Fallece el escritor Federico Campbell a los 72 años

Un derrame cerebral, provocado por complicaciones de la influenza que contrajo hace dos semanas, fue la causa del fallecimiento del escritor, traductor y periodista tijuanense nacido en 1941

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16/02/2014 08:26 Luis Carlos Sánchez

CIUDAD DE MÉXICO, 16 de febrero.- El virus A H1N1 venció finalmente a Federico Campbell Quiroz. Ayer a las 16:20 horas, el autor tijuanense falleció a los 72 años luego de que sus familiares decidieron desconectarlo tras sufrir un derrame cerebral masivo a consecuencia del virus de la influenza que se había incubado en él. Fueron dos largas semanas las que el autor permaneció hospitalizado sin que su salud mejorara.

 “No hay mucho que agregar”, dijo Federico Campbell Peña, su hijo, tras el deceso de su padre. Hoy los restos del escritor, periodista y traductor, serán velados en el Panteón Francés de San Joaquín y hasta el momento se desconoce si será homenajeado: “No sé nada, mi papá era muy sencillo, era más del pueblo”, agregó su hijo.

Sencillo y generoso, peatón constante de la colonia Condesa —donde vivió sus últimos años—, así comenzaron a recordar a Campbell por todas partes. “Fue mi protector, el que me impulsó al principio y después también, era un hombre muy comprometido con los escritores que le proponíamos algo, nunca se negaba a ayudar. No me acuerdo cuándo lo conocí, pero fue hace mucho cuando él venía a Culiacán a dar charlas; era un gran conversador y de corazón muy abierto”, recordó el escritor Élmer Mendoza.

Para el autor de Balas de plata, Campbell se convirtió prácticamente en un guía. “Muy fácilmente se hacía amigo de él y además daba el tiempo que uno le requería. Yo inmediatamente le tomé confianza y cada que nos veíamos le confiaba lo que estaba haciendo, cómo me sentía. Un día que estaba escribiendo Un asesino solitario (su primera novela aparecida en 1999) le dije ya sé lo que tengo que hacer y él me dijo: adelante, siempre con esa actitud”.

Federico Campbell, dice Mendoza, era además “un hombre que llevaba el norte a todas partes”. Al DF lo trajo consigo a los 20 años de edad, justo en la misma época en que su padre —un telegrafista desprestigiado a causa del alcoholismo y sus ausencias— falleció. Sus primeros años transcurrieron en Tijuana: “Nos gustaba mucho… cruzar la línea e ir a las tiendas de segunda mano de San Diego a comprarnos polainas, cantimploras, cascos del Army, chamarras de aviador de cuello de borrego, gorras de estambre verde olivo”, escribió él mismo en su blog (horalelobo.blogspot.mx), eran los años 40, años de guerra.

El escritor eligió el periodismo para dar sus primeros pasos en las letras. Fue corresponsal en Washington de la Agencia Mexicana de Noticias y a lo largo de su vida escribió en diferentes publicaciones de México, incluido
Excélsior. “Era un gran periodista, reportero excepcional, escribió muchísimo sobre Tijuana, era un hombre muy generoso que siempre compartió sus conocimientos, también muy conocedor de (Leonardo) Sciacia”, dijo la premio Cervantes de Literatura 2013, Elena Poniatowska.

Sobre esta misma labor que nunca cesó, Élmer Mendoza agregó: “Pertenece a un periodismo con una postura real, pensaba que había la necesidad de un país más justo, que pudiera utilizar sus recursos en favor de los mexicanos, todo lo que hizo en el periodismo siempre tenía que ver con eso, con un periodismo conciencia social, de conciencia de país, de la cultura que somos, del lenguaje, de las tradiciones”.

Hizo estudios de Derecho y Filosofía y Letras en la UNAM, así como de periodismo en Macalester College, en Saint Paul, Minnesota, en 1967. Tuvo dos grandes pasiones literarias: Rulfo y Sciascia, a quien tradujo al español al igual que a Harold Pinter y David Mamet. Sus novelas son Pretexta o el cronista enmascarado (FCE, 1979); Todo lo de las focas (Joaquín Mortiz, 1983); Transpeninsular (Joaquín Mortiz, 2000); La clave Morse (Alfaguara, 2001).

A través de las redes sociales otros escritores y amigos recordaron a Campbell. La escritora Carmen Boullosa señaló: “Qué pesar la muerte del generoso escritor Federico Campbell, amigo querido. Abrazos a Carmen (Gaytán) su mujer, y a su hijo Federico”; el también tijuanense Heriberto Yépez señaló: “Se nos fue Federico Campbell. Mal periodo para la literatura tijuanense y mexicana”; el traductor Héctor Orestes Aguilar agregó: “Federico Campbell abrió brecha, con Daniel Sada y Jesús Gardea, a la narrativa del norte de México en nuestro cambio de siglo”.

Larga espera

La salud del novelista, cuentista y ensayista comenzó a complicarse durante el último viaje que hizo a su natal Tijuana. Ahí Campbell ofreció una conferencia sobre Juan Rulfo y fue nombrado presidente honorario de la Feria del Libro. “Allá se empezó a sentir mal, comenzó con una tos intensa; en el avión venía muy mal de los bronquios”, había explicado su hijo.

En los siguientes días se sintió peor y el 31 de enero se hospitalizó. Desde entonces su estado se reportó grave, diagnosticado con una “neumonía comprobada” que se complicó por un cuadro de insuficiencia renal y una arritmia. Cinco días después los estudios realizados al escritor confirmaron que padecía el virus A H1N1.

 

Alex Haley / Artesanía de la entrevista

Alex Haley se dedica principalmente al periodismo y dentro de esta profesión se especializa en hacer entrevistas. La mayor parte de sus trabajos han aparecido en Harper’s, Atlantic, Cosmopolitan, pero las colaboraciones que más lo han dado a conocer han sido sus entrevistas publicadas en Playboy. Suyas son las largas conversaciones con Martin Luther King, George Lincoln Rockwell (jefe del partido nazi norteamericano), Phyllis Diller y Sammy Davis Jr. La Autobiografía de Malcolm X le fue relatada por el propio fundador de los Musulmanes Negros. Por esta obra recibió en 1965 el premio Anisfield-Wolf, que cada año otorga la Saturday Review. En año recientes, Alex Haley ha estado trabajando en un libro sobre la historia de su familia, desde que fue traída de África en 1766 hasta nuestros días. Esta especie de novela biográfica, Before this anger, será la primera novela de Haley, luego de visitar la región africana de donde partieron sus antepasados esclavos.

—¿Cuál es su idea de la entrevista?

—Para mí es una situación en la que el periodista se presenta como apoderado del público y trata de interpretar el tema y la persona entrevistada para los lectores. Su actitud debe ser honrada y hasta cierto punto inocente.

—¿Siempre utiliza grabadora?

—No. Prefiero comenzar tomando notas, porque la gente suele cohibirse ante la grabadora. En esa forma empiezo a darme cuenta cómo reacciona el entrevistado. Malcolm X fue uno de esos casos. Estuve entrevistándolo durante un año, cuando juntos escribimos su autobiografía, y lo único que me permitió fue traer mi máquina de escribir para oír su dictado. Con una grabadora magnetofónica la cosa hubiera sido más rápida y hubiera aprovechado los gritos coloquiales.

—¿Qué tanto tiempo emplea conversando con el entrevistado?

—Depende del individuo y de su capacidad para extroverterse. Primero se establece una especie de empatía que uno debe controlar a medida que platica con el sujeto. Con Cassius Clay estuve cuatro días; con otros me he tardado hasta dos semanas.

—¿Prepara usted antes sus preguntas y, si así es, se las muestra de antemano al entrevistado?

—No. Nunca le muestro las preguntas. En realidad lo que pasa es que no preparo una lista de preguntas, sino de temas; de ahí, y de la conversación, surgen espontáneamente las preguntas. Claro que debo controlar estas preguntas con el fin de mantener al sujeto en cierta área. Es decir, no me preocupo tanto por ciertas preguntas específicas como por el tema que se está tratando. Si de pronto el entrevistado se sale del tema, no lo interrumpo sino que escribo todo lo que dice y más tarde corto los párrafos con tijeras para reunirlos en la fase correspondiente de la entrevista.

—En otras palabras, usted empieza por hablar de cualquier cosa simplemente para romper el hielo y motivar la conversación hacia el tema que le interesa…

—Exacto. Por cierto que tengo la impresión de que empleo la mayor parte del tiempo condicionando al sujeto. Podría mencionar, entre muchos otros casos, el incidente que tuve con Miles Davis. Él tiene fama de no hablar con la prensa, pero yo tenía que hacerlo hablar a como diera lugar, pues me habían encargado una entrevista. Al principio se negó. Cuando me enteré de que es un deportista entusiasta y que asistía diariamente a un gimnasio de Harlem (parece que es muy buen boxeador) fui a una tienda y me compré el equipo necesario para entrar en el gimnasio. Me inscribí y pagué mis cuotas; de esa manera Miles no podía correrme de ahí. Cuando Miles entró yo estaba tirando guante y haciendo sombra. Parece que esto le cayó muy bien y se puso a enseñarme cómo pegarle correctamente al costal. Me invitó a subir al ring y nos propinamos tres agitados rounds. Después de esto pasamos a la regadera y, como sucede generalmente cuando uno está en la regadera, las formalidades salieron sobrando. Así iniciamos nuestra amistad y así comenzó la entrevista.

—¿Usted escribe y publica todo lo que dice el entrevistado? ¿Le muestra la entrevista antes de enviarla a la imprenta?

—No. No escribo todo lo que él dice, porque en realidad se puede escribir mejor de lo que habla una persona. Salvando algunos giros coloquiales que en cierta forma retratan al sujeto, ordeno el material y trato de transmitir la idea que el entrevistado quiere comunicar. Algunas veces incluyo las frases literalmente, cuando es necesario hacer resaltar algún dato o una afirmación muy personal. En cuanto a la segunda parte de su pregunta: sí, el entrevistado siempre ve las pruebas de galera antes de que se publique la entrevista.

—¿Cuáles han sido las entrevistas más interesantes que usted ha hecho?

—Yo diría que la que me resultó más divertida fue la que hice al nazi Rockwell. Se dice que una de mis mejores fue con el doctor Martin Luther King. Hice otra con Sammy Davis Jr. para Playboy. En Londres dos más: a Jimmy Brown (el futbolista) y a Julie Christie.

—¿En qué piensa cuando el entrevistado está hablando?

—Eso es muy importante. Cuando se es buen entrevistador (como me gustaría pensar que yo lo soy ahora), uno se da cuenta de que los gestos de la gente son a veces mucho más elocuentes que sus palabras. Observo las manos, temblorosas o quietas o sudadas, y trato de adivinar lo que la persona está sintiendo, si está nerviosa, tensa, y si está consciente de eso o no. Lo que se puede hacer al intentar entrevistar a un hombre casado no es ir a ver a su esposa, sino a su secretaria; ella sabe mucho más acerca de él. La mejor manera de aproximarse a un individuo es sorprenderlo en una situación dada, como en una fiesta, y ver cómo reacciona ante las preguntas; hay que ver la cara que pone su pareja, pues lo que él piensa se refleja en la cara de ella, o viceversa.

—¿Trata usted de despertar un sentimiento de amistad en la persona que entrevista?

—Sí, claro, en todos sentidos, y me da muy buenos resultados. No recuerdo a nadie que haya entrevistado que ahora no sea mi amigo, con la excepción natural del nazi
Rockwell y salvo el doctor Luther King, que era una persona muy ocupada. El libro de Malcolm X produjo una entrevista en Playboy y terminamos siendo muy buenos amigos.

—Cuando el entrevistado no resulta tan interesante como usted esperaba, ¿trata de destruirlo en alguna forma, de ponerlo en evidencia?

—Hay un caso, el del nazi. No quiero decir que lo destruí, aunque tampoco le hice mucho favor. Él mostró el cobre. La mejor manera de presentarlo fue poner entre comillas lo que me dijo. Le solté la rienda y se puso a decir todas esas cosas de las que estaba muy orgulloso. No hubo necesidad de describirlo. El lector se dio cuenta perfectamente.

—¿En alguna forma trata de hacer comentarios, de deslizar sus propias opiniones entre pregunta y respuesta?

—Nunca. Creo que es parte de la honradez del entrevistado. Es decir, uno se queda afuera, como buen oyente. Uno es como un cirujano y el entrevistado se coloca como paciente en la mesa de operaciones. El trabajo consiste en hacerle una buena operación.

—¿Y trata de obtener una respuesta determinada?

—Sí, en cierta forma. Es necesario porque uno quiere conocer la visión que la persona tiene de ciertas ideas. Entonces se le guía; digo, no es como en cualquier conversación. Le lanzo preguntas dirigidas.

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