Visitantes del museo Dolores Olmedo dormirán afuera

Mañana es el último día en que podrá apreciarse la colección del l’Orangerie en México. Ha sido tal su éxito, que quienes no la han visto piensan pernoctar afuera del recinto

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18/01/2014 02:51 Sonia Ávila

CIUDAD DE MÉXICO, 18 de enero.- Es mediodía, y el señor Gonzalo Guzmán va llegando al Museo Dolores Olmedo. Su mirada lo revela atónito. Por un par de minutos permanece de pie frente a la entrada para observar el largo pasillo, en medio del jardín, que lleva a las salas de exposición: el camino de piedra está colmado de personas. Con un gesto de resignación llama a su esposa para ir varios metros hacia atrás del portón, a la fila.

Sabe, por comentarios de amigos, que deberá esperar de pie entre cinco y seis horas para apreciar, quizás por única ocasión, los óleos de Paul Cézanne, Henri Matisse, Amedeo Modigliani o Pablo Picasso en la muestra Obras maestras del Musée de l’ Orangerie, que se exhiben por primera vez aquí.

Como él, han hecho fila más de 180 mil personas en tres meses, sin contabilizar las visitas especiales. Tan sólo el fin de semana anterior entraron al recinto 10 mil espectadores. 

“Sí es mucho tiempo, pero nos dijeron que (la exposición) está impresionante y que ya sólo está este fin de semana”, comenta don Gonzalo, quien apenas tiene idea de que adentro le esperan el Jarrón, azucarero y manzanas de Cézanne, Paul Guillaume, Nova Pilota de Modigliani, Retrato de dos niñas de Auguste Renoir, y El pequeño pastelero de Soutine.

La formación —hecha sobre la banqueta entre carritos ambulantes que lo mismo ofrecen papas fritas que elotes y dulces mexicanos para los turistas— avanza rápido, y la primera meta llega pronto: la taquilla.

“Yo creí que ya entrábamos”, exclama  Rosa Cruz, quien al momento de cruzar el antiguo portón de madera fue deslumbrada por la realidad: la fila sigue sobre el largo pasillo después de taquilla, y forma una suerte de gusano sobre los jardines.  A partir de aquí se calculan poco más de dos horas para llegar, por fin, a la exposición. 

Ese es un tiempo suficiente para leer una breve hoja de sala que reparten los edecanes del museo para agilizar el recorrido. Lo bueno, dice Rosa, es que su amiga la acompaña, y pueden tomar turnos para salir a comer, ir al sanitario o espabilarse. “Hasta la plática se nos hace chiquita”.

Cada cinco o diez minutos un grupo de 25 visitantes entra a la exhibición, y ahí rompen fila. “No se permiten fotografías con flash ni con celulares”, reza una voz a la entrada que poco atienden los espectadores, pues como infantes curiosos se acercan a las obras.

El tiempo de permanencia y el recorrido es libre, y lo mismo hay quienes dedican varios minutos a mirar un sólo óleo, por ejemplo de Picasso, como quienes apenas echan un vistazo. Y aunque nadie, ni custodio ni guía, vigila el trayecto, son los sensores de seguridad los que marcan límites.

Entonces la alarma, que para algunos parece un contador de visitantes, es la que acompaña todo el camino; al principio puede distraer, pero ante su repetición a causa de quienes acercan el cuerpo más de lo permitido, el oído la asimila y la pasa por desapercibida.

“Los retratos de Modigliani, los paisajes de Cézanne y el Pequeño pastelero de Soutine fueron las obras que me impresionaron. Sólo por ellas valió la pena”, dice en la puerta de salida Carlos Peynador, aún emocionado de la visita que por ser de la tercera edad le costó un peso, mientras que para estudiantes y maestros es de cinco pesos, para público general de diez y extranjeros 65.

La euforia por ver al “top del impresionismo”, que concluye mañana, provocó que desde diciembre el museo ampliara el horario de entrada hasta a las ocho de la noche, y todos los días cierre en promedio dos horas más tarde; también que desde la semana pasada la gente haga fila de espera a partir de las ocho de la mañana, y que el comercio ambulante sature los alrededores, que las pequeñas calles cercanas se conviertan en estacionamientos controlados por los viene-viene y, en consecuencia, sean días de mucho trabajo para las grúas del gobierno capitalino que como hormigas acarrean los autos.

Dormirán ahí si es preciso

En la oficina de difusión y caseta de informes del recinto la gente pregunta si puede quedarse a pernoctar hoy sábado para ser los primeros al abrir las puertas mañana a las diez. Son los mexicanos que, como la tradición marca, dejan para el último día la visita a la muestra. Y si de esperar se trata, pues prefieren hacerlo de noche.

Dispuestos a padecer el frío, quienes pasen la noche o al menos lleguen de madrugada a hacer fila, permanecerán igual sobre la banqueta, pues el museo no tiene planeado abrir su portón antes para estos aventureros.

“No tenemos una cifra, pero han sido varios que llaman para preguntar si pueden dormir afuera. Es posible que suceda o que lleguen en la madrugada, porque cada vez llegan más temprano, hoy (viernes) a las siete de la mañana ya había gente”, comenta Patricia Cordero, coordinadora de difusión del Dolores Olmedo. 

 

 

 

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