Anhelos armónicos de Eshkol Nevo

El narrador israelí, nacido en 1971, asegura que esta historia es muy especial para él, porque revela cómo se da la amistad entre hombres que, a diferencia de las mujeres, no hablan, sólo comparten sus emociones. Nevo estuvo de visita recientemente en México para promover su obra literaria.

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27/12/2013 05:27 Virginia Bautista
Nevo comenzó a escribir La simetría de los deseos en 2005 y el libro fue publicado en hebreo en 2007. Foto: Cortesía Editorial Océano

CIUDAD DE MÉXICO, 27 de diciembre.- Enamorado de América Latina y del idioma español, el escritor Eshkol Nevo, una de las voces más destacadas del panorama literario israelí, entrega a los lectores hispanos su primera novela traducida al castellano, La simetría de los deseos (Océano).

La amistad entre los hombres y cómo cambia este sentimiento con el trascurso del tiempo es el eje central de la historia que entrega el narrador nacido en Jerusalén en 1971, quien estuvo de visita en México para promover su libro.

Cuatro amigos en la antesala de los 30 años de edad, que han compartido juventud, estudios, sueños, dificultades, esperanzas y amores, deciden escribir en una pequeña hoja de papel, mientras ven el mundial de futbol, sus deseos más preciados. Y acuerdan abrir las hojas cuatro años después, en el siguiente mundial, para ver cuáles se han cumplido. De esto trata la novela.

“Para mí es un sueño tener un libro traducido al español. Me gusta mucho la lengua. Hace siete años le pedí a mi agente que publicara uno de mis libros en este idioma, que se me hace tan rico. Y por fin está aquí. La selección del título me pareció acertada”, comenta en entrevista con Excélsior.

¿Qué sucede cuando el paso del tiempo se lleva los sueños y disuelve las ambiciones más
sinceras?

A esta pregunta trato de responder, agrega, quien estudió sicología en la Universidad de Tel Aviv y se desempeña como profesor de escritura creativa en distintas instituciones académicas de su país.

“El comienzo del libro es algo que sucedió en realidad. Somos cuatro amigos que escribimos nuestros deseos en un papel y decidimos abrir los papeles en los próximos cuatro años. Aún no los hemos abierto”, confiesa.

Quien ha publicado cuento, ensayo y novela dice que esta historia es muy especial para él, porque revela cómo se da la amistad entre hombres que, a diferencia de las mujeres, no hablan, sólo comparten sus emociones.

“Los hombres se reúnen no sólo para sobrevivir, sino porque están interesados uno en el otro y tienen una conexión emocional. En mis libros, los hombres no sólo están preocupados por ponerse gel en el pelo, como los chicos modernos, sino que ven más allá.

“La idea es trazar las esperanzas, los anhelos y los miedos que anidan en el corazón de estos cuatro amigos, en un mundo en el que, aparentemente, sólo la amistad es un verdadero refugio”, agrega.

El autor de Homesick, novela con la que obtuvo el Book Publishers Association Gold Prize en 2005, destaca que esta es la quinta vez que visita Latinoamérica, pero la primera que está en México; y que lo hace recurrentemente porque siente una gran influencia de los autores latinoamericanos en su técnica de escribir. En especial de Gabriel García Márquez, quien lo inspiró en la adolescencia.

“Cuando tenía 20 años no pensaba en ser escritor, de hecho estudié sicología. Fue justo en un viaje a Latinoamérica, cuando pasé 28 horas de camino entre Bolivia y Brasil, que recordé las ganas que había tenido de escribir un libro. Empecé con un relato corto, luego uno más largo y finalmente publiqué el primer libro”, cuenta.

Nieto de Levi Eshkol (1895-1969), el tercer primer ministro israelí, entre 1963 y 1969, el escritor marca distancias con sus mayores. “Ellos vivieron la guerra de los Seis Días como soldados y están orgullosos; a mí me tocó ser policía civil en la Intifada, y no lo estoy. Me afectó la dimensión moral del conflicto”, admite.

Nevo reconoce que es un autor consolidado dentro de Israel, donde ha publicado siete títulos, pero fuera de su país, excepto en Alemania e Italia, su obra apenas se empieza a conocer. “No creo pertenecer a una generación en particular. No creo en generalizaciones ni en las generaciones. Un escritor es una criatura independiente”, añade.

Comenzó a escribir La simetría de los deseos en 2005 y el libro fue publicado en hebreo en 2007.

Ahora considera que cobra nueva vida en español. “La época del libro es la Intifada (una de las rebeliones de los palestinos contra Israel). La violencia está alrededor de los protagonistas y narro de qué manera ésta afecta la vida privada, la amistad”, concluye.

La simetría de los deseos

Con autorización de editorial Océano, reproducimos un fragmento de la primera novela de Eshkol Nevo al español

Capítulo 1

Fue idea de Amijai. Siempre tenía ideas de esta clase aunque, entre nosotros, el ocurrente solía ser Ofir. Pero Ofir malgastaba su creatividad en los bancos y los hojaldritos Bissli en una agencia

de publicidad, con lo cual, en las reuniones con la pandilla, aprovechaba la oportunidad para ser banal, para estar callado y hablar poco con el sencillo vocabulario de Haifa; y muchas veces, cuando estaba algo bebido, nos abrazaba y decía: vaya suerte tenemos todos nosotros, no tienen ni idea. En cambio, Amijai vendía pólizas

para Mi Corazón, un fondo de previsión para enfermos cardiacos y aunque muchas veces conseguía sacar de sus conversaciones de vendedor alguna anécdota sorprendente, generalmente de supervivientes del holocausto, era imposible decir que el trabajo le proporcionara muchas satisfacciones. Cada pocos meses nos anunciaba que dejaría Mi Corazón en cuanto pudiera. Quería iniciarse en el shiatsu, pero siempre surgía algo para que lo aplazara: una vez le ofrecieron una prima; otra vez un vehículo; luego fue la boda con Ilana la llorona; después los gemelos. Así que toda la alegría de vivir que bullía en él y que se expresaba con dificultad en las reuniones familiares o en la cama con Ilana, surgía con nosotros sus-tres-mejores-amigos en forma de iniciativas ocurrentes como viajar al Jof Golan en el décimo aniversario de nuestro primer viaje al parque acuático de Luna Gal, o inscribirse

en el concurso de karaoke y antes entrenarse como Dios manda para cantar a capella una canción de los Beatles. ¿Por qué precisamente de los Beatles?, preguntaba Churchill, y con el tono en que lo decía ya se podía adivinar cuál sería la suerte de la nueva peripecia. ¿Por qué no? Ellos son cuatro y nosotros también cuatro, trataba de convencernos Amijai, pero su voz traslucía que sabía que, como las anteriores, aquella iniciativa no se llevaría a cabo. Sin el apoyo de Churchill nos era difícil hacer algo. Cuando él machacaba algo o a alguien, lo hacía de una forma tan casual y precisa que sentías lástima de los abogados a los que se enfrentaría en el tribunal. De todos modos, fue Churchill quien fundó nuestro grupo en secundaria. No lo fundó exactamente; sería más cierto decir que nos agrupamos alrededor suyo como ovejas extraviadas. Los rasgos de su ancho rostro, los cordones de sus zapatos deportivos deshechos, incluso su forma de caminar, todo transmitía la sensación de que sabía lo que estaba bien. Que tenía una brújula interior que lo dirigía. Por supuesto que, en aquellos años, todos simulábamos ser autosuficientes, pero Churchill lo era de verdad. Las chicas retorcían sus rizos cuando pasaba delante de ellas, aunque no fuera especialmente guapo en el sentido cinematográfico de la palabra. Y lo votamos por mayoría como capitán del equipo de futbol de la clase a pesar de que había mejores jugadores que él. Fue allí, en el equipo, donde recibió su apodo. En las semifinales contra los de tercero de bachillerato 3, nos reunió a todos y nos lanzó un discurso encendido diciendo que teníamos que ofrecer a los adversarios de la 3 sangre, sudor y lágrimas. Al terminar su discurso casi lloramos; luego sencillamente nos suicidamos en el campo, con una presión incesante sobre la pelota y entradas asesinas sobre el asfalto, lo que no impidió que perdiéramos tres a cero a causa de tres enormes errores del mismo Churchill: una vez pasó la pelota al líder enemigo; otra, perdió un buen pase en mitad del campo y, para colmo, al intentar alejar el balón, lo metió directo en propia meta, en la cual estaba yo.

Nadie se enfadó con él después del partido. ¿Cómo enfadarse con alguien que un segundo después del pitido final reúne a todos en medio del campo y, sin avergonzarse, se declara culpable? ¿Cómo enfadarse con alguien que, como compensación, invita a todo el equipo a un partido del Macabi Haifa, sabiendo todos que lo paga con dinero de su bolsillo porque sus padres no tienen? ¿Cómo es posible enfadarse con alguien que escribe felicitaciones de cumpleaños tan profundas, que sabe escuchar tan bien, que viaja en sábado hasta la base militar de Tsuké Ovda para visitarte cuando estás haciendo el servicio militar, que te hospeda durante tres meses en su casa hasta que puedas arreglártelas en Tel Aviv y se obstina en que duermas en su cama mientras él duerme en el sofá?

No pude enfadarme con él ni siquiera después de lo que ocurrió con Yaara. Todos estaban seguros de que yo estaría furioso, a reventar de rabia. Amijai me llamó en cuanto lo supo: Churchill es un hijo de puta, pero tengo una idea: vamos los cuatro al paintball de Bnei Zion y le disparamos con balas de pintura. Sencillamente, lo acribillas sin piedad. Hablé con él y está de acuerdo. ¿Qué te parece?

Ofir salió en mitad de una reunión sobre la campaña de papel higiénico de tres capas sólo para decir: Baba, estoy contigo. Tienes toda la razón. Pero te lo ruego, no hagas nada que puedas lamentar. ¡Vaya suerte tenernos los unos a los otros, no tienes ni idea!

A decir verdad, sus súplicas fueron innecesarias. De todos modos, no habría conseguido acrecentar mi cólera. Incluso fui una noche a su casa con la esperanza de que este gesto dramático me aguijoneara; de camino me iba diciendo en voz alta: hijo de puta, qué hijo de puta, pero al llegar al edificio no tuve ninguna prisa en subir. Si hubiera visto una esbelta silueta moviéndose por la casa, habría apretado los puños, pero me limité a sentarme en el coche, a rociar el parabrisas con agua y a activar el limpiaparabrisas; estuve repitiendo este gesto hasta que finalmente, cuando el primer rayo del sol fue a dar en las placas solares, me fui. No me imaginaba a mí mismo golpeando a Churchill. Sin embargo, en las notas que escribimos en el último Mundial, mis tres deseos estaban relacionados con Yaara.

La idea de las notas fue de Amijai. Cuando Emmanuel Petit marcó el tercer gol y ya estaba claro que Francia ganaría el Mundial y en el aire se respiraba la decepción porque todos éramos hinchas de Brasil, después de que las burekas con sabor a lágrimas que Ilana había preparado se terminaran por completo al igual que las nueces, y sólo quedara una rebanada de sandía con queso búlgaro, la que nadie se atreve a garrar, después de todo esto Ofir dijo: saben, de pronto me he dado cuenta de algo. Es el quinto Mundial que vemos juntos. Churchill dijo: ¿qué dices el quinto? ¡Cuatro como mucho!

Entonces empezamos a rememorar nuestros Mundiales.

El de México 1986 lo vimos en casa del padre de Ofir en Kiryat Tivon. Cuando la ingenua Dinamarca perdió cinco a cero contra España, Ofir lloró amargamente. Su padre dijo entre dientes que eso ocurre cuando un niño crece solamente con la madre. El Mundial de 1990 lo vimos cada uno en una ciudad distinta de los territorios, pero hubo un sábado en que todos nos fuimos de permiso y nos reunimos en casa de Amijai para ver las semifinales. Nadie recuerda qué pasó en el partido porque su hermana pequeña rondaba por la casa con un negligé rojo y nosotros, que éramos soldados, babeábamos. En el de 1994 ya éramos estudiantes. Tel Aviv. Churchill fue el primero en mudarse allí y nosotros fuimos tras él a la gran ciudad, porque queríamos estar juntos y también porque Churchill dijo que sólo allí podríamos ser lo que queríamos ser.

¡Pero la final del 94 la vimos precisamente en el hospital Rambam!, recordó Ofir. Es verdad, dije. En plena cena en casa de mis padres, me dio el ataque de asma más fuerte de mi vida. Hubo momentos, mientras me llevaban de urgencia a toda prisa al hospital, en que creí en serio que me iba  a morir. Los doctores me estabilizaron a base de inyecciones, pastillas y una máscara de oxígeno, decidieron que debía quedarme unos días en el hospital. Para hacerme el seguimiento.

La final era al día siguiente. Italia contra Brasil. Sin decirme nada, Churchill lo organizó, metió a todos en su viejo Beetle y, de camino, se detuvieron en la crepería de Kfar Vitkin para comprarme un ice tea con sabor a durazno, que es mi debilidad, y vodka porque en aquel entonces nos gustaba el vodka, y diez minutos después de empezar el juego irrumpieron tumultuosamente en mi habitación, en el servicio de medicina interna 9 (al vigilante que intentaba perseguirlos alegando que la hora de visita había terminado).

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