Sandra Lorenzano, sobre un comunista en calzoncillos

La escritora argentina radicada en México comparte con Excélsior un texto que no sólo habla del más reciente libro de Claudia Piñeiro, sino que sirve de pretexto para explorar el tema de la identidad, el exilio, la memoria y el incanzable ejercicio de recordar, a través de citas a la obra de diversos autores que han marcado la literatura universal

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01/01/2014 05:21 Sandra Lorenzano/ Especial
Claudia Piñeiro, autora  del libro Un comunista en calzoncillos
Claudia Piñeiro, autora del libro Un comunista en calzoncillos

CIUDAD DE MÉXICO, 1 de enero.- ¡Ah, la memoria! La nodriza del pensamiento, la llamaba María Zambrano. Para los griegos, Mnemosine era la madre de todas las musas. “Me acuerdo. No me acuerdo. ¿Qué año era aquél?”, empieza diciendo una de nuestras novelas más entrañables. Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. Me acuerdo escribió también Georges Perec, y a partir de esta frase nació un libro fascinante.

Me acuerdo de que Caravan, de Duke Ellington, era una rareza discográfica y que, por años, supe de su existencia sin haberlo escuchado.

Me acuerdo de los mosqueteros del tenis.

Me acuerdo de que Fidel Castro era abogado.

Me acuerdo de que Warren Beatty es el hermanito menor de Shirley McLaine.

Me acuerdo de Yuri Gagarin.

Me acuerdo de que, durante su juicio, Eichmann estuvo encerrado en una jaula de vidrio.

¿De qué se acuerda, Claudia Piñeiro? Una frase de Guillermo Saccomano actúa a manera de epígrafe: “La abuela me enseñó: La memoria es como la lengua, siempre va a la muela que más duele.” ¿Cuál es la muela que más duele, Claudia?

La de una Argentina en blanco y negro –más negro que blanco–, la de un verano caluroso y un padre que carga en una misma maleta sus ganas de que las cosas cambien, su coquetería y su frustración; un padre que estaba “para otra cosa”. La de una infancia que intuye que hasta por un póster del Che Guevara te pueden llevar. O incluso sin el póster. Un verano que marca un cambio para ella y para el país. Un verano de descubrimientos, de pileta con amigos, de vida de barrio. Pero también de inseguridades, de celos, de transformaciones de dentro y de fuera.

En Las batallas en el desierto, uno de los epígrafes de Pacheco es la frase de L.P. Hartley, The past is a foreign country: they do things differently there, L. P. Hartley.

Claudia escribe en Un comunista en calzoncillos una novela de formación, una bildungsroman, que es por lo mismo una exploración a ese país extranjero de los trece años. Si, como ella misma pone como encabezado de la segunda parte del libro, la llamada “Cajas chinas”, citando a Rilke, “La verdadera patria del hombre es la infancia”, será ésta, la infancia, el verdadero territorio que hay que explorar. La protagonista, tan parecida a la propia autora, está atravesando el difícil puente que une (¿o separa?) la infancia y la adolescencia. Sus pertrechos como miembro de la misión extranjera son su memoria, unas cuantas fotos y una mochila cargada de preguntas.

Alguna vez charlamos ella y yo sobre esta novela antes de que saliera, así que en cuanto supe que ya había sido publicada me puse a buscarla como loca, y la encontré en formato electrónico en la página de Alfaguara (en momentos así bendigo la tecnología). La leí en unas horas, ansiando recibirla en papel para subrayarla y subrayarla. Enseguida le escribí a Claudia para decirle que su novela me había resultado bella y entrañable. Contestó con la modestia que la caracteriza algo así como “Es que tenemos la misma edad” o “Vivimos cosas parecidas”, haciendo pasar por las complicidades de lo autobiográfico mi comentario crítico. Tiene razón Claudia: nacimos el mismo año, el glorioso 1960 (no estoy cometiendo ninguna infidencia: su año de nacimiento aparece en la solapa del libro). Aunque su protagonista nació tres años después, la propia Claudia ha hablado del carácter autobiográfico del relato.

Es cierto que soy una melancólica nata, también es cierto que el año en que comienza la historia de Un comunista en calzoncillos es el año que marca mi exilio, 1976, y por lo tanto me hace doblemente melancólica. Es cierto que mi vida también estaba vinculada al conurbano bonaerense –soy de la zona de Tigre–, con club, tenis y pileta (modestos, claro) como ella, también tuve vacaciones en Mar del Plata, y allí el momento cumbre del día era cuando entraba a nadar al mar con mis padres. Es cierto, también aprendí a no decir muchas cosas: que en mi casa había libros escondidos, que mis primos habían desaparecido, que mis padres eran “compañeros de ruta” de algo que yo no entendía demasiado, pero que obviamente nos ponía en riesgo.

Hay un uso del lenguaje, ciertas palabras que utiliza Claudia que para mí son el súmmum de la nostalgia porque se quedaron en aquel compartimento de mi memoria que intento no abrir demasiado seguido, y que me llevan directamente a los años anteriores a la dictadura.

Sin embargo, a este libro le ha ido tan bien que sospecho que no es sólo una cuestión de identificación generacional la que funciona en su lectura.

“La relación padre-hija es bien distinta de la de padre-hijo, y también es menos abordada –plantea Piñeiro–. Pero hay un libro de Harper Lee, Matar a un ruiseñor, que todo el tiempo me viene a la cabeza: es bastante autobiográfico, está Truman Capote por ahí, porque vivía cerca de donde vivían ellos, un hombre viudo y tres hijos. En la historia ella es una niña y él es un abogado que defiende, en el sur de Estados Unidos, a un negro acusado de haber violado y matado a una chica de quince años. El tipo no hizo nada de eso, pero el tema es que todo el pueblo se le pone en contra al padre, porque va a defenderlo. Y a ella le da orgullo eso, aunque él pierda, porque al negro lo condenan y lo matan. Me siento cerca de esa cuestión, de la niña que mira con admiración a un papá que, con sus ideales, está contra el mundo.”

De alguna manera la novela es la historia de un fracaso doble: el fracaso del padre “que está contra el mundo”, inmigrante pobre que parece cumplir el sueño de quienes vienen a “hacer la América”, sin embargo en unos años pasa de ser un exitoso gerente de banco a alguien que vende primero pollos y luego algo que en aquellas épocas llamábamos “turboventiladores”.

Así comienza la novela:

Ese verano, el verano siguiente a que lo despidieran de su trabajo, mi padre sostuvo la economía familiar vendiendo turboventiladores. Los turboventiladores eran, en aquel entonces, lo más novedoso que se podía encontrar para aliviar el calor del conurbano bonaerense. Y ese verano, el verano de 1976, hizo mucho calor en Buenos Aires y sus alrededores. Nosotros éramos de los que vivían en “sus alrededores”. “Gracias a Dios, hace calor”, decía mi padre, que no creía en dios alguno. Yo sí, todavía.”

Esta venta de casa en casa acompaña el segundo fracaso - hablé de un fracaso doble -: el del proyecto de país.

Argentina visto como un país que prometió y que en determinado momento de la historia dejó de cumplir, y no sólo eso, sino que a través de la consolidación de un estado autoritario y represor comenzó a perseguir a sus mejores hijos hasta la destrucción.

La novela de Claudia muestra a una clase media en su mayoría cómplice de lo peor de nuestra dictadura. Ya Pilar Calveiro, una de las especialistas más connotadas en el tema, había hablado de la complicidad de la sociedad con el aparato represivo del estado.

Pero frente a esa mayoría a veces silenciosa, otras veces no tanto, hay quienes resisten desde las trincheras de lo cotidiano.

La resistencia del padre estará en su gesto desdeñoso hacia sus vecinos clasemedieros y reaccionarios. Él es el distinto y actúa como tal: su máximo gesto parece ser no ir a las reuniones que tienen un objetivo tan “oficial” como que se declara el monumento a la bandera que hay en Burzaco anterior al de Rosario. Ésta es la imagen de la niña que resulta una testigo a la vez fascinada y aterrada de las transgresiones de su padre. Sin embargo, sabe que son transgresiones casi intrascendentes, finalmente él no es más que un “comunista en calzoncillos”. ¿De verdad es comunista? le pregunta un día a la madre. “Dejalo que él se lo crea dice la madre”; un personaje por cierto bastante diluido y con poca importancia a lo largo del texto.

Sin embargo, Gumer Piñeiro resultará mucho más comprometido con la situación de lo que ambas, madre e hija, imaginan.

La resistencia de la hija –de la que no hablaré mucho porque es parte del meollo de la novela– estará en la escritura, donde cumple quizás el destino que no pudo cumplir el padre; donde cumple ese deseo paterno de estar, también ella, para “cosas mejores”.

El suyo creía que ella estaba “destinada a ser distinta”. “Si no fuera mujer esta chica sería presidente” –cuenta Claudia que le escuchó decir alguna vez, y continúa–. Ahora tenemos una presidenta mujer, pero en ese momento... Bueno, lo de Isabelita fue como un bien ganancial, que por supuesto no tiene nada que ver con Cristina. ‘Lástima que es mujer’, decía. Y por eso no me dejaba ir a corte y confección, ni aprender a cocinar, ni hacer ninguna cosa que tuviera que ver con el estereotipo de la mujer: yo tenía que estudiar y hacer una vida ‘más elevada’ que las mujeres que él veía a su alrededor. (entrevista Página 12 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-9036-2013-08-04.html)

La heroicidad de la gente común. Eso es de lo que habla Claudia. Quizás por eso a tantos nos resulta tan familiar, tan cercano, y estoy segura de que a ustedes también les resultará así aunque no hayan nacido en la Argentina ni en los años 60.

Utopías, sueños que no logran consolidarse, ideales que se sostienen desde la ideología pero no se les acompaña lo suficiente. Todos no somos héroes. La mayoría somos personas comunes que hacemos lo mejor que podemos dentro de nuestras circunstancias.

Porque además aquí hay algo que me parece clave y que todos los seres humanos hemos vivido no importa en qué momento de la historia: la marca que deja la Historia con mayúsculas, la historia de un país, de una sociedad, sobre nuestra historia personal, sobre la mínima e íntima historia de cada uno que, finalmente, es la única que de verdad nos importa.

Hay otros elementos que me gustaría destacar en esta novela y del que ha hablado la propia autora: los silencios. Ella suele hablar de los silencios en los que se hundía su padre.

Lo más importante de esta novela, para mí, es que en el núcleo de lo que se cuenta, que es el silencio, está el germen de que yo sea escritora”, dice. Su padre, explica aquí y se cuenta en la novela, por temporadas mantenía la fluidez en el trato y de repente caía en una racha de parquedad, podía pasarse quince días sin hablarle. “En ese silencio está mi necesidad de escribir, estoy segura –subraya–. (Página 12, cit.)

Está ese silencio del padre que es necesario entender, tal vez, o interpretar, o simplemente llenar porque no se puede vivir con ese silencio dentro.

Pero está también el silencio cómplice de la sociedad ante el horror de la dictadura: el médico y su familia, la señorita Julia y el marido... algunas historias que se intuyen, se saben a medias, a medias se inventan y se rechazan. El “algo habrá hecho” que marcó el discurso de una parte de la sociedad argentina para justificar las desapariciones forzadas, aparece aquí narrado con gran sutileza, y a la vez con la complejidad de las difíciles relaciones de una casi adolescente que se debate entre cumplir dos mandatos contrapuestos: el mandato social, o el mandato paterno en el que intuye la entereza ética que luego marcará toda la obra de Claudia. Por eso ella puede decir en algún momento que ésta es una novela iniciática. Las novelas de Piñeiro tienen todas un núcleo vinculado a la pregunta por la ética: recordemos, entre otras, Las viudas de los jueves, Las grietas de Jara, la excepcional Elena sabe.

Me gusta imaginar a ese padre inmigrante, laburador, íntegro, melancólico, en la base de esa eticidad fundacional de Claudia. Creo que ahí y en su muy depurado oficio literario están las claves de la comunicación cálida y fluida que establece con los lectores en cada una de sus obras. Ella es una como nosotros. Pero mejor. Cada vez tengo más la certeza de que no es otra cosa lo que uno busca cuando se acerca a un libro.

Cierro con esta frase de la autora:

Me gusta un libro de Edward Said que se llama El estilo tardío: él diferencia ahí a los autores que al acercarse a su vejez van armando esa cosa pomposa, de las memorias, de otros escritores que se resisten hasta último momento, tratando de hacer cosas diferentes. Bueno, ojalá que a mí me toque esta segunda opción, que siga tratando de escribir cosas distintas para mí y para los lectores. (en Página 12, op. cit.)

No tengo ninguna duda de que así será, Claudia querida. Ése es tu camino. Tú sabes que alguien en tu fuero más más interno, con la voz carrasposa de las mañanas y mientras toma unos mates en la mesa de formica verde de la cocina de Burzaco, te dice: “Y si no fuera así, que el comunista en calzoncillos te lo demande”.

 

Texto leído en la presentación de la novela Un comunista en calzoncillos (Alfaguara, 2013), en la FIL Guadalajara.

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