Retrato de la Rusia del siglo XIX

Con autorización de la editorial Sexto Piso, reproducimos un fragmento de la novela Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski (1821-1881). Se trata de una traducción directa del ruso al español.

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09/03/2014 00:29 Fiódor Dostoievski

I

Soy un hombre enfermo... Soy malo. No tengo nada de simpático. Creo estar enfermo del hígado, aunque, después de todo, no entiendo de eso ni sé, a punto fijo, dónde tengo el mal. No me cuido ni nunca me he cuidado, por más que profeso estimación a la medicina y a los médicos, pues soy sumamente supersticioso, cuando menos lo bastante para tener fe en la medicina. (Mi ilustración me permitiría no ser supersticioso, y, sin embargo, lo soy...). No, caballero; si no me cuido es por pura maldad; eso es. ¿Acaso no puede usted comprenderlo? Pues bien, caballero, lo entiendo yo, y basta. Sin duda no acertaría yo a explicarle a quién perjudico en este caso con mi maldad. Me hago perfecta cuenta de que, no cuidándome, no perjudico a nadie, ni siquiera a los médicos; mejor que nadie en el mundo, sé que sólo a mí mismo me hago daño. No importa; si no me cuido es por malicia. ¿Que tengo enfermo el hígado? ¡Pues que reviente!

Hace mucho tiempo, unos veinte años, que voy tirando así, y ya tengo cuarenta. Pertenecí en otro tiempo a la burocracia, mas ya la dejé. Resultaba un empleado muy refunfuñón y grosero, y me complacía en ser así, porque ya que no aceptaba frascos de vino, necesitaba alguna otra compensación. (Este chiste no tiene nada de notable, pero no he de tacharlo. Al escribirlo, creía que habría de parecer muy ingenioso, y ahora advierto que sólo es una necia fanfarronada, por lo cual no lo borro). ¿Que alguien llegaba a mi mesa en demanda de datos? Pues al punto le enseñaba los dientes y experimentaba un placer inefable cuando lograba, lo que era frecuente, cansar al visitante. Eran, por lo general, personas tímidas; ni que decir tiene: me necesitaban. Pero entre los pisaverdes había un oficialete al que no podía tragar. Se obstinaba en arrastrar el sable con un ruido insufrible. Yo le hice la guerra durante dieciocho meses seguidos, al cabo de los cuales concluí por vencerlo: desistió de hacer ruido. Pero todo eso son recuerdos de mi juventud. Sin embargo, ¿sabe usted, señor mío, en qué consistía principalmen te mi maldad? Pues en la circunstancia especialmente abominable de que a cada momento y después de cada intemperancia tenía que confesarme a mí mismo, avergonzado, que no sólo no era tan malo como me creía, sino que ni siquiera sentía cólera, que me las echaba de espantajo sólo por vía de distracción. Cuando parecía más furioso, la más leve atención, una taza de té, hubiera sido bastante para apaciguarme. Este pensamiento me enternecía, aunque luego, y por espacio de meses, me rechinasen por ello los dientes y perdiese el sueño de puro enojado conmigo mismo. Así era yo.

Pero, hace un momento, al decir que resultaba un mal empleado, me acusaba falsamente. Mentía por malicia. No; me distraía embromando a aquella gente, así al oficial como a los otros. En realidad, nunca hubiera podido ser malo. Descubría constantemente en mí un sinnúmero de encontrados elementos. Los sentía hervir en mí, consciente de que siempre habían bullido en mi interior y podían desahogarse. Mas yo no lo consentía; no los dejaba obrar, no quería que saliesen al exterior. ¡Me torturaban hasta la vergüenza; me hubiesen hecho padecer de alferecías, y ya tenía bastante! ¡Ah, ya lo creo que tenía bastante! ¿Acaso imagináis, señores míos, que siento alguna contrición, que pretendo disculparme de algo? Seguro estoy de que tal creéis; pues os doy mi palabra de que me río de todo eso.

No sólo no acerté a volverme malo, sino que tampoco logré llegar a ser nada; ni malo ni bueno, ni infame ni honrado, ni héroe ni pigmeo. Ahora termino mis días en mi rincón, con ese maligno y vano consuelo de que un hombre inteligente no puede lograr abrirse camino y que sólo los necios lo consiguen. Sí, caballeros; el hombre del siglo XIX está moralmente obligado a ser una nulidad; porque el hombre de carácter, el hombre de acción, es, por lo general, de cortos alcances. Tal es el resultado de una experiencia de cuarenta años. Tengo ya cuarenta años, y cuarenta años son toda la vida; son la edad que casi todo el mundo confiesa. ¡Vivir más sería indecoroso, despreciable, inmoral! ¿Quién podría vivir más de cuarenta años? Responded sincera, honradamente. ¡Yo os lo diré: los necios o los malvados! Se lo diré a la cara a todos los viejos, a todos esos ancianos venerables, a todos esos vejetes bienolientes de cabellos de plata. Se lo diré a todo el mundo, y tengo derecho a decirlo, porque yo he de vivir hasta los sesenta. ¡Viviré hasta los setenta! ¡Viviré hasta los ochenta años!... ¡Aguardad! ¡Dejadme tomar alientos!...

Seguramente habréis creído, señores míos, que pretendía haceros reír, y también en eso os engañáis. Estoy lejos de tener tan buen humor como creéis, o acaso como creísteis. Aparte todo, si tanta palabrería os causa empacho (y presumo que así es) y me preguntáis lo que soy a punto fijo, os responderé que soy empleado de octava clase. Si entré en la burocracia fue tan sólo para ganarme el pan, y únicamente por eso. Así que, cuando el año pasado, un pariente lejano me dejó en su testamento seis mil rublos, me apresuré a pedir el retiro y a instalarme en mi rincón.

Ya antes de eso vivía en mi rincón; pero ahora estoy instalado en él. Mi cuarto es feo, antipático, y está situado en el extremo de la población. Mi criada es una lugareña, ya trancona, de una idiotez rayana en la perversidad y que despide un tufillo nada grato. Me dicen que el clima de Petersburgo no me sienta bien, y que la vida es harto cara para lo exiguo de mis rentas. Lo sé, mejor que todos esos prudentes consejeros tan llenos de experiencia, mejor que todos esos sabihondos que menean la cabeza dándose importancia; pero sigo viviendo en Petersburgo, y nunca saldré de ella. No la abandonaré, porque..., ¡eh!, es de todo punto indiferente que la deje o no.

Y, después de todo, para un hombre que se estime, ¿qué tema de conversación es más agradable?

Respuesta: él mismo.

Bueno; pues de mí mismo voy a hablar.

 

II

Ahora, caballeros, quisiera deciros —os agrade o no escucharlo—, qui-siera deciros por qué no me he convertido en un pigmeo. Solamente declaro que muchas veces hubiera querido serlo. Mas no he merecido eso siquiera. Os juro, señores, que una conciencia demasiado lúcida es una enfermedad, una verdadera enfermedad. En todo tiempo le bastaría sobradamente a cada individuo con la simple conciencia humana, es decir, con la mitad, si no la cuarta parte, de la que suele poseer el hombre inteligente de nuestro infortunado siglo, y, sobre todo, aquél que tiene la rematada desgracia de vivir en Petersburgo, la ciudad más abstraída, más cavilosa del mundo entero. Hay ciudades meditativas y ciudades atolondradas. Bastaría, por ejemplo, poseer exactamente la suma de conciencia que tienen los hombres que se salen de lo corriente y los hombres de acción. Apuesto algo a que estáis convencidos de que todo esto lo escribo por pura fatuidad, para burlarme de los hombres de acción, y que estoy arrastrando también mi chafarote como aquel oficialete de marras. Pero ¿habría alguien, señores míos, que quisiese hacer de sus defectos un motivo de orgullo y presunción?

Mas ¿qué digo? ¡Sí; ése es, por el contrario, el caso general! De lo que más nos ufanamos es de nuestros defectos, y acaso yo más que nadie. ¡Bueno! No discutamos; mi argumentación es absurda. Abrigo, sin embargo, la firme convicción de que no sólo la demasiada conciencia constituye una enfermedad, sino que la sola conciencia, por poca que se tenga, ya lo es. ¡Y lo sostengo! Pero dejemos esto aparte por un momento, y decidme por qué cuando más capaz me sentía de comprender las exquisiteces de todo lo bello y lo sublime, como antes decía, me sucedía que perdía toda conciencia y cometía actos reprobables... Actos que... Actos que todo el mundo comete, sin duda..., pero que yo había de cometer precisamente en el instante en que más claramente comprendía que no se deben cometer. Cuanto más admiraba yo lo bello y lo sublime, más profundamente me hundía en el cieno y más se me desarrollaba esa facultad de encenagarme. Lo peor era que esto no me ocurría por casualidad, sino como si yo hubiera pensado que absolutamente debía ser así. No era aquello, en realidad, una falta, ni una enfermedad tampoco; era mi estado normal. De suerte que ni siquiera sentía el menor antojo de combatir aquel defecto. Concluí por persuadirme de que aquél era mi estado normal (y puede que así lo creyera realmente). Pero antes de llegar a ese punto, al principio, ¡cuántos sufrimientos no hube de soportar en aquella brega! No creía yo que a los demás hombres les pasase otro tanto, y durante toda mi vida he tenido guardado esto en mi interior como un secreto. Me avergonzaba de ello (y puede que todavía siga abochornándome). Llegaba a sentir una suerte de secreto placer, monstruoso y vil, cuando, de regreso a mi tugurio, en alguna de esas terribles noches de Petersburgo, me confesaba a mí mismo brutalmente que también aquel día había cometido una bajeza, y que a lo hecho, pecho. ¡Interiormente, en secreto, me daba de dentelladas, me tundía, me devoraba, hasta que aquella amargura concluía por trocárseme en un dulzor maldito, innoble, y, finalmente, se transformaba en un verdadero goce! ¡Mantengo lo dicho! ¡Sí; en un placer, en un placer! Si he hablado de tal cosa, es porque tengo absoluto empeño en saber si todos los hombres saborean voluptuosidades semejantes. Me explicaré: mi delicia provenía de que conservaba la conciencia de mi degradación demasiado lúcida, de que comprendía que había alcanzado el fondo de la infamia; que aquello era innoble, pero que no podía ser de otro modo; que ningún escape me quedaba para salir de ese estado y volverme otro hombre; que, aunque tuviese aún fe y tiempo para regenerarme, seguramente no hubiese querido, y que, dando por sentado que sí lo hubiese querido, no habría servido de nada, porque, en realidad, no habría sabido en qué sentido operar mi transformación. Pero lo principal es que aquello tenía que producirse según las leyes normales y fundamentales de la conciencia hipertrofiada y de la inercia, como consecuencia fatal de esas leyes, de todo lo cual resulta que no puede uno transformarse y que nada hay que hacer. Así pues, según esa conciencia hipertrofiada, tiene uno razón de sobra para ser un canalla, como si tal cosa pudiese consolar al canalla de sentirse canalla. ¡Pero hagamos un corte! Después de tanto hablar, ¿he explicado algo? ¿Cómo explicar ese goce? Pero he de hacerlo; llegaré a conseguirlo.

¡Con esa mira he cogido la pluma!

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