Muestran su faceta poética

Seis de las mejores narradoras mexicanas, cuyas obras en prosa son hoy referencia ineludible dentro de la literatura nacional, exploraron también con talento la lírica, aunque esa labor sea poco conocida

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08/03/2014 06:19 Patricia Rosas Lopátegui */ Especial

CIUDAD DE MÉXICO, 8 de marzo.- Hoy que se celebra el Día Internacional de la Mujer hago hincapié en seis escritoras mexicanas reconocidas mundialmente como narradoras, dramaturgas o artistas, pero, por diferentes razones, cada una de ellas desconocida como poeta. De Carmen Mondragón, bautizada por el pintor Dr. Atl con el seudónimo de Nahui Olin, se destaca su talento como pintora y modelo de fotógrafos y artistas como Edward Weston, Antonio Garduño o Diego Rivera. Sus poemarios publicados en los años 20 del siglo XX nunca se reeditaron y se fueron olvidando. Gracias a Tomás Zurián, apenas en 2011 pudo rescatarse su producción escrita.

La poesía de Nellie Campobello ha quedado eclipsada por su magníficasprosa sobre la Revolución Mexicana, especialmente por Cartucho (1931). Sin embargo, dos años antes, Campobello había difundido su primer libro, un poemario titulado Yo, firmado por Francisca, a manera de seudónimo, aunque en realidad ése era su verdadero nombre.

Guadalupe Dueñas soñó con ser poeta. Leyó, admiró y escribió sobre Edgar Allan Poe, Ramón López Velarde, Emily Dickinson, Concha Urquiza, Federico García Lorca..., y mientras escribía largos poemas fue amiga de Octavio Paz, Salvador Novo, Pita Amor, Rosario Castellanos y Luis Cernuda. Pero el padre Alfonso Méndez Plancarte, su amigo y guía intelectual y espiritual, le anunció que sus narraciones superaban sus versos y era mejor que se dedicara al cuento y sepultara su ambición de poeta. A pesar de esta recomendación, Dueñas escribió un sinfín de poemas que permanecieron guardados en sus cuadernos.

La Décima de Josefina Vicens que aparece a manera de epígrafe en su célebre novela Los años falsos (1982), nos remonta a la poesía ontológica de Santa Teresa de Ávila: “Vivo sin vivir en mí,/ y de tal manera espero,/ que muero porque no muero...”. Sus dos novelas, la ya mencionada y El libro vacío (1958), han colocado su nombre en el panorama de la literatura universal. Sin embargo, también vivió sacudida por el dios Apolo y fundió la prosa con la poesía: en esa Décima condensa la desosegada vida del protagonista de Los años falsos.

Elena Garro se dio a conocer el milenio pasado como periodista, dramaturga, novelista, cuentista, guionista, memorialista, pero como poeta nunca pudo salir a la luz pública. En su hogar —nada sólido— el poeta siempre fue únicamente Octavio Paz, su marido. Las imágenes perturbadoras de su poema A un pescador simbolizan su estado anímico al lado de Paz. Es autora de Los recuerdos del porvenir (1963), el claro antecedente de Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez, y de piezas y relatos con los que renovó el teatro y la cuentística en lengua española. Sus Cristales de tiempo se opusieron al olvido en 2011.

Cuando Julio Cortázar leyó los primeros cuentos de Amparo Dávila, no dudó en comentarle: “Desde mi punto de vista, usted escribe admirablemente bien”. Decir Amparo Dávila es decir El huésped, La señorita Julia, Moisés y Gaspar, además de otros de sus renombrados relatos. A pesar de que la escritora publicó tres poemarios: Salmos bajo la luna (1950), Meditaciones a la orilla del sueño (1954) y Perfil de soledades (1954), antes de sus libros de cuentos: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964) y Árboles petrificados (1977), sus poemas han permanecido al margen de su obra. Hace tres años el Fondo de Cultura Económica reunió su poesía en un volumen, en donde se recopilan asimismo sus poemas dedicados a quien fuera su esposo, el pintor Pedro Coronel.

He aquí a estas exquisitas y casi  desconocidas poetas mexicanas. Bajo su pluma la poesía cobra diferentes matices: es deconstructora, lúdica y erótica (Nahui Olin), aguerrida, transgresora y armónica (Nellie Campobello), filosófica, festiva y sensual (Guadalupe Dueñas), metafísica y apasionada (Josefina Vicens), desesperanzada, surrealista, cáustica y mordaz (Elena Garro), onírica y amorosa (Amparo Dávila).

Aunque la poesía no haya sido la espina dorsal del trabajo creador de todas ellas, versificaron y (versifican) “admirablemente bien”.

*Investigadora y profesora de la Universidad de Nuevo México, EU.

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