Eros Alesi, un poeta que vivió al límite

Los cuadernos inéditos, agrupados en el libro Voces Paranoicas, ofrece una bitácora de creación y locura del último poeta maldito de Italia

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23/03/2014 00:09 Héctor Baca

CIUDAD DE MÉXICO, 23 de marzo.- El “último poeta maldito de Italia”, Eros Alesi, quien “se aferró al clavo ardiente de la droga”, ve nuevamente la luz para deslumbrar y conducir al lector al límite de la palabra.

La historia de Alesi (1951, Lacio, Italia), podría ser la de cualquier yunky predestinado a zigzaguear por los bordes de la conciencia alterada y los límites de la razón.

Así que la única diferencia que tenía él de los cientos de adictos de su época fue una libreta repleta de poesía, que escribió durante el embrujo que vivió por las adicciones duras.

Alesi murió bajó los efectos y el abuso de cocteles letales de drogas y alcohol. No cayó del muro por accidente, se lanzó… un suicidio-performance-poético llevado hasta las últimas consecuencias, acto que resultó prematuro para su tiempo y su muerte no significó más que el deceso de un vagabundo
cualquiera.

Alesi compartía —desde Europa— ideales con una generación trasatlántica que irrumpió en las urbes estadounidenses en la primera mitad del siglo XX, enarbolando ideales que se convertirían en normas modernas: exceso, paz, libertad.

Llamado el “poeta norteamericano del siglo XX italiano” (Giorgio Manacorda), Alesi fue un artista ajeno y tan distante de Italia, a pesar de sus neovanguardias; su medio natural fue la calle desde adolescente; escapó de casa, huyó de un padre alcohólico y golpeador, para refugiarse con los capelloni, la comuna hippie italiana, donde se embarcó en un viaje de aventuras, excesos, robos y estafas, para terminar suicidado; de él se supo hasta 1973, gracias a una publicación que en esta ocasión imprime la editorial Cuadrivio.

Se trata de cuadernos inéditos, agrupados en el libro Voces Paranoicas —edición bilingüe, traducida por Hiram Barrios—, la cual ofrece una bitácora de los últimos días de creación y locura de uno de los poetas que evoca vida y obra esa oscura tradición poética empujada por Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Jack Kerouac.

El ensayista y traductor Hiram Barrios conoció de Alesi en sus años de estudiante. Comenzó a traducirlo a manera de ejercicio de lectura cuando estaba aprendiendo italiano. Recuerda que al leer Mamá morfina, le impactó la belleza y crudeza del poema. Fue uno de los primeros escritores que tradujo, señala, después el interés creció y de esa manera comenzó a rastrear la estela de este artista maldito.

El azar, cuenta el traductor, lo fue llevando a otros poemas de Alesi, inéditos en su mayoría, y se aventuró a traducirlos por curiosidad. Con los años, dice, reunió una selección de textos que le permitieron emprender la edición de la antología que este sello editorial independiente publica.

Se trata de textos que nos atrapan en el periplo que Alesi vivió en Europa, sin pertenencia o dinero alguno en los bolsillos, salvo los poemas que escribía sobre cualquier pedazo de papel.

El 31 de enero de 1971, aparece su cuerpo en las ruinas del Muro Torto, en Roma. Llegó hasta los 19 años. En sus ropas había firmado un manifiesto determinante, una bella oda al suicidio:

Antes de morir, apunta Barrios, Alesi había viajado por Italia, Grecia, Turquía, Pakistán y la India. Como muchos de su generación, emprendió el viaje hacia ese paraíso milenario no contaminado por occidente. Fue un viaje de liberación y autoconocimiento. Lo apodaban  El Pastilla, por su gusto por los barbitúricos, y era conocido por su atractivo físico, la jovialidad de su rostro, de una belleza un tanto femenil, que le fue de mucha ayuda para no morir de hambre, sin dinero y en un país desconocido.

Pero dicha travesía devino en tormento. Tuvo que robar, engañar y agredir para mantenerse. A su regreso, los pinchazos de opio, las anfetaminas y las pastillas surtieron efecto: la paranoia lo llevó a la rehabilitación. Pero al mes de estar en Boloña, al cuidado del siquiatra Luigi Cancrini, aceptó su dependencia a mamá morfina, que su casa era la calle, de esa manera signaba su destino.

Tras salir de Boloña regresó a Roma, a las cuevas del Pincio, a espaldas del Muro Torto. La mayoría de poemas que se conservan pertenecen a los últimos días de su vida. Alesi dejó poemas en varios cuadernos que guardaba en dichas cuevas, o que regalaba a sus amigos. Tras su muerte, poemas como Querido padre o Mamá Morfina circularon de mano en mano. La comuna de Milán, donde vivió algunos meses, imprimió sus poemas y las repartió en las plazas y parques como un homenaje al poeta.

Dos años después de su muerte se le rinde culto en una revista de renombre. Algunos de sus poemas, desde entonces, comienzan a incluirse en distintas antologías. 

Un traductor con tradición

¿Aún existen los poetas malditos ?

Existe y seguirá existiendo el “malditismo” y la bohemia. Lo importante, en todo caso, es saber distinguir el talento del cliché. La rebeldía, la aventura o los excesos no son garantía de creatividad o sentido crítico. No todo vitalismo es necesariamente estético.  

¿Cómo llegó a ti el escritor italiano?

Supe de Alesi en mis años de estudiante. Pero, como a la mayoría de los lectores mexicanos, fue la plaquette de Guillermo Fernández la que me presentó al poeta. Tener a la mano una versión en español me daba la seguridad de arriesgarme. Alesi fue uno de los primeros poetas que traduje, cuando ni si quiera pasaba por mi mente ejercer esa profesión. El azar me fue llevando a otros poemas de Eros, inéditos en su mayoría, y me aventuré a traducirlos por curiosidad. Con los años, reuní una selección de textos que me permitieron emprender la edición del libro.  

¿Cuál es la importancia de recuperar la obra de Eros Alesi?

Se trata de un autor de culto. No ha pasado inadvertido entre los lectores, pese  a la marginalidad en la que ha circulado su obra. Más de un poeta mexicano, por ejemplo, le ha dedicado versos o poemas. Sin embargo, en Alesi podrían aplicarse aquellas palabras que dijera Villaurrutia sobre Velarde: “es más admirado que leído”. Es un poeta conocido por su vida al límite, pero poco reconocido por sus letras. 

Con este rescate, los lectores tienen al alcance una muestra poética de un autor conocido más por sus anécdotas de enfant terrible o poeta maldito. La antología permite juzgar la obra del poeta, reivindicarla, y en eso radica su importancia.  

¿Cuál es la diferencia entre la versión anterior con la realizada por Guillermo Fernández sobre el poeta beat?

La procedencia de los textos. Se trata de un poeta que no publicó en vida. Fragmentos de su obra, durante los años setenta, fueron incluidos en un par de antologías. Guillermo Fernández sólo tuvo acceso a esos materiales cuando realizó Mamá morfina, en 1981. Su selección es parca porque en ese momento se conocían no más de quince poemas de Eros. Voces paranoicas ofrece versiones alternativas a las de Mamá Morfina. En los cuadernos de Alesi, rescatados hace no mucho por Remo Marcone, poemas como “Querido padre” o “Roma” muestran variantes significativas. Decidí incluir las versiones de Marcone porque me parecieron más fieles. Los originales en los que se basó Fernández —en especial Franco Cordelli— muestran un Alesi “editado”. Quien compare los cuadernos de Alesi me dará la razón. Incluyo además dieciséis poemas traducidos al español por primera vez y doy noticias bibliográficas del autor. 

¿La vitalidad de Alesi en qué radica? 

El italiano apuesta por una creación poética que no esté mediada por el intelecto. Su escritura es una automatización o, mejor aún, una improvisación envolvente. Se lanza a la escritura como lanza a vida: de golpe, sin importar las consecuencias, sin medirlas siquiera. Por eso su lectura está llena de sorpresas, de inventiva y de pulsiones internas llevadas a las últimas consecuencias.

Alesi es aún un poeta singular, cuya obra, traducida ya a varios idiomas, comienza a formar parte del acervo cultural de la mejor poesía contemporánea. 

 

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