Carlos Mijares Bracho forjó con la arquitectura una relación apasionada

Maestro en el manejo del tabique, asegura que la artesanía es también “alta tecnología al igual que cualquier otra innovación”

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02/12/2013 13:20 Luis Carlos Sánches y José Luis Cortés Delgado / Fotos Eduardo Jiménez y Especial

CIUDAD DE MÉXICO, 2 de diciembre.- “Mi relación con la arquitectura es literalmente de gran intensidad: es una vocación, es toda una vida dedicada a ella pero además, apasionada”, afirma Carlos Mijares Bracho (Ciudad de México, 1930).

A sus 83 años sigue teniendo la constitución de un hombre fuerte y sereno. El arquitecto que hoy recibirá la Medalla Bellas Artes por su trayectoria, charla en su despacho para Excélsior, con su amigo y colega José Luis Cortés Delgado.

El inicio

“De niño siempre me gustó dibujar, mi padre era un excelente dibujante, había estudiado Ingeniería de minas, en el Palacio de Minería pero no se pudo dedicar a eso. Era un gran aficionado a la arquitectura, de chamaco me llevaba a distintos lugares a ver iglesias, conventos, edificios con toda naturalidad porque a él le gustaba, pero también le gustaba que me gustarán a mí y por allí comenzó –siento- una tendencia a apreciar este tipo de manifestaciones”, rememora Mijares.

Carlos Mijares Bracho nació en la Ciudad de México el 26 de abril de 1930. Buena parte de su obra se caracteriza por el uso del tabique, material al que considera modesto pero condensador de los cuatro elementos primordiales del mundo según los antiguos filósofos: tierra, agua, fuego y viento.

La Ciudad de México era entonces la región más transparente del aire. El pequeño Carlos tuvo la fortuna de que su recámara diera hacia el oriente. “Todas las mañanas al abrir la ventana veía los volcanes que todavía tenían una presencia, la ciudad era un claro, un valle adornado por la montaña, ésta es una presencia que también colaboró a qué yo apreciara los sitios naturales, la arquitectura y poco a poco, irme dando cuenta de lo que pasaba con esta profesión que tiene qué ver con la vida.”

Como él mismo dice, su llegada a la arquitectura “no fue nada dramático”. Desde los primeros años habría mostrado inquietud por la actividad, según recuerda su hija Malena, a quien la abuela contaba que su padre respondía de niño que sería “arquitecto, ingeniero, aviador y torero”. Con 15 años de edad, ingresó a la preparatoria para seguir como arquitecto en la Academia de San Carlos, en el Centro Histórico.

Precoz ya había también empezado a trabajar en una empresa donde laboraba el ingeniero Manuel González Flores –inventor del pilote de control- y mucho antes, había asistido por primera vez a la construcción de un edificio que realizaba el arquitecto Manuel Parra, pariente de su padre. Mijares tenía estrella y rápidamente destacó como uno de los más sobresalientes alumnos. “Su mejor rival era Ricardo Legorreta”, recuerda su amigo de juventud Javier Carral, aunque “nunca lo superó en la llamada calificación de excelencia”.

Traductor de ideas

A la par de su labor como arquitecto, Carlos Mijares ha dedicado su vida a enseñar. Cortés Delgado subraya su “capacidad de verbalización y de expresarse de manera clara y profunda” producto de los años que se ha dedicado a educar, desde que en 1954 se inauguraron las instalaciones de Ciudad Universitaria.

Todo esto es pasión, es gusto, es el placer de la lectura, de la observación, de la traducción. El fenómeno de la arquitectura requiere también de la traducción, uno puede tener ideas claras, pero si no logra traducirlas al lenguaje de la arquitectura no funcionan. Es fácil tener una buena idea pero no que se convierta en un buen espacio, en un buen edificio y en un buen colaborador de la ciudad”, dice.

El despacho de Mijares está lleno de libros. Volúmenes dedicados a Le Corbusier, Oscar Niemeyer o Luis Barragán, al arte prehispánico o a diferentes artistas de distintas épocas, pero también hay lugar para obras como Las mil y una noches o la poesía de Federico García Lorca.

Todas las ventanas están cubiertas con mamparas que él mismo diseñó y fabricó con madera y manta, y son iguales al estilo de libreros, biombos y lámparas.

La de Carlos Mijares es la historia de la cultura mexicana del siglo XX. A través de su vida también se reconoce la de la Ciudad de México. Cortés Delgado le pregunta por sus maestros: habla de José Villagrán García (1910-1982) y de Mario Pani (1911-1993) a quien califica como un visionario. Después lanza una propuesta: armar una exposición sobre los proyectos urbanos que no se llevaron a cabo, como los de Nabor Carrillo y el mismo Pani; Cortés sugiere a Carlos Lazo. La conversación gira hacia lo que ha dejado de hacer la arquitectura.

En gran medida hemos tenido una mezcla entre cautela, temor, falta de garra ante los problemas que profesionalmente hemos tenido. No hemos sabido, como gremio, armarnos para proteger los intereses arquitectónicos en primer lugar, ya después vendrán los políticos y los económicos pero lo que es la arquitectura como un componente fundamental de la ciudad no lo hemos sabido exponer”, dice el arquitecto.

Trabajo artesanal

José Luis Cortés alaba en Mijares su relación “con lo básico, con el tabique, con la piedra”. Celebra que sea un arquitecto que no se dejó involucrar por las innovaciones tecnológicas. En su obra se reconoce inmediatamente el manejo elegante del tabique en su manera más artesanal. Mijares, dice Xavier Guzmán Urbiola, en el número dedicado al arquitecto de la revista Artes de México (número 106, junio, 2012) “absorbió” completa la historia del uso del tabique en México.

Pero Mijares no acaba porcreérselo, para él la artesanía es también “alta tecnología”, igual que cualquier otra innovación y podría ser la puerta para el futuro. “Si logramos tener las dos cosas: el gran progreso pero sin ignorar lo otro (incluye cierta sabiduría, actitudes que ayudan a no irse con ciertos entusiasmos obsesivos) espero que si así le hacemos podemos lograr una mejor ciudad, no es sólo qué ciudad queremos sino qué proyecto de  vida tenemos.”

Al fin, dice, “la arquitectura es la vida misma”.

 

asj

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