¿Y la rectoría del ciudadano?
Edna Jaime
La pregunta en esta nueva era del PRI en la Presidencia, es si puede considerar al ciudadano. No como el receptor de satisfactores por parte de este gran benefactor que es el Estado mexicano, sino como el eje y la razón de ser de la política y las políticas públicas. 16/03/2013 02:00
Entre las muchas cosas que han sucedido en estos primeros 100 días de la administración de Enrique Peña Nieto existe una constante: la intención de recuperar para la Presidencia de la República el poder y la capacidad de gobierno que se diluyeron con el devenir político del país de los últimos años. Si las repasamos, cada una de las acciones más significativas de esta nueva administración teje una red con la que recoge poder. En el gobierno le llaman rectoría. Esta palabra implica mando, tener control. Recuperar la rectoría implica que ésta estaba extraviada, diluida o en manos incorrectas. Y las primeras acciones de este gobierno han estado deliberadamente dirigidas a recuperarla.
Los mecanismos que ha utilizado para tal propósito son formales e informales. Entre los primeros están cambios legales como la Reforma a la Ley de Amparo y las que se vislumbran en los cambios institucionales previstos en la reforma educativa y la iniciativa en materia de telecomunicaciones que ahora se discute. Pero también informales: ahí está el encarcelamiento de la líder magisterial y la amenaza de la justicia selectiva para los que no cooperen. Estos primeros 100 días son muy elocuentes de cómo entiende el poder el nuevo gobierno. Llegan a poner orden en lo que percibían como desorden, a recoger el tiradero que el juego democrático dejó, luego de intentar practicarlo por más de una década.
Y en estos primeros 100 días han logrado lo que otros no pudieron en seis años. El problema es que en esta visión centrada en el Estado, lo que ahora se extravía es el ciudadano. ¿Dónde queda en esta reconfiguración del poder?
Por lo que hemos visto en estos primeros meses de gobierno, el énfasis de éste está centrado en lo económico. Este es el parámetro con el que están acostumbrados a ser medidos y a eso darán prioridad. En la muy larga era del PRI en el poder, esa permanencia fue posible por el sentido de eficacia que imprimieron a sus acciones, por elevar las tasas de crecimiento de manera sostenida, por permitir una transformación acelerada de la economía y sociedad mexicanas. Esta concepción de Estado desarrollista es la que ha vuelto con ímpetu con este gobierno.
Ciertamente, no hay nada más importante para el país que crecer. La bonanza es la cura de muchos males. Y si las reformas que se plantean logran avanzar con éxito, el crecimiento económico podría aumentarse de manera importante. La energía de este gobierno está concentrada en pegarle al PIB. Y para muchos mexicanos el crecimiento que se traduce en empleos y oportunidades, puede cambiarles el destino. Pero nos equivocaríamos si reducimos nuestros retos y nuestra visión de desarrollo a este plano que, aunque fundamental, no es único. Nuestra propia historia debería ser suficiente para convencernos de que hay otras agendas que deben ser atendidas. El crecimiento económico sin sustento institucional o democrático puede ser efímero. El crecimiento sin todo lo demás, no es desarrollo.
La pregunta en esta nueva era del PRI en la Presidencia, es si puede considerar al ciudadano. No como el receptor de satisfactores por parte de este gran benefactor que es el Estado mexicano, sino como el eje y la razón de ser de la política y las políticas públicas. Como el dueño de la soberanía, como el verdadero rector de los destinos del país. Si puede establecer una agenda de cambios políticos e institucionales que tengan este cometido.
El presidente Peña no titubea al retomar la agenda de transformación económica que quedó varada desde hace años. La pregunta es si esta administración abrazará nuestra agenda inconclusa en lo político, la que permanece a medias esperando brújula y liderazgo para conducirse exitosamente.
Lo que hemos visto en estos primeros 100 días es un gobierno que reedita las fórmulas que funcionaron en el pasado. Y vemos también a un grupo amplio de la sociedad que lo apoya porque lo añoraba. Lo que en estos primeros 100 días no se aprecia es la centralidad del ciudadano. Importa la rectoría del Estado. Regresa la noción de que ahí se encuentra el desarrollo.
A pesar de todo, es muy temprano para extender cualquier juicio. Para colocarle a esta administración etiquetas definitivas. Todo parece indicar que las condiciones se alinean para hacer de esta administración una exitosa. Y yo sólo espero que no perdamos ganando. Esto es, que en medio del júbilo por las reformas que prosperan y por los avances económicos que se registran, nos olvidemos de la otra agenda, la del fortalecimiento democrático.
*Directora de México Evalúa
Twitter: @EdnaJaime
@MexEvalua
