensayista y poeta, hoy inicia en estas páginas una serie que revisa sus principales facetas >4-5
Para conmemorar el centenario del natalicio del ensayista y poeta, hoy inicia en estas páginas una serie que revisa sus principales facetas >4-5

CIUDAD DE MÉXICO, 24 de marzo.- “Es una especie de fuga ante el dolor”, dice convencido el poeta y ensayista Armando González Torres sobre la decisión que Octavio Paz tomó, en 1937, de marcharse a Mérida, Yucatán, como maestro rural. El joven poeta estaba por cumplir apenas 23 años y una terrible experiencia habría de marcarlo toda la vida: su padre, afectado por el alcoholismo, fue arrollado por un tren. 

Los versos de Pasado en claro (1975) son contundentes al describir la escena: “Del vómito a la sed, atado al potro del alcohol, mi padre iba y venía entre las llamas. Por los durmientes y los rieles de una estación de moscas y de polvo una tarde juntamos sus pedazos”.

Su llegada a Mérida el 11 de marzo de 1937, no sólo significó abandonar la carrera de derecho sino el inicio del periplo que confirmaría el carácter intelectual de Octavio Paz.

“Yucatán es fundamental para Octavio Paz porque, pese a que provenía de una familia patricia, de mucha estirpe, era una familia venida a menos en lo económico. Paz había padecido privaciones económicas y el encontrarse en Yucatán, no sólo con desigualdades extremas, sino con una realidad enorme de discriminación racial, hace que sus convicciones políticas se profundicen”, dice González Torres.

Ya en la Escuela Secundaria 3, Paz había participado en la huelga estudiantil por la autonomía universitaria en 1929. Un año después junto a su amigo José Bosch fundó la Unión de Estudiantes Pro Obreros y Campesinos e ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria (en el antiguo Colegio de San Ildefonso), a donde hacía por lo menos una hora en tranvía desde Mixcoac.

Una estirpe de intelectuales refuerzan sus conocimientos; en el aula: Antonio Caso, Samuel Ramos, Julio Torri, Carlos Pellicer y José Gorostiza; en los cafés: Xavier Villaurrutia y Jorge Cuesta. Su primer ensayo Ética del artista, es publicado a los 16 años en la revista Barandal que fue fundada junto con otros entusiastas como Rafael López Malo, Salvador Toscano y Arnulfo Martínez Lavalle.

Entonces ya tenía claro que quería ser poeta y revolucionario. “Es un personaje impetuoso, se quiere comer el mundo, en ese momento abraza las causas de la izquierda y busca un cambio radical (junto con Bosch había leído a los anarquistas). Como en todos los jóvenes intelectuales de la época, no concibe el arte como un mero artificio, como una mera recreación del espíritu, sino como algo que debe cambiar la vida”, agrega González Torres.

Con toda aquella ebullición intelectual y el golpe que significó la muerte del padre, Octavio Paz decide abandonar la carrera de derecho e irse a Yucatán: “El amor, la revolución y la poesía están ya en sus temas y problemas juveniles”, dirá el escritor Gabriel Zaid. En nombre del comunismo, paz dará clases de literatura española a hijos de obreros y campesinos, también marcha con la consigna de replicar ese modelo educativo en otros estados como Campeche y Tabasco.

Infancia entre libros

“Como todos los niños, construí puentes imaginarios y afectivos que me unían al mundo y a los otros. Vivía en un pueblo de las afueras de la Ciudad de México, en una vieja casa ruinosa con un jardín selvático y una gran habitación llena de libros.”, escribió el mismo Octavio Paz en 1990 sobre sus primeros años de vida. 

Aquella vieja casa y un cuarto lleno de libros habrían de ser los “Primeros juegos, primeros aprendizajes” que el futuro Premio Nobel tendría en el alejado pueblo de Mixcoac. El pequeño Octavio Paz había nacido en buena cuna, la política siempre estaba presente en las conversaciones familiares y los libros fueron casi de manera natural, uno de sus principales refugios.

“El jardín se convirtió en el centro del mundo y la biblioteca en caverna encantada. Leía y jugaba con mis primeros compañeros de escuela. Había una higuera, templo vegetal, cuatro pinos, tres fresnos, un huele-de-noche, un granado, herbazales, plantas espinosas que producían rozaduras moradas. Muros de adobe. El tiempo era elástico; el espacio, giratorio”, agrega en La búsqueda del presente, la conferencia que dio después de recibir el Nobel.

Hay que imaginar a ese Octavio Paz, dice la poeta y catedrática Roxana Elvridge-Thomas, “muy precoz, absorbiendo todo lo que está a su alrededor. Es un Octavio Paz que tiene un abuelo liberal, un padre zapatista y una madre de derecha. Él escucha todas las discusiones que se dan en la mesa y absorbe todas las plásticas que se están dando, su primera infancia transcurre durante el periodo de la Revolución”.

Pero el bullicio de la Revolución Mexicana llegaba lejano al pueblo de Mixcoac, “El barrio era tan callado y tan tranquilo que podía oírse el paso del tiempo”, escribió el poeta.

Paz, de quien este año se conmemora un siglo de su nacimiento, vio la luz el 31 de marzo de 1914 en la Ciudad de México. Su abuelo, Irineo Paz, fue abogado, escritor y partidario de Porfirio Díaz; su padre, también Octavio Paz, ejerció la abogacía y el periodismo.

Defendiendo la causa zapatista en Estados Unidos, Octavio padre dejó a su pequeño vástago viviendo con su madre y su abuelo. La casa donde el futuro poeta pasó los primeros años fue la de Irineo Paz, el abuelo, el primer hombre que Paz poeta vio morir cuando apenas tenía diez años de vida. “Ahí tienen una biblioteca enorme, maravillosa, en donde él lee todo lo que está a su alcance, ahí lee a Víctor Hugo, a Zola, a Balzac, a Byron, a Tolstoi, a Emilia Pardo Bazán, Emilio Castelán, a Sarmiento, a San Martín, ahí se llena de literatura”, dice Elvridge-Thomas.

Paz lo recordará así: “Los libros de estampas, particularmente los de historia, hojeados con avidez, nos proveían de imágenes: desiertos y selvas, palacios y cabañas, guerreros y princesas, mendigos y monarcas. Naufragamos con Sindbad y con Robinson, nos batimos con D’Artagnan, tomamos Valencia con el Cid. ¡Cómo me hubiera gustado quedarme para siempre en la isla de Calipso!”.

La tranquilidad de la casa del abuelo se acabó por un corto periodo en 1920, cuando el pequeño Paz y su madre acompañaron al padre al exilio en Los Ángeles, tras el asesinato de Emiliano Zapata. 

Allá fue al jardín de niños y de regreso a México ingresa a El Zacatito, un colegio francés lasallista, aunque la instrucción primaria la terminará en el Colegio Williams, de donde pasa a la Escuela Secundaria 3. Después, en la Escuela Nacional Preparatoria, el carácter intelectual de Octavio Paz, terminaría por definirse.

Recuerdo de los primeros años

El mismo Octavio Paz habría de encargarse de reconstruir parte de su vida de niñez y juventud. Sus primeros pasos, “los revela en dos obras principalmente: en Pasado en claro (escrito a los 70 años, cuando ha regresado de sus labores como diplomático) y en su poema Vuelta, donde rememora su infancia y su primera juventud, ahí habla de Mixcoac”, señala la poeta Roxana Elvridge-Thomas.

En otros textos como Nocturno de San Ildefonso o la conferencia La búsqueda del presente, preparada para ser dictada tras recibir el Nobel de Literatura en 1990, el poeta también revela la vida de sus primeros años. Para el segundo tomo de las memorias de Irineo Paz, publicadas por el Fondo de Cultura Económica, el Nobel mexicano habrá de escribir una semblanza sobre su abuelo titulada Silueta de Irineo Paz en el que también revela datos acerca de sus primeros años.

“Uno de mis primeros recuerdos infantiles –escribe– es una amplia terraza rectangular. El piso era de losetas bien ajustadas en forma de rombos blancos y azules. Tres alas de la terraza estaban bordeadas por las habitaciones, el comedor, un saloncito circular con un tragaluz, la biblioteca, la sala de esgrima y otras dependencias. La cocina, la despensa y los cuartos de servicio se alineaban atrás de la casa propiamente dicha, a lo largo de un corredor con un barandal de ladrillo rojo que colindaba con el jardín.”

Ahí vivió sus primeros años Octavio Paz junto con su abuelo, que “iba y venía por aquellas soledades (de la casa) como quien se adentra en sí mismo”, su madre, su tía Ifigenia “que cocinaba y servía lo mismo para un barrido que para un regado” y el tío Elodio, “que era el jardinero y el hombre de los mandados”.

El bautismo social en España

La aventura en Yucatán como profesor rural durará apenas unos meses debido a que Octavio Paz es invitado a Valencia a participar en el Primer Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, que comenzaría en julio de 1937. Ese viaje, señala Armando González Torres, “es el gran bautismo social de Octavio Paz”, no sólo a nivel intelectual, sino también político.

La Guerra Civil Española había estallado en 1936 y Octavio Paz coincidía con los ideales republicanos. Apenas dos meses después de haber llegado a la península, el joven poeta regresa a la Ciudad de México, unas semanas después contraerá matrimonio con Elena Garro y el 16 de junio, se embarca junto con ella, hacia España.

“Es fundamental el viaje a España por varias razones, él está en Yucatán, en ese momento también se casa y decide irse a España, es un viaje verdaderamente revelador. Él es apenas un veinteañero, apenas tiene una plaqueta de poesía, no es alguien muy conocido y tiene la oportunidad de codearse con la pléyade de escritores progresistas que manifiestan su solidaridad con la causa republicana”, dice González Torres.

Octavio Paz habría sido invitado por intercesión de Pablo Neruda, al que le había enviado su primera plaqueta, “Neruda había quedado muy gratamente impresionado con ella. El viaje es un momento muy conmovedor, porque ahí observa la comunión que hay en torno a los ideales de la República, la heroicidad. Al mismo tiempo comienza a observar designios de intolerancia que minan la propia causa Republicana”, agrega.

En España habrá de reencontrarse con José Bosch, a quien el poeta creía muerto en el campo de batalla. Pero aquel reencuentro representará también el comienzo de su decepción por la izquierda: “se reencuentran durante una lectura; pálido y perseguido, Bosch le dice que está en grave peligro, sus propios camaradas lo persiguen. Esta vivencia en carne propia ante el dramatismo de las purgas internas, el dogmatismo y la exclusión dentro de la propia izquierda es algo que marca a Paz, a partir de ahí comienza cierta reserva, cierto alejamiento con respecto a la izquierda más dogmática”, dice.

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