FOTOGALERÍA: Para enamorarte de 'Las batallas en el desierto'

Hay quienes no han leído aún la novela emblemática de José Emilio Pacheco; nunca es tarde, aquí te presentamos Las batallas en el desierto

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30/01/2014 08:53 Redacción

CIUDAD DE MÉXICO, 29 de enero.- Les llaman huérfanos literarios. Surgieron esta semana en México, y evocan, en estos días, las obras del escritor y poeta que se nos fue, José Emilio Pacheco. Son cientos y se dan a la tarea de difundir y releer los mejores pasajes de las novelas preferidas de este autor. 

Las páginas de periódicos, revistas o suplementos, las redes sociales, las charlas de café resienten esa orfandad.

Surgen de las plumas periodísticas los más conmovedores relatos en torno a la figura de José Emilio Pacheco, el creador, de entre muchas obras, de una que en especial marcó la vida de varias generaciones, Las batallas en el desierto.

Publicada en 1981, su trama se desarrolla durante 1948 y cuenta la historia de un niño de clase media llamado Carlos, habitante de la Colonia Roma, en la Ciudad de México. Está narrada en primera persona, siendo un Carlos adulto el que recuerda sus experiencias. La historia se ve enmarcada en un contexto social y político; describe los problemas del gobierno de Miguel Alemán, la influencia en la cultura popular proveniente de Estados Unidos, así como la moral ambivalente del México de los años 40.

Pero hay mucho más detrás de esas líneas. No sólo está Mariana, la mamá de Jim; está esa magia del escritor que dejó huella en sus lectores. 

Nunca es tarde. Descúbrela.

CAPÍTULO UNO: EL MUNDO ANTIGUO

 

Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?; Ya había supermercados pero no televisión, radio tan sólo: Las aventuras de Carlos Lacroix, Tarzán, El Llanero Solitario, La Legión de los Madrugadores, Los Niños Catedráticos, Leyendas de las calles de México, Panseco, El Doctor I.Q., La Doctora Corazón desde su Clínica de Almas. Paco Malgesto narraba las corridas de toros, Carlos Albert era el cronista de futbol, el Mago Septién trasmitía el beisbol. Circulaban los primeros co­ches producidos después de la guerra: Packard, Cadillac, Buick, Chrysler, Mercury, Hudson, Pontiac, Dodge, Plymouth, De Soto. Íbamos a ver películas de Errol Flynn y Tyrone Power, a ma­tinés con una de episodios completa: La invasión de Mongo era mi predilecta. Estaban de moda Sin ti, La rondalla, La burrita, La múcura, Amorcito Corazón. Volvía a sonar en todas partes un antiguo bolero puertorriqueño: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti.

Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre afto­sa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lancha. Dicen que con la pró­xima tormenta estallará el Canal del Desagüe y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda.

La cara del Señorpresidente en dondequiera: di­bujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubi­cuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monu­mentos. Adulación pública, insaciable maledicen­cia privada. Escribíamos mil veces en el cuaderno de castigos: Debo ser obediente, debo ser obediente, debo ser obediente con mis padres y con mis maestros. Nos enseñaban historia patria, len­gua nacional, geografía del DF: los ríos (aún que­daban ríos), las montañas (se veían las montañas). Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos.

Decían los periódicos: El mundo atraviesa por un momento angustioso. El espectro de la guerra final se proyecta en el horizonte. El símbolo som­brío de nuestro tiempo es el hongo atómico. Sin embargo había esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: Visto en el mapa México tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia. Para el impensable año dos mil se auguraba -sin espe­cificar cómo íbamos a lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades lim­pias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y aerodinámica (palabras de la época). A nadie le faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo. Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada.

Mientras tanto nos modernizábamos, incor­porábamos a nuestra habla términos que primero habían sonado como pochismos en las películas de Tin Tan y luego insensiblemente se mexicanizaban: tenquíu, oquéi, uasamara, sherap, sorry, uan móment pliis. Empezábamos a comer ham­burguesas, pays, donas, jotdogs, malteadas, áiscrim, margarina, mantequilla de cacahuate. La cocacola sepultaba las aguas frescas de jamaica, chía, limón. Los pobres seguían tomando tepache. Nuestros padres se habituaban al jaibol que en principio les supo a medicina. En mi casa está prohibido el tequila, le escuché decir a mi tío Julián. Yo nada más sirvo whisky a mis invitados: hay que blanquear el gusto de los mexicanos.

 

Lee la novela completa, 'Las batallas en el desierto', aquí

 

pdg

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