“Deseo honrar esta responsabilidad”: Juan Villoro

En su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, el escritor recuperó la figura de Ramón López Velarde y lo hizo dialogar con el irlandés James Joyce

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26/02/2014 01:56 Juan Carlos Talavera

CIUDAD DE MÉXICO, 26 de febrero.- Juan Villoro evocó la presencia del poeta Ramón López Velarde, a quien hizo caminar por las calles de la ciudad durante su discurso de ingreso a El Colegio Nacional. Después lo hizo pasear por las páginas de autores como Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, William Faulkner y Marcel Proust, pero, sobre todo, del irlandés James Joyce, donde el escritor adivinó la presencia del poeta.

Antes de comenzar su discurso, Villoro ocupó su lugar entre aplausos junto a sus amigos y la comunidad intelectual que lo acompañó la noche de ayer. Pero hubo un detalle que lo inquietó y tuvo que sopesarlo en silencio: la silla vacía a su lado izquierdo donde debía estar su padre, el filósofo Luis Villoro, quien llegó al final del acto protocolario.

Con la sonrisa de un niño, Juan Villoro subió al escenario, tomó el micrófono como si fuera un dulce y, entre más aplausos, agradeció la distinción de convertirse en miembro de dicha institución. Entonces clavó la mirada en Manuel Peimbert, presidente en turno del Colegio y le dijo: “Espero honrar la elevada responsabilidad que me confieren”.

Luego recordó que este acto sería presidido por José Emilio Pacheco. “Imaginarán ustedes la ilusión que me hacía contar con su presencia, la cual ha puesto a prueba nuestro ánimo y nos ha obligado a recordar que la literatura es la más asombrosa manera de conversar con los difuntos”.

El título de su discurso fue Históricas pequeñeces. Vertientes narrativas en Ramón López Velarde: un clásico revisitado, donde recordó que la inmortalidad le llegó al poeta aquel 15 de junio de 1921, luego que José Vasconcelos editara 60 mil ejemplares de la revista El maestro, donde aparecía La suave patria y de que el presidente Álvaro Obregón decretara tres días de luto
cívico.

Poco después perfiló al poeta que creía en una democracia sin adjetivos, que apoyó a Madero pero repudió la violencia, lanzó dardos contra Zapata y luego de que en junio de 1914 una división villista asesinara a su tío Inocencio López Velarde, reforzó su rechazo a la lucha armada. Sin embargo, fue un personaje central del relato de la modernidad mexicana.

Después entró en materia y dijo que tanto Jorge Luis Borges como Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo lo admiraron, e incluso Samuel Beckett lo tradujo. “Pero sigue siendo un autor que se conoce muy poco fuera del país… y la mejor semblanza que le ha dedicado un escritor extranjero fue Pablo Neruda, la cual por cierto es ficticia”.

En su opinión, la gran narrativa del siglo XX fue una intensa aventura poética que llevó los nombres de Faulkner, Thomas Mann, Proust, Joyce, Onetti, Ramón del Valle Inclán, Navokov y Juan Rulfo.

Pero… ¿existe una línea de fuerza entre López Velarde y Joyce o se confunde el efecto con el efectismo?, se cuestionó con una media sonrisa. 

“Joyce y López Velarde son ríos apartados y distintos. Ninguno de los dos autores conoció al otro”, así que el diálogo de su ponencia fue conjetural, casi un juego de sombras, aunque no se podría negar la presencia de la poesía en la prosa de Joyce, ni la narración en los poemas de Velarde, pues la poesía velardiana también cuenta historias.

Ahí está Los muertos, relato de Dublineses de Joyce, donde el protagonista descubre la fuerza del amor a partir de la certeza de quien todos sus conocidos desaparecerán como las sombras.

Y en el penúltimo capítulo de Ulises enlista los temas de los que hablan Bloom y Dédalo, “y asombrosamente es el repertorio casi íntegro de López Velarde: la música, la literatura, la comida, la patria, la prostitución, la Iglesia católica el celibato eclesiástico, la identidad y la educación religiosa”.

Pero además, Ulises es la historia de un regreso, donde Joyce prepara a su protagonista para volver a casa, la Ítaca doméstica, del mismo modo en que López Velarde vuelve al hogar en El retorno maléfico, El viejo pozo y El sueño de la inocencia.

Aunado a que “tanto el sistema de comparaciones, la exploración de las posibilidades naturales del habla, la mitologización de lo cotidiano y la libertad rítmica del lenguaje, emparentan a ambos autores”, así como la manera en que educaron su estilo.

Al final de su discurso, Villoro mostró cuán poética puede ser la prosa y se despidió con una misiva a López Velarde: “Se ha hecho tarde. Una campana suena en alguna parte, una ventana se enciende en una alcoba. Es hora de que el silencio recupere sus derechos, la noche es ya perfume y pan y tósigo y cauterio. El poeta que se fue acaba de volver”.

Eduardo Matos Moctezuma respondió el discurso de Villoro, donde destacó sus premios, su trayectoria literaria, su potencia narrativa y sus múltiples facetas como cronista, escritor de ficción y de explorador del pasado prehispánico.

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