Inés Arredondo: “Tan extraña y tan íntima”

El pasado jueves se cumplieron 86 años del natalicio de la escritora. La investigadora literaria Patricia Rosas Lopátegui la recuerda a través de su obra, en la que exploró diferentes espectros de la condición humana, a la manera del Marqués de Sade, de Balzac o de Marguerite Duras

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22/03/2014 00:00 Patricia Rosas Lopátegui/Especial
Inés Arredondo, alrededor de 1960. Foto: Archivo familiar Segovia-Camelo. En Óyeme con los ojos: de Sor Juana al siglo XXI. 21 escritoras mexicanas revolucionarias, de Patricia Rosas Lopátegui, UANL, 2010, vol. 1

CIUDAD DE MÉXICO, 22 de marzo.- Inés Amelia Camelo Arredondo, como otras escritoras que se rebelan en contra del autoritarismo del padre, eligió llevar su apellido materno, porque en su abuelo Francisco Arredondo —papá Pancho— fue en quien encontró el apoyo amoroso y económico para estudiar, aprender y llegar a ser una de las escritoras más innovadoras y relevantes de la literatura mexicana y universal.

Inteligente y curiosa, de niña prefirió leer que perder el tiempo en nimiedades. Recibió premios y distinciones. Rechazó la vida complaciente de las niñas de buena cuna. Pero sus intereses intelectuales no fueron comprendidos ni por su padre, Mario Camelo Vega, ni por su madre, Inés Arredondo Ceballos, quienes la presionaban para que se sometiera a la vida doméstica, a las “buenas costumbres” de las mujeres de sociedad. Desde la infancia, la rebelión en contra del autoritarismo paterno, la relación conflictiva con su madre dominante y tradicional, la presión de los valores familiares, la moral católica rígida en la que se le educa, provocaron fuertes depresiones en Inés.   

Pasó su infancia en Culiacán y Eldorado, este último el espacio donde vivían sus abuelos maternos y donde solía pasar sus vacaciones de verano. Eldorado es el lugar mítico —el Ixtepec de Elena Garro, el Macondo de Gabriel García Márquez— en el imaginario de Inés, en su vida y en su obra. El ingenio azucarero Eldorado, ubicado cerca de Culiacán, encarna para ella la libertad, el amor incondicional de Francisco Arredondo y su esposa, Isabel Ibarra, madre adoptiva de la madre de Inés. En ese paraíso terrenal, bajo la protección de sus abuelos maternos, podía ser ella misma.

En contra de la voluntad de su padre, cursó la preparatoria en Guadalajara y al término de ésta, gracias al apoyo económico de papá Pancho, llegó a la Ciudad de México para estudiar Filosofía, en la UNAM, en 1947. Un año más tarde, a causa de una crisis espiritual provocada por las lecturas de Nietzsche y Kierkegaard, se cambió a Letras Hispánicas. En 1953 se casó con el poeta Tomás Segovia, con quien tuvo tres hijos: Inés, Ana y Francisco.

Inés Arredondo pertenece a la generación del Medio Siglo, la que surgió con la Revista Mexicana de Literatura, al lado de figuras notables como Huberto Batis, Juan García Ponce, el propio Segovia, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo y José de la Colina, entre otros. Desde los años cincuenta escribió ensayo, reseñas, notas y artículos periodísticos. Sin embargo, como les sucedía a las mujeres en esa época, en que el mundo estaba dominado y les pertenecía sólo a los hombres, trabajaba a la par de sus colegas varones, pero su inteligencia les implicaba una amenaza, por lo que relegan su colaboración y anulan su nombre. Cuenta la misma Inés, en entrevista con Sergio González Levet: “Es curioso, yo siempre estuve metida en la revista, pero como sombra: las reuniones eran en casa de Tomás y mía, y yo sí votaba y todo, pero mi nombre no aparecía en la revista; mesas de redacción iban y mesas de redacción venían, y a mí me tocaba corregir planas, corregir galeras, seleccionar material y todo eso”.

Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores (1961-1962); ahí escribió su primer volumen de cuentos, La señal (1965). El crítico y periodista Huberto Batis, uno de los promotores y estudiosos más asiduos de la obra de Inés, hizo un análisis puntual en la contraportada de la primera edición de La señal:

En los datos inconexos y desquiciados de una historia —dice Inés Arredondo— no se encuentra la verdad; el escritor debe descubrir el momento central, cazar la señal que obligue a los hechos a cobrar significación, a cumplir su destino, a existir de modo absoluto en un tiempo que no transcurre —el del arte—, ya que en la vida todo desaparece antes de que lo hayamos mirado bien. Si el escritor no consiguiera encontrar el sentido que torna radiante la realidad, nunca podría ésta llegar a pertenecernos. Encarnizándose —ella lo dice— impúdicamente en las historias ajenas, Inés Arredondo relata, con destellos de una angustia total, la perdición de la Pareja, que pudo habitar “algo muy parecido al Paraíso Terrenal”, vivir libremente un mundo milagroso de gratuita perfección, y alcanzar una plenitud natural que, porque les pareció interminable, engañosamente no la aceptaron necesitada de porvenir. Así, Él y Ella tropiezan con el otro mundo imperfecto y difícil, y perciben lo irreal de su felicidad. Saben entonces del bien y del mal, descubren que “el amor no tiene un solo rostro” y encuentran la culpa. La Pareja, de múltiples nombres y relaciones, va a saber de los tentadores y de la caída, y a partir del mal va a intentar —unas veces con éxito, casi siempre con fracaso— alcanzar la redención, o al menos el bien del otro.

Sostén familiar

En 1962, después de varios años de conflictos conyugales, Arredondo se separó de Tomás Segovia y el divorcio se llevó a cabo en 1965. Como madre divorciada, se desempeña en los siguientes puestos para sostener a sus hijos: miembro de la mesa de redacción de la Revista Mexicana de Literatura en 1965; investigadora de la Coordinación de Humanidades (1965-1975); conferencista invitada en Indiana University y Purdue University en 1966; profesora en los Cursos Temporales (UNAM) en la materia Siglos de Oro y profesora de Literatura en la Escuela de Cine de la misma UNAM (1965-1968); crítica de la sección México en la cultura, suplemento de la revista Siempre!, 1965-1967; colaboradora de Radio Universidad UNAM, 1965 a 1970; colaboradora en el Diccionario de Escritores Mexicanos del Centro de Estudios Literarios de la UNAM, editado en 1967; profesora de la Escuela de Teatro del INBA, 1965 y 1967; redactora del Departamento de Información y Prensa, UNAM, 1965-1968; coguionista con Juan García Ponce de Mariana, largometraje dirigida por Juan Guerrero, 1967; profesora de Historia del teatro en la Universidad Iberoamericana, 1970; investigadora del Centro de Estudios de Historia de México, Condumex, de 1966 a 1973.

Cuentista por antonomasia, también es autora de los volúmenes Río subterráneo, con el cual obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia (1979) y Los espejos (1988). El FCE compiló sus relatos, Inés Arredondo. Cuentos completos (2011).

La escritora y crítica Alaíde Foppa comentó a propósito de Río subterráneo: “No es frecuente percibir en la obra de un escritor ese sentimiento de intimidad, de profunda vida interior, que se desprende de los relatos de Inés Arredondo. Dos adjetivos que ella aplica a la luna —‘tan extraña y tan íntima’— convienen a su prosa. Otros elementos que integran la atmósfera de sus narraciones son: la soledad y la quietud. Esto no significa que no sucedan cosas —algo pasa en cada una de las narraciones—, pero se diría que los personajes esperan quietamente lo que ha de acontecer: la muerte, la locura, la devastación, la violación... Y otro elemento sería el silencio. (...) Son solitarias las mujeres de estos relatos: rechazadas, abandonadas, incomprendidas. Los personajes parecen no tener salvación. Hay algo, sin embargo, que los salva: la quieta belleza de ese clima enrarecido en el que están situados”.

En 1972, contrajo matrimonio con el médico cirujano Carlos Ruiz Sánchez. Con una salud muy deteriorada, causada por la enfermedad maniaco-depresiva que padecía desde la infancia, así como problemas en la columna vertebral, la autora de Los espejos tuvo que pasar los últimos años de su vida postrada en cama. Pero como todas las mujeres creadoras y brillantes, nunca dejó de escribir.

El gobierno de Sinaloa y la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) le rindieron varios homenajes y reconocimientos: la medalla Fray Bernardo de Balbuena, otorgada por primera vez en el estado, en noviembre de 1986; un homenaje en Culiacán para reconocer sus méritos literarios (marzo de 1987); el doctorado honoris causa de la UAS (mayo de 1988); y un segundo homenaje a sus méritos literarios (noviembre de 1988).

Inés Arredondo fue una gran conversadora —como queda demostrado en las entrevistas que ofreció—, una escritora excepcional e insólita que nunca dejó de explorar el lado oscuro de la humanidad para darnos un espejo de los lastres que dañan a hombres y mujeres; una narradora con una mirada incisiva, una artesana de la palabra y del alma humana.

Entrevista (fragmento)

¿Cómo te defines a ti misma? Definir, no creo que pueda definirse a una persona más que caricaturescamente, esto es, destacando de una manera desmesurada, en un momento dado, una característica particular suya o un gesto, una frase que reúna varias de ellas. Pero definir es totalizar, y somos muchas cosas: historia, carácter, actitudes... No somos, estamos siendo, interior y exteriormente: fieles, contradictorios, en todos los planos de la vida, que son muchos, que se refieren a muchas personas, a muchas cosas. Creo que ni aun muertos seríamos definibles. ¿Quién puede saber de cierto, cuál es el yo mismo de otro, si ni siquiera ese otro lo sabe?

¿Qué opinas ahora del cuento? ¿Cuál es tu idea del cuento?

Mi idea del cuento sigue siendo la misma: encontrar la trascendencia de una historia.

¿Cuál es la virtud literaria que prefieres? La sabiduría. (...)

¿Por qué generalmente en tus cuentos la comunicación de los sentimientos, sobre todo del amor, se da a través de la mirada? Es verdad que eso sucede en mis cuentos. Bien, para mí una mirada es la expresión más significante del ser humano. Casi podría decir que atraparlas, interpretarlas, describirlas, es una de las necesidades básicas de mi temática. No olvides que “los ojos son las ventanas del alma”. Y mi necesidad es la de encontrar y tratar de comprender almas, aunque para ello tenga que recurrir, a veces, al oficio menor de describir caracteres. Creo que si uno es mirado, es decir, reconocido, no puede tener más que una realidad amorfa. (Entrevista de Ambra Polidori, “Inés Arredondo: La sensualidad abre el misterio y el deslumbramiento”, unomásuno, 1978).

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