Vacuna contra la crítica

Edna Jaime

09/03/2013 01:19

Vacuna contra la crítica

Todo proyecto gubernamental puede ser controvertido, inclusive uno que tenga una causa tan noble como erradicar el hambre de quien la padece en nuestras comunidades. Desde su discurso inaugural, el anuncio de una Cruzada Nacional contra el Hambre tuvo gran acogida. Es un gesto de solidaridad elemental con quienes tuvieron la poca fortuna de nacer en un entorno donde la pobreza se regenera y resulta casi heroico poder transcenderla.

A pesar de su importancia y de la centralidad que debe tener en toda política de asistencia y de formación de capital humano, la Cruzada ha generado cuestionamientos. Se le ha tachado de electorera, de repetir los patrones clientelistas de la política social del pasado. La realidad es que no tenemos elementos para suscribir estas críticas, pero tampoco para refutarlas. En esta primera fase del programa, ésta es su principal debilidad: la falta de transparencia en la metodología y los criterios técnicos que sirvieron de base para hacer la selección de los 400 primeros municipios beneficiarios de dicha iniciativa.

Las preocupaciones en torno a la Cruzada no son ociosas ni tampoco sobran. En México tenemos una trayectoria de construcción de políticas sociales que han mejorado en su diseño, su evaluación y también en su impacto. Y no sería deseable ningún retroceso.

Ciertamente en el portafolio de programas sociales, de fomento y de aquellos que tienen componentes redistributivos, sigue habiendo de todo: programas bien focalizados que atienden carencias y fortalecen capacidades de los mexicanos, así como aquellos que los sostienen, clientelas políticas voraces, como las que siguen asentadas en el campo mexicano. Aún así de campechaneado, no podemos restarle méritos a nuestros progresos en la “profesionalización” de las intervenciones en materia social.

Luego entonces, la pregunta obvia es si la Cruzada Nacional contra el Hambre está asentada en este marco más profesional de hacer la política social o si se inscribe en un modelo distinto, más discrecional y orientado por criterios políticos. Son dos formas muy distintas de ejercicio de recursos y en México los hemos tenido a los dos, incluso coexistiendo.

El Pronasol de Carlos Salinas es quizá el ejemplo de un programa contra la pobreza que se diseñó con parámetros de poder y no sólo de combate a la pobreza. En ese entonces no la teníamos bien mapeada, vaya: ni siquiera existía un acuerdo en cómo medirla. El programa fue muy vistoso, aunque sus criterios de intervención muy difusos. Más que criterios de pobreza o de carencia, importaban otros, como el de organización: la comunidad que cumpliera con esta condición sería candidata para recibir los beneficios del programa.

¿Cuál fue el legado del Pronasol? No lo sabemos con precisión, más allá de las cosas tangibles que dejó a su paso, como escuelas, caminos rurales, infraestructura sanitaria y cosas afines. No había en el programa metas claras, tampoco indicadores de seguimiento y de resultados. En ese México la evaluación era del político, no del técnico y menos del ciudadano.

El Pronasol fue el instrumento del último Presidente fuerte de México. Una bolsa de recursos que usó casi a discreción. No conozco prueba o evidencia de que el programa tuviera criterios solventes que justificaran su aplicación. Estaba inscrito en una lógica más política, en la construcción de mecanismos de control social que complementarían o incluso sustituirían los mecanismos tradicionales de control del sistema político de aquel entonces. También lo acompañaba una lógica electoral, casi como a cualquier programa gubernamental cuando no hay elementos de contrapeso que lo eviten.

Del Pronasol de la hiperpresidencia, pasamos a un diseño más técnico de la política contra la pobreza en el periodo presidencial de Ernesto Zedillo. Por convicción o por debilidad, este mandatario cambió el modelo: declinó al uso discrecional de recursos en este ámbito y los inscribió en un programa con reglas para la selección de beneficiarios y mecanismos concretos y sustentados para cumplir con el objetivo de abatir la pobreza. Muchos años después el Progresa-Oportunidades, como hoy se le conoce, es un programa evaluado y reconocido por sus logros. No ha conseguido revertir la pobreza en el país, porque para ello se requiere de una serie de condiciones en las que el crecimiento económico es primordial y nuestra economía no lo ha generado. Progresa-Oportunidades representa un modelo de diseño de política social y la continuidad de esta manera de hacer las cosas es lo que parece estar en duda.

Es posible que las críticas vertidas sobre la Cruzada Nacional contra el Hambre sean injustas. Pero esto lo sabremos cuando se haga pública la ficha técnica en que se explique la metodología y los criterios bajo los cuales se hizo la selección de municipios. La vacuna a las críticas la tienen los hacedores de dicha política. Llama la atención que en este contexto de elevado escepticismos tarden en publicarla.

Mientras tanto la pregunta está vigente, ¿de qué lado está el nuevo programa? ¿Sirve al poder o a los mexicanos?

                *Directora de México Evalúa

                Twitter: @EdnaJaime

                @MexEvalua

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