Gabriel García Márquez y la búsqueda del amor primigenio

La presencia de Macondo en las letras del Premio Nobel de Literatura; aproximación al 'Gabo' y su obra

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06/03/2014 21:17 Yess Huerta / Foto: Especial
Gabriel García Márquez y la búsqueda del amor primigenio
Gabriel García Márquez y la búsqueda del amor primigenio

CIUDAD DE MÉXICO, 6 de marzo.- Hace ya 87 años que Aracataca, Colombia vio nacer a su hijo pródigo, el amo de las letras que se entienden sin necesidad de separarlas con signos de puntuación y el maestro del realismo mágico latinoamericano.

Gabriel García Márquez. El escritor, novelista, cuentista, guionista y periodista colombiano; ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, comenzó su consagración en las letras periodísticas desde aquel llamado Bogotazo de 1948 cuando decidió dejar atrás su carrera en derecho y se unió al periódico El Universal de Colombia, para comenzar a escribir sobre el asesinato del liberal Jorge Eliécer Gaitán y sobre uno de los hechos más relevantes del siglo XX en la historia de Colombia.

Con La Hojarasca; García Márquez dio sus primeros pasos en el mundo de la literatura y la novela corta, en ella revela una fuerte influencia por el escritor norteamericano Willian Faulkner, en esta novela vio la luz por primera vez Macondo; legendario y fantasioso pueblo creado por el propio ‘Gabo’ y al que se remitiría sucesivamente en obras posteriores convirtiéndolo en su Alter Ego.

El autor ha confesado que aprendió de Graham Greene un álgebra para codificar el trópico. Mediante unos pocos elementos, dispersos pero unidos por cierta coherencia, podía reducirse “todo el enigma del trópico a la fragancia de una guayaba podrida”. Idénticos detalles botánicos y bestiarios rotaron de novela en novela: zancudos, astromelias, alcaravanes, gallinazos, campanadas de iglesias, almendros de hojas podridas. Por supuesto en Macondo caerá siempre la lluvia.

Macondo no siempre fue el mismo, a pesar de conservar los mismos aromas de frutas tropicales y la humedad que sólo las verdes plantas selváticas pueden regalar, este pequeño pueblo fue creciendo a la par de la escritura de su creador. Nació a partir de la necesidad de buscar un nuevo comienzo en el realismo mágico  hasta convertirse en un gran referente del ‘boom latinoamericano’.

La inmadurez literaria que se presenta en La Hojarasca fue cambiando a lo largo de cuatro libros para poder llegar a la obra maestra de Márquez; “Cien años de Soledad”, en donde Macondo se convierte en un territorio lleno de guerras federalistas, malas epifanías, lluvias de mariposas amarillas y funestas maldiciones que no dejan de caer sobre la prole de Don Aureliano Buendía.

Puesto a administrar su sobrevivencia, García Márquez tildó de superficial la escritura de su obra más conocida, mostró preferencia por otros libros suyos, sostuvo haber escrito “Cien años de soledad” para desviar la atención de sus lectores hacia una novela publicada antes: “El coronel no tiene quien le escriba”. Pero este sombrío destello de humildad o tal vez intencionada soberbia tardó poco en desaparecer.

La hojarasca fue el primer libro que yo publiqué cuando vi que no podía escribir Cien años de soledad. Y ahora me doy cuenta que el verdadero antecedente de Cien años de soledad es La hojarasca”, indicó Gabriel García Márquez.

Después de “Cien años de soledad” atinaría parcialmente, por aquí y por allá. Compondrá un memorable encuentro entre el anciano dictador y la reina de la belleza en “El otoño del patriarca”, dejando las tierras de Macondo abandonadas por un tiempo, para después regresar a él aunque sea en evocación en forma de todas las novelas rosas con una novela rosa, “El amor en los tiempos del cólera”, obra de un cursi que se hace pasar por cursi. 

Amén de su narrativa, el Nobel colombiano es autor de unas memorias de infancia y juventud, y de un periodismo confundible con su literatura, al que podría calificarse de ‘columnismo sentimental’, no tan atento a la verdad como a las emociones. Vivir para contarla, sus memorias, permite reconocer a los vecinos de Macondo en los lugares menos pensados.

Así Macondo podrá entregarse a jóvenes y niños en la confianza de que lo terrible está domesticado y cualquier desgracia resulta irrelevante. No habrá necesidad de cerrar las tapas de un portazo, porque siempre el autor borrará lo inadmisible con la dulzura de la frase que siga.

Los lectores más jóvenes entrarán en la obra narrativa de García Márquez con la misma felicidad irresponsable de Amaranta Buendía. Apartarán tiranos y libertadores, asesinatos y guerras, ruinas y señales del Apocalipsis hasta dar con el acto fundamental del universo macondiano: el amor primigenio.

 

asj

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